Primera tormenta (2020), recopilación de poemas de Susana Chávez (1974-2011), es una muestra de lo que la hegemonía puede invisibilizar en la sociedad, lo que se desestima desde formas epistemológicas viejas, basadas en jerarquizaciones en donde el papel dominante en la disciplina de la poesía es el hombre heterosexual arrojado a los vicios y la bohemia (y al que se le debe admirar por eso). Pensemos en los poetas que encabezaban hasta hace menos de veinte años las instituciones culturales y los reconocimientos. Susana Chávez Castillo, a través de su poesía, y de lo que las narrativas del recuerdo de sus seres cercanas reconstruyen, se confronta a esto. Lo desestima y lucha a través de la palabra y el cuerpo. Deja para nosotras una voz distinta, que visibiliza a la mujer, a la lesbiana, a la rebelde, a la que toma lo que pretenden arrebatarle. Con su voz invita a su lectora a construir la suya también.
Portada de Primera tormenta
El poemario cuenta con tres secciones que desde su título nos muestran la confrontación a lo violento cotidiano: “Soy lo inesperado de Juárez”, “El romance es la trampa” y “Los árboles han guardado sus pájaros”. Los poemas del primer apartado hacen honor a su nombre, pues presentan una poesía que confronta a lo que antes se ha establecido como hegemonía. Es la mujer que reconoce su voz como algo importante, como parte de su identidad que ante todo debe mantener para no ser invisibilizada por no apegarse a eso que se le impone: “aun veo en el reflejo del espejo de la juventud / y con ella voy por el mundo / pisando los desabores con una sonrisa / porque me dormiré mientras viva real, / y me despierte irreal” (p. 29). Asimismo, es la mujer que no se quiere apegar a un concepto de feminidad escrito por la narrativa de extraños: “El sentido femenino no se manifiesta en mí” (p.26). Y por supuesto que canta su amor hacia otras mujeres, su deseo, sus fracasos, sus triunfos en su relación con ellas:
Secreto deshecho
Eres delirio
mágico encuentro
eres la niña que aún juega a mujer
eres la mujer que quiere ser niña.
Tú no te comparas con las nubes,
ni con el mar
ni el bello atardecer.
Tú no me complementas
pero me deshaces si te apartas […]
(p. 40)
El segundo apartado sigue trabajando con los mismos procesos identitarios que construyen a la voz de la poeta. En ella se reconoce como amante y dentro de esa relación que se forja entre poeta mujer y destinataria mujer, se confiesan características y patrones del romance que presentan aspectos violentos que han construido nuestra concepción de este: “Un día de estos voy a beber tu sangre / y te arrancaré la piel / para comérmela en trozos / con tortilla y cebolla” (p. 65). Denuncia y asume como sujeta esa violencia estructural que también nos consume y nos hace vivir y forjar una realidad de la que no siempre podemos escapar:
El recuerdo del tesoro heredado
Romance.
Romance no es femenino
como machismo masculino.
Mi vecina golpea a su marido con la lengua,
mi padre acaricia a mi madre con las rosas.
Los parques no se dividen en un beso
mucho menos cuando abrazar es lo primero.
Pero ¿qué o quién, nos ha colgado “títulos?” […]
(p. 53)
Foto de Susana Chávez sacada de la web
En la tercera sección encontramos una voz de acusación que se duele de la injusticia y la violencia del mundo, que denuncia la sangre, el grito, el dolor. Se habla de cómo las armas consumen y deshacen: la pistola. Cómo los cuerpos se convierten en nada frente a la indiferencia. Cada poema de esta sección guarda el rencor de un mundo que violenta. Es Susana Chávez Castillo diciendo “Ni una más” sin saber (pero sabiéndose víctima potencial) que engordaría ella también las cifras como cada una de nosotras o nosotros o nosotres podemos hacerlo. Pero también es la Susana Chávez Castillo que, a través de la palabra, de la palabra como cuerpo, se perpetuó: “Soy lo inesperado de Juárez, / soy lo que la gente nunca sabrá / soy la medusa que duerme / y nunca quiere regresar” (p. 123).
