
Dramaturgia: Marco Antonio López Romero
Actuación y dirección: David Vázquez
Teatro Virtual Fronterizo de las Cartas de Amora
La obra La larga noche del general la velo yo comienza en punto de las 8 de la noche cuando, a través de la sesión de Zoom por donde es transmitida, se escucha una voz masculina que comienza la historia con la pregunta: «¿Alguna vez has sentido que estás viviendo algo que ya pasó?». En el cuadro se observa un hombre, un actor que representa a Óscar Alejandro Kabata de Anda, sentado en una silla. Su actitud estoica y firme comienza a develar el tono trágico de la historia mediante alusiones al suicidio y lo difícil que es cometerlo: “No hay un botón para morir”, menciona, dando a entender a la audiencia que, al soportar una pena tan grande, hasta el suicidio se vuelve complicado. Con una alusión al mito de Sísifo compara la terrible tarea de cargar una pesada piedra hasta la cima de la montaña para después verla caer y tener que subirla de nuevo, con el sentimiento de desesperanza que tiene la contemplación del suicidio.
¿Pero qué es lo que lleva a nuestro protagonista a tener reflexiones tan funestas? De pronto Óscar comienza a relatar su historia. Va ligando poco a poco elementos aislados para contar lo que sucedió una noche del 2010, dos años después de que el expresidente Felipe Calderón declarara la guerra al narcotráfico, mientras en Chihuahua se llevaba a cabo el Operativo Conjunto Chihuahua, dirigido por el General Felipe de Jesús Espitia. El actor narra, con un tono que pierde lentamente el temple conforme avanza la historia, cómo fue levantado junto con su amigo Víctor por elementos del ejército, cómo los dos fueron transportados con los ojos vendados hasta un lugar desconocido.
Con detalles aparentemente simples como el ruido que hacen los árboles al pasar rápidamente o el timbre telefónico «Hello, Moto», el protagonista nos transmite una sensación de terror, incertidumbre y desesperación al ser trasladado a una ubicación desconocida y por razones que no alcanza a comprender. Todo esto es contado desde un escenario que consiste en tres sillas, una lámpara, una mesa y un ventilador encendido. El peso de la obra recae sobre la fuerza de la historia y sobre los hombros del actor que, a través del monólogo, transmite cada detalle y sensación usando solamente su voz.
La noche se torna una historia de terror donde el protagonista narra cómo fueron bajados del vehículo, golpeados, asfixiados con una bolsa y sumergidos en cubetas con agua. Al llegar a este momento la voz del actor es ya un hilo delgado, apenas sostenido por la voluntad de terminar la historia. Relata cómo siente alejarse la vida de Víctor, el leve suspiro con el que abandona su cuerpo y el destello estruendoso del disparo que lo deja muerto en el suelo. La situación no puede ser más desgarradora y el actor, David Vázquez, realiza un excelente papel al transmitirla.
Enseguida narra su encuentro con el General Felipe de Jesús Espitia, a quien ve jugar con un anillo entre los dedos, usando un uniforme verde y sus insignias impecables. «Todo va a estar bien», le repite una y otra vez. En un acto de perversión magnánima, el general le perdona la vida, amenazándolo con que no intente denunciarlo, pues él y su familia quedan de por medio. Para esto el actor coloca una pistola sobre la mesa, apuntando amenazantemente al público. El General le ordena irse de la ciudad de inmediato. Lo envía a un exilio injustificado e inhumano que deja a Oscar A. Kabata con el cuerpo destrozado y el alma ausente.

En ciertos momentos el actor se levanta de la silla y se sienta en otra, designando el avance de la historia, para después regresar a donde se encontraba originalmente, como si en realidad no existiera cambio alguno en él, ni en la guerra contra el narco, ni en el sufrimiento de Sísifo, que carga su piedra solo para que vuelva a caer. Nada cambia. Sin esperanza en el futuro, el General Felipe de Jesús Espitia es ascendido de puesto y se convierte en asesor de la Sedena, a pesar de tantas personas que sufrieron las injusticias que el mismo protagonista vivió, sufrimiento que, según nos cuenta, probablemente padeció también su padre dos años antes.
Óscar decide refugiarse en el pasado, lejos de aquella larga noche en que invitó a Víctor a cenar, cuando los militares se los llevaron. Finaliza contando el último momento feliz del que tiene memoria: una fiesta con su novia y sus amigos, bailando al ritmo de la canción “Rosa pastel” de Belanova. Esa canción, y su aparente incompatibilidad con los sucesos terribles recién narrados, es un recordatorio de que el horror llega de pronto y sin avisar. En ese recuerdo luminoso se queda inmerso el personaje, aislado de una realidad insoportable. Allí encuentra una minúscula esperanza de que las cosas puedan ser diferentes, porque, como dice nuestro protagonista: «En otra parte hay luz y quizás también vida».
