La conocen los presos: la libertad

Fotografía de la pagina de facebook del Centro Cultural Clavijero

Cuando se busca una revolución, independencia o un cambio, la libertad está implícita, esa “Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”, según anota la RAE. Es precisamente en un escenario falto de ella, en la Argentina de 1981 durante la dictadura militar, en donde se representa la obra El acompañamiento del dramaturgo Carlos Gorostiza, dentro de un movimiento llamado “Teatro abierto”, en el que a través de obras se buscaba concientizar sobre la libertad de expresión. 

El pasado 22 de agosto fui parte del público en la representación de esta obra en la ciudad de Morelia. Alan Delgado, quien tiene más de treinta años dedicándose al teatro, fue el encargado de la adaptación y dirección. En una pequeña sala, al fondo de la Biblioteca Bosch-Vargaslugo, dentro del espléndido e imponente Centro Cultural Clavijero, la obra tenía su escenario. Una mesa, un cuchillo sobre ella, dos sillas, un par de tazas con un termo, un smoking colgado al fondo, una mampara que hacía de puerta y un tocadiscos. Todo se utilizaría en algún punto de la obra. 

Las luces se apagan y se escucha música clásica. Cuando el escenario se ilumina, Tuco, interpretado por Delgado, está parado en una silla fingiendo cantar; la cantera rosa detrás de él queda ad hoc al lugar en el que está encerrado. Las barbas largas y el lápiz negro en la cara y en el pecho acentúan el carácter grave del personaje, vestido con pantalón café y saco a cuadros. Suena la puerta, Tuco pregunta quién es, “Sebastián”, le responden, duda, pero abre. Ricardo Pérez Campos interpreta a Sebastián, el mejor amigo de Tuco: lleva un chaleco, gorra y lentes. La fisonomía de ambos es contrastante, Alan Delgado es alto y un poco robusto, mientras que su compañero es bajo y flaco, esto añade un toque caricaturesco a los personajes, ya que bien los podríamos imaginar como Don Quijote y Sancho o Pedro y Pablo de Los Picapiedra.

La trama gira en torno a la decisión de Tuco de dejar su trabajo en la fábrica para dedicarse a cantar. Sebastián trata de convencerlo de que es una idea disparatada. Sin embargo, Tuco sigue esperando “el acompañamiento” que Mingo quedó de mandarle, es decir, una orquesta, o por lo menos “unas guitarritas”. Es claro que a Tuco le están tomando el pelo, y es ahí donde radica la desesperación de Sebastián: no quiere herir los sentimientos de su viejo amigo, pero tampoco quiere que se burlen de él porque no sabe cantar. Durante este diálogo, los personajes recuerdan vivencias de antaño: noches de parranda y largas pláticas sobre los sueños y metas de cada uno. Tuco admira a Sebastián porque por fin tiene su tienda y desea consumar su propio sueño cantando; no obstante, los años en la fábrica lo han consumido y tiene a su familia preocupada porque dejó su empleo a poco tiempo de jubilarse. Aun con su tienda, Sebastián no se encuentra del todo satisfecho, y titubea cuando su amigo le dice que él sí tiene libertad.

Tanto Delgado como Pérez Campos se apropian del personaje. Cuando Tuco se acerca al cuchillo pone nervioso no solo a Sebastián, sino también al público. Además, también es hábil al momento de sacar risas al espectador cuando remeda a sus familiares, que quieren hacerlo salir del encierro. Por su parte, Sebastián nos sabe comunicar la impotencia de querer convencer a un amigo que se obstina en una idea. Ambos hacen pleno uso del limitado espacio escénico.

Fotografía de la pagina de facebook del Centro Cultural Clavijero

Del texto de Gorostiza al montaje de Alan Delgado, hay pocos cambios: el director remplaza el tango de Gardel que canta Tuco por música de ópera, de manera acertada porque la canción del tanguero contiene muchos regionalismos. La localización de la habitación de Tuco en la obra no es precisa, pero en el montaje se hace creer que es una planta baja o un sótano. Con esto se consigue que Tuco pueda señalar hacia arriba cuando se refiere a “los locos”, es decir, su familia. Algunas veces los vocablos fueron tropicalizados por lo que se logra claridad y fluidez en los diálogos; los “pendejos”, el “chingar”, y los “hijo de puta”, fueron bien recibidos por el público. Se agradece también, que no se haya contextualizado explícitamente en ningún lugar de México u otro país, ya que es el espectador quien se encarga de interpretar los símbolos y los ecos que nos ofrece la obra, como la ya tan mencionada “libertad”.

Yo, por ejemplo, asocio la palabra “libertad” a una calle de Ciudad Juárez localizada en la colonia Chaveña. ¿Por qué? Porque me parece contradictorio que “calle” y “libertad” estén unidas de esa forma: desde hace algunos años, pocas personas nos sentimos seguros al caminar por nuestras calles debido al contexto de violencia estacionado en la ciudad. Me parece que la mejor definición de la palabra la da Calamaro en la canción con el mismo nombre, de donde tomé un verso para el título de este texto, y a propósito del epígrafe de la entrada anterior (https://comediasintitulo.home.blog/2019/08/31/nada-sobre-la-nada-2019-creacion-colectiva-dirigida-por-mario-vera/). ¿Qué decir de la empatía que sentí por Tuco al saber que había abandonado su trabajo en la fábrica para seguir su sueño? yo, que estuve cuatro años en una y a temporadas vuelvo. Esta obra me hizo sentir muchas cosas relacionadas a acontecimientos propios o ajenos. Además de esta añorada y merecida libertad, la obra nos cuenta una historia sobre la amistad, los sueños, y el desengaño. El acompañamiento viene cargado de muchos significados, algunos de ellos calarán más a unos que a otros…