Primera tormenta es una manifestación de la poesía como espacio liberador, que haciéndonos conscientes de la estructura violenta que nos forja como sujetas, sujetes y sujetos, nos puede ofrecer una salida sanadora en el que la confrontación a la hegemonía dé vitalidad y sentido. Y es una manifestación también de cómo las voces que no tenían voz (sobre todo de mujeres) la están teniendo en este momento, en el que no deja de ser fundamental.
Graciela Solórzano Castillo
Susana Chávez Castillo, Primera tormenta. Canal Press, Houston, 2020, 141 pp.
Desde el 22 de enero en el Museo de Arte de la ciudad se presenta la exposición 2020 y otras catástrofes del arquitecto e ilustrador Abraham Chacón “Achac”. Esta desarrolla una narrativa en cinco capítulos visuales que expresan la forma en que alguien vivió la pandemia desde su contexto de ser híbrido/transcultural/globalizado/vaquero. Ese alguien puede ser “yo” con la ambigüedad identitaria que el pronombre colectivo asume. Identificarse con las ilustraciones no resulta difícil en esta ciudad o al menos no lo fue para mí cuando asistí con mi roomie/amix de signo virgo, madrugando en miércoles.
Primero tuvimos que descargar una aplicación para vivir la realidad virtual que se podía vislumbrar desde nuestros aparatos tecnológicos cuando los poníamos frente a las piezas. La verdad bien chévere el efecto y todo. Desde antes de seguir la cronología, un “Nunca es tarde para ser vaquero” robó mi atención: rojote y con botas. Desde que lo vi, dije “simón”. Puede ser tarde para muchas cosas, pero nunca para ser vaquerx. Desde que a los ocho años le pedía a mi padre que hiciera mis botas de piel de avestruz rosita punta chihuahua y me comprara una texana como la de sus clientes acompañada de una chamarrita de piel de los Looney Tunes para ser la imagen publicitaria de su local de botas nunca dejé de serlo. Yo empecé temprano. Pero para nadie es tarde y “Chaac” en medio del museo lo grita como lo gritan en la Juárez las tiendas vaqueras que existen o en la Mariscal las pequeñas fábricas de botas que se aferran a la labor de artesano o mis amigues de Facebook buscando recomendaciones de texanas. No voy a decir que lloré, pero algo dentro de mí sí. Yo no sé mucho de artes visuales, pero sí algo de hacer palabras con las imágenes y eso es lo que estoy haciendo tras mi visita al museo.
El Primer capítulo se titula “El antes”, en el que se muestran algunos acontecimientos pre-pandemia que nos señalan cómo antes el absurdo estaba ahí de cualquier forma en nuestro país y en el mundo: la violencia como realidad y juego, la esperanza y la guerra. Los colores y la alusión a elementos de la cultura pop habla directamente a lxs niñxs de lxs noventas y ochentas. Nos identificamos y se activa el elemento de la nostalgia adornada con el guiño de lo irónico de nuestra identidad, “niñxs de casi treinta y cuarenta años”.
En el segundo capítulo, “La infodemia”, otra vez con esos elementos se recrea toda la situación informática Covid19 que aún ahora no ha desaparecido, en relación con acontecimientos mundiales de impacto e intereses internacionales. Así, encontramos invenciones que se entremezclan con la realidad y realidades que se convirtieron en invenciones: pase a hacer el test de “…en qué animal se convertirá según la vacuna que le tocó”. También recordé con gracia a l0s F1Lóz0f0z del siglo XXI peleando por la verdad del futuro PostCovid. El tercer capítulo, “El nuevo mundo” expresa cómo afrontamos el transcurso de la pandemia, qué cosas ocurrían mientras el fin del mundo pasa(ba), las medidas de aspectos periféricos, problemas serios y viejos que no desaparecieron.
En “El mero Chihuahua”, el capítulo 4, con la misma línea de ilustración y guiños culturales, Chaac narra una situación política importante en nuestro estado, la lucha por el agua que se vivió hace unos años y que tuvo impacto de muchas formas: el agua es de Chihuahua. El último capítulo trata el “Después”. Sabemos que este se disipó, es ambiguo, las barreras son cortas entre el sí y el no: ¿Ya acabó? Quizá sí, quizá no. En esta sección, aparecen chihuahuenses adaptándose, montando el semáforo rojo, amarillo, naranjamarillo, rojo salmón, [agregue su combinación favorita]. También alude a los fríos canijos que hubo el febrero pasado. Nunca me imaginé que el fin de semana después de la exposición estaríamos cíclicamente esperando al plomero otra vez por las tuberías congeladas.
La obra de Chaac dialoga de muchas formas, busca describir una identidad:
Mi proyecto como ilustrador tiene el objetivo de mostrar lo increíble e irónico de ser mexicano, al mismo tiempo, cuestionar el porqué se venden tacos y burritos en hieleras mientras escuchamos a David Bowie y en la noche bailamos música de Banda; el motivo por el cual nos entregamos al frenesí del consumismo para sentir el American way of life y el porqué hablamos con tantos anglicismos. Considero que estos choques culturales conforman nuestra verdadera identidad mexicana, la que vivimos actualmente, el irónico choque entre la globalización y nuestras tradiciones
Considero que lo logra. O al menos, crea cercanía. Si tienen oportunidad, vayan al museo y cuando estén frente a la pregunta en la que sobresalen cactus y plantas del desierto contéstense honestamente: ¿ustedes qué clase de vaqueros van a ser ahora que saben que no es tarde?
San Lorenzo, de Ysla Campbell, se estrenó en el año 2014, poco después de que menguara –relativamente– la guerra contra el narcotráfico a cargo de Felipe Calderón (2008-2012). Fue representada a las afueras del santuario de San Lorenzo. La dirigió Perla de la Rosa con la compañía Telón de Arena. Años después, el texto sería publicado en la editorial de la Universidad Veracruzana (2019). El texto, al modo de los Siglos de Oro, recrea el asesinato de Lorenzo por parte del emperador Valeriano tras la persecución que este inició en contra de los cristianos. La obra emula algunas de las estrategias estructurales del teatro del XVI y XVII: por ejemplo, la fortuna como elemento iniciador del conflicto o la incorporación del personaje “gracioso”, indispensable en el subgénero de la tragicomedia áurea. Asimismo, utiliza regularmente tipos de estrofas específicas caracterizadas por la simetría métrica, así como el uso de diferentes tipos de rimas, según los distintos discursos que se realicen. Ciertamente, hay una simbiosis entre ambos contextos, el de San Lorenzo y el actual, que se evidencia sobre todo en la parte de la Loa.
San Lorenzo o la persecución de los cristianos, después de la introducción y la loa, comienza con un Valeriano enfrentado a la premonición de un sueño, a un destino que se le figura desagradable. Aparecen, por ejemplo, la imagen del famoso Oráculo de Delfos, capaz de augurar el fin de un imperio. De este modo, se presenta como un gobernante próximo a ser destituido, esto le origina un conflicto que busca solucionar a través de la violencia, condenando al pueblo cristiano a la conversión o a la muerte. Así, se desata una persecución –como el mismo título nos lo plantea– del pueblo del dios judeocristiano. Tienen aparición, claro es, personajes históricos y ficticios. Sin embargo, Valeriano tiene junto con Lorenzo la mayor importancia para el desarrollo de las acciones, puesto que se presentan como defensores de un patrimonio que consideran suyo: en el caso de Valeriano, su mandato, y el de Lorenzo, el Santo Grial. Ambos elementos tienen un valor simbólico. El fetichismo ante el Santo Grial y el autoritarismo de un emperador trae como consecuencia la muerte no solo de Lorenzo sino de algunos cristianos como sugiere una de las escenas finales.
Portada de la segunda edición en editorial Destiempos
Diversas teorías suponen la importancia que tuvo para Felipe Calderón buscar la legitimización de su elección en el 2006, –orillando a lo que para muchos fue algo innecesario e imprudente– la guerra contra el narcotráfico, buscando solucionar un conflicto social. Claro es que un análisis discursivo de Calderón sugiere contradicciones año tras año de los objetivos de tal acción (Vázquez Moyers, 2014). Sin embargo, los resultados están ahí: decenas de miles de asesinados –entre los cuales encontramos infinidad de inocentes–, hambres, extorsiones y encierro. Del mismo modo, siguiendo esta perspectiva, no resulta extraña la relación entre la figura de poder de Calderón y la figura de poder de Valeriano, puesto que, aunque ambos están en distintos contextos, ante la amenaza toman decisiones que se tornan insensatas para algunos –y se esconden tras el discurso de la protección al pueblo–: el levantamiento armado que solo trae sangre. Así, ante un espectador del año 2015, la imagen de Valeriano le trae un eco de su propio contexto. Campbell encarna a la imagen del poder por medio de un mandatario de Roma, haciendo una interpretación de la violencia que surge del no querer perder el poder.
Asimismo, el público y el lector se enfrentan a otra situación familiar, la importancia que tiene la toma militar del pueblo cristiano por órdenes del mandatario. Los soldados romanos se convierten en un reflejo del ejército que sitió los espacios de México y que, la mayoría de las veces, solo originó más inseguridad que confianza por la serie de crímenes que cometían contra los ciudadanos. Un no sentirse protegido que tiene como sustento el discurso de la legalidad y escapa de una perspectiva ética, instalándose en la corrupción y la violencia, mostrando tiempos cíclicos en los que las civilizaciones mantienen las mismas ambiciones que generan una cantidad similar de muertes.
Previo a los acontecimientos relacionados con San Lorenzo, el texto de Campbell presenta un “llamado al público” desde el atrio de la iglesia, así como una loa protagonizada por tres personajes, una mujer y dos hombres. En ella, comenzando con una referencia al personaje de La vida es sueño, Rosaura y su caballo despeñado, señalan el tema que se hablará en la obra, asimismo se aprovecha para enumerar y aludir las problemáticas sociales que aquejan a la ciudad fronteriza en la que se representa dicho espectáculo. Así, destaca el riesgo que corren las mujeres al salir de noche a sus trabajos, considerando que una gran parte de las habitantes juarenses se dedican a la industria maquiladora. Debemos recordar, por otra parte, que los feminicidios en Juárez ocurrían a mujeres con semejanzas físicas (morenas), sociales (pertenecientes al gremio trabajador y clase baja) y geográficas (habitaban la zona centro y las maquilas del cinco) que las volvían vulnerables (Cabrera 1999: 11-21)
Sáyak Valencia entiende el capitalismo gore como este intercambio monetario que toma como mercancía los cuerpos mutilados, los estupefacientes, las armas, la prostitución a través de la trata de blancas, el sicario, el espectáculo sangriento en los noticieros y las teleseries. En la Loa de San Lorenzo, por medio del romance, el personaje de la mujer se duele de este capitalismo gore que azota una ciudad que se encomienda tras el cobijo de un santo que también perdió la vida tras la decisión de alguien que temía perder el poder:
El vivir entre asesinos de mujeres día tras día, el ver truncado el destino, de tantas y tantas vidas, el maltrato hacia los niños con agravios, con heridas, ultrajados y vendidos, ya nos hacen homicidas, sin que puedan distinguirnos, de aquellos cuyas torcidas almas, cornadas de chivos, vagan siempre confundidas. (vv. 37-48)
La alusión al ultrajo y la venta, nos hace comprender una visión que entiende esta violencia como resultado de una exigencia económica que tiene como fuente la búsqueda del poder por grupos organizados. Sin embargo, en esta aseveración también se manifiesta, como en la teoría de Sáyak, el papel que cumplimos todos como sociedad en este capitalismo violento como testigos pusilánimes muchas veces, habitantes silenciosos, espectadores, consumidores. Así, la mujer como ser gestante (papel que retoma el santo en la obra y que emula un pensamiento de su contexto), resulta un objeto que puede proveer doblemente a este capitalismo con dos mercancías: hijos para el consumo y una satisfacción sexual a través de la violencia (las más de las veces). Esto es un panorama desalentador, pero que rige a nuestra sociedad, a estos países del tercer mundo que responden no solo a las exigencias de Estados Unidos sino también a las suyas propias. ¿Cómo no habría de terminar la obra con el triunfo del demonio?
Aunque la Loa abarca de forma precisa la mayoría de las problemáticas que originó la guerra contra el narcotráfico. Durante la historia del santo, también encontramos los paralelismos que, sin duda, a un lector o espectador juarense le recordarán el tormento de habitar en Juárez entre el 2008 y 2011. Sin embargo, el contexto de algunas de estas escenas puede pasar desapercibido para alguien foráneo.
Una de las problemáticas más terribles durante el sexenio calderoniano, fueron las extorsiones que se realizaban a comercios locales: el cobro de piso. Esto desencadenó sin duda una gran depresión económica, puesto que muchos y muchas comerciantes se vieron en la necesidad de abandonar su principal forma de sustento, ya que, de no pagar la cuota, corrían el riesgo de ver en llamas su patrimonio o el asesinato de forma terrible (el tan temido gore) de algún miembro de la familia (México Evalúa, 2021: 47). En San Lorenzo, esto se refleja en la obligación que tienen los cristianos de pagar un caro tributo: “Los tributos son una desventura: / pagamos por el techo en que vivimos, / hasta el pedazo de la tierra enjuta / donde el cadáver vierten al morirnos, / tiene un precio tan alto, que resulta / caro morirse sin hacer consulta” (vv. 1127-1132).
El 31 de enero de 2010 ocurrió uno de los acontecimientos más traumáticos en Ciudad Juárez, la masacre en Villas de Salvárcar. En ella cerca de 60 estudiantes de preparatoria fueron atacados por un grupo del crimen organizado, dejando como saldo 16 jóvenes muertos. Esto ocurrió durante un festejo que se celebraba en una de las colonias del suroriente; los jóvenes pertenecientes a un equipo de futbol que tenía como nombre el homónimo de otro bando criminal fueron confundidos con estos y masacrados. Cuando Felipe Calderón visitó la ciudad un mes después, la madre de dos de los asesinados esa noche lo interpeló:
Discúlpeme, señor Presidente. Yo no le puedo decir bienvenido, porque para mí no lo es, nadie lo es. Porque aquí hay asesinatos hace dos años y nadie ni han querido hacer justicia. Juárez está de luto. Les dijeron pandilleros a mis hijos. Es mentira. Uno estaba en la prepa y el otro en la universidad, y no tenían tiempo para andar en la calle. Ellos estudiaban y trabajaban. Y lo que quiero es justicia. Le apuesto que si hubiera sido uno de sus hijos, usted se habría metido hasta debajo de las piedras y hubiera buscado al asesino, pero como no tengo los recursos, no lo puedo buscar. (Dávila, 2011)
Una de las escenas de San Lorenzo cristaliza esta masacre, haciendo paralela la persecución contra individuos inocentes. Dice el Sacristán: “Romanos desenfrenados / entraron en unos patios / y dieron muerte a diez niños / que confundieron. A diario / estas cosas se presentan” (vv. 374-377). Asimismo, el personaje Soplillo representa al promedio de los habitantes juarenses que se ocultaban para salvarse de la muerte: “me hago chiquito y me oculto, no me habrán de ejecutar”.
De este modo, me parece impresionante la imagen del demonio finalizando la obra, mostrando su dominio y señalando al público en el que, sin ánimo de exagerar, se puede encontrar al extorsionador, el sicario, el traidor, el violador, el mundano, el cómplice. La muerte de San Lorenzo no garantiza la salvación del ser humano, es solo otra víctima más.
Foto de Ysla Campbell sacada de su perfil
Aunque, a primera instancia, San Lorenzo o la persecución de los cristianos tenga el objetivo de recrear y transmitir a través del género dramático la vida del santo, resulta claro cómo funciona para denunciar al narcotráfico que azota a nuestro país y que se agudizó en el sexenio de Felipe Calderón. Ysla Campbell, a través de sus personajes, evidencia el malestar de una población, el síntoma. Resulta preciso cuestionarnos qué aporta la tragedia de Campbell para la indagación de este problemática. No me detendré en la perspectiva ética, porque esto exige una amplia reflexión, principalmente filosófica que abarca un estudio más preciso. Pero en la cuestión estética, resulta indiscutible cómo Campbell desautomatiza las distintas formas en las que se ha presentado. Trasponer una historia del siglo III d. C., con un modelo del teatro áureo, para hablar de la militarización en una ciudad fronteriza, es sin duda una forma sumamente original. Aprovecha su conocimiento y habilidades como investigadora y los vincula con la historia del patrón de una ciudad que necesita verse a través del espejo del teatro, para ser señalada por el demonio, quien afirma sus dominios y hace de esta localidad su infierno.
Texto de Graciela Solórzano
Bibliografía
Benítez, Rohry, Adriana Candia, Cabrera, et.al., El silencio que la voz de todas quiebra. Azahar, Chihuahua, 1999, pp. 11-21
Campbell, Ysla, San Lorenzo o la persecución de los cristianos. Universidad Veracruzana, Xalapa, 2019.
_______, San Lorenzo o la persecución de los cristianos. Editorial Grupo Destiempos, México, 2021, 66 pp.
Dávila, Luz María, cit. «Discúlpeme, Presidente, no le puedo dar la bienvenida: madre de dos ejecutados». La Jornada, 12 de febrero de 2011.
Valencia, Sáyak, Capitalismo Gore. Melusina, España, 2010, p. 16.
Vázquez Moyers, Alonso, La guerra contra el narcotráfico en el sexenio de Calderón. Análisis de discurso. Universidad Autónoma de Querétaro, Querétaro, 2014, p. 15. [Tesis de maestría]
La editorial Anverso acaba de arrancar hace un par de meses con la publicación de tres números en su colección Museo Vivo: Miedo de Jazmín Cano, Blu de Antonio Rubio Reyes y Arquetipos de César Graciano. Este último poemario se constituye de diecisiete poemas breves que tratan temas relacionados con la identidad y la relación familiar. Comienza con “Foto familiar” y termina con “Fin de la especie”.
La imagen resulta fundamental no solo para la construcción de un poema sino también para su interpretación. Es así que, para poder dialogar con el texto poético sea necesario apelar a los sentidos (oír, palpar, gustar, oler, ver) y no precisamente apegarnos a un sistema lógico y racional. Hay que reconocer que la identidad se adquiere a través de la imago antes de con el lenguaje: fragmentación. No resulta extraño que en la poesía la palabra la recree: ¿a quién se le ocurrió que un poema debe tener una verdad? Esta, en todo caso, se descompone en pedazos de espejos y cada quién tome su parte: polisemia, le llamamos los “académicos”. El sujeto metafórico lezamiano es aquel que se convierte en el articulador de dicho sentido: el que arma el rompecabezas (que no solo tiene una forma). Puede ser el poeta o el lector, pues el poeta es lector y el lector, poeta. Así, después de tal preámbulo tomo la voz poética de Arquetipos y la traduzco a palabras más profanas.
Arquetipos, a través del verso libre y la extensión breve, muestra un dominio sobre la relación ritmo-sema; es decir, los poemas transforman el ritmo según el valor semántico de las palabras del verso. Así, tenemos diversas dicotomías y relaciones que giran alrededor de la obra: “yo poético-madre”, “yo poético-padre”, “yo poético-sujeto de deseo”. La imagen paterna, en los poemas, es dura. Representa lo que la voz poética debería ser, pero no es: hay rechazo y conflicto que conlleva a no seguir la norma de un paradigma cerrado, sustentado en la procreación y la culpa. De la misma forma, la madre es la igualdad de destino, soporta el pesar y la carga del hijo:
Sé que solo espera a que yo duerma
para salir sin hacer ruido
y amarrar una cuerda
al árbol que fue mi infancia.
Uno de los dos tendrá que usarla.
En “Foto familiar”, como el mismo título dice, se retrata la imagen de los miembros de la familia y hay un juego de los ritmos en el que la pasividad de la madre se recrea en el uso mayoritario del yambo (pie de sílaba débil seguida de una fuerte, color rojo) que contrasta con el anfíbraco (pie de sílaba débil, seguida de una fuerte, seguida de una débil, color amarillo) que constituye la imagen del padre sonriendo y los troqueos (pie de sílaba fuerte seguida de débil, color azul) que giran en torno a los juicios del hijo sobre la imagen paterna. Adjunto la imagen:
Tabla rítmica de «Foto familiar»
Como
bien se observa, el único anapesto (dos sílabas débiles seguida de una fuerte, azul
fuerte) constituye la imagen de la voz poética. Además, se alinea a la
izquierda en contraste, haciendo eco a la no permanencia. Se desconoce en su
estirpe. La recreación de retrato es una prueba del valor de la imagen en la
poesía.
Es
así que, a través del uso del ritmo y la ausencia de dificultad sintáctica,
surge la imagen que nos desnuda una voz poética atrapada en una red de culpas,
desencuentros y fallas. El empleo moderado de la metáfora cristalizará todo
esto:
Tu cuerpo recreaba
las líneas de la ciudad
donde siempre me sentí de paso.
Forastero de un cuerpo que no le pertenece, de una ciudad que no es la suya, de una familia que le resulta ajena. La voz poética, entonces, corresponde a una identidad titubeante que no alcanza la plenitud de los extremos de la dicotomía: demasiado afeminado para romperle el corazón a un hombre, y para que se lo rompan.
El
sujeto lírico no es libre, el espacio de la poesía se convierte en un
confesionario: no siempre hay denuncia ‒cuando la hay se dirige hacia ese
“dios” que también titubea en su identidad‒, puesto que él se sabe “erróneo”,
la falla del sistema: el martirio y la lucha en contra ya no solo del deseo
sino de algo suyo que no quisiera descubrir a los otros, pero que resulta
inevitable. Lo flagelan ‒con la culpa, el rechazo, la indiferencia‒ y se
flagela. El culmen recae en la negativa frente a la procreación. Hay una línea
estrecha entre sexualidad y erotismo, pero el abismo de esa brecha es inmenso: lo
sexual consiste en arraigar raíces en la estirpe, el erotismo, placer por
placer… el derroche, el vacío, pulsión de muerte. La perversión de destruir una
línea que debe perpetuarse:
Planeo llenar de vergüenza
a todos mis antepasados
siendo el primero
en dejarlos sin futuro.
Es esta la destrucción
que el padre adjudica a su hijo. Excesivo sería dejarle a cargo un martillo, lo
que queda es recoger los escombros (como la abuela) de lo que se arruina: “Que
un hombre / sobre otro hombre / no hace una familia”. En “Otras familias”, la
ausencia de hijos representa el castigo hacia una perversión (justo este poema
me recordó Miedo de Cano, la pederastia disimulada, simbólica). Dios
ahí, testigo pusilánime, o no.
La
poesía siempre ha sido depósito del sujeto: se llena de aquello que debe
externarse, porque si no se vuelve patología, o quizá ya lo sea (lo más seguro).
Reconstruir la imagen por medio de la palabra es arduo: Graciano lo hace con
éxito ‒lo cual no libra de lo amargo de la desesperanza que se retrata‒. Uno puede encontrar catarsis aquí. Se denuncia
un sistema cruel, despiadado, capaz de negarle una identidad al sujeto, y el
sujeto sin identidad es nada. Los discursos yacen en todos lados, listos para
desgarrar: ¿cómo enfrentarse a ellos? A veces uno se desvanece ante el intento.
La literatura queer ha marcado un camino ‒importantísimo‒ hacia un
encuentro, hacia la revolución contra un sistema patriarcal que afecta a tantas
y tantos… pero a veces no basta. A veces uno se sabe derrotado, sin lugar, con
la cuerda en el árbol llamándonos, con el padre aguardando con la mirada severa…
esperando a que seamos el “arquetipo” que nos corresponde.
César Graciano, Arquetipos. Anverso, Ciudad Juárez, 2019, 23 pp. [Colección Museo vivo].