Empezando por la publicidad, imaginaba que la obra sería justo lo que su nombre me anunciaba: un entretenimiento superficial que explotaba los cuerpos bellos de las actrices. En realidad, el título, más que atraer, me disuadía de enterarme en serio sobre el contenido de la obra o siquiera quiénes la presentaban. Error no darme cuenta del juego evidente.

El debate sobre la dignificación del trabajo sexual, al mismo tiempo que me parece urgente, creo que recae —cuando no se piensa con cuidado—, en una nueva objetificación de sus sujetxs. Muchas veces, se fracasa en lograr que el público respete los valores de quienes ejercen dicho trabajo por elección; el patetismo no suele hacerse esperar y así más que respeto se obtienen morbo y condescendencia. Pero, ¿por qué resulta tan importante abordar desde el arte el tema de la prostitución y otras formas de lucro que escandalizarían a cualquier madre? La dramaturgia y dirección de Confesiones de una telefonista erótica son bastantes directas al darnos la respuesta: entre las butacas, con o sin vergüenza de ello, nos encontramos muy posibles consumidores de pornografía. No solo estamos dispuestos a devorar imágenes estáticas, en movimiento, voces, muchos queremos (debo decir, quieren) el cuerpo entero.
En Confesiones, el primer tema se intersecta hábil y sigilosamente con otro: el trabajo actoral, ¿no es en alguna manera cercano al sexual? Si bien, con limitantes, la analogía recae en que en ambos se debe poner el cuerpo para complacer a otro, otro que paga por ver, a veces tocar, y que la mayor cantidad de veces espera salir satisfecho a costa de una performance convincente. Hasta poco antes de acudir al foro, yo pensaba encontrarme un vodevil, una historia de cabaret intrascendente. La carne, como carnada, tenía un fin: sentarnos, aunque no a ver con lascivia (la lencería pronto se escondió bajo batas oscuras). El objetivo consistía en presenciar atentos el desenvolvimiento de un problema terriblemente tangible: el artista necesita abaratarse, transformarse en algo diferente a sí, venderse y hacer de todo, sí de todo lo que tú quieras, porque ¿de otra forma cómo se mantiene la o el artista?

Confieso que no he leído, ni creo llegar a leer el texto de Hugo Salcedo, por lo que en este párrafo digo cosas que pueden estar equivocadas. Pero, me parece que está diseñado como un monólogo, el cual bajo la dirección de Christian Valenzuela y gracias a las actuaciones de Laura Galindo, Tania Hernández y Daniela Gutiérrez, pudo desglosarse en un lúdico ir y venir de voces distintas. Por momentos, parecía que la unidad textual, como la fragmentaron, correspondía a tres personajes en situaciones semejantes, mas con trasfondos, deseos y personalidades únicas. Cada actriz imprimía en sus gestos, en la cadencia de sus diálogos, en el carácter, un porte único: una más sensual y fuerte, una más juguetona y entregada; otra, a causa de sus propios duelos, conflictuada entre la rebeldía y la sumisión. Considero este un gran acierto, no son pocas las dramaturgias y montajes que hoy en día optan por el desdoblamiento; mas casi siempre, considero, las y los intérpretes resultan meros coros, ecos, entre sí; no en este caso.
Al centro del escenario un triángulo de luces LED iluminaba los tres frentes, sillones listos para grabar, aros de luz dispuestos con cámaras y pantallas. Las y los espectadores conocíamos caras distintas de “Pandora”, Mara. Únicamente al inicio, todos miramos al mismo lugar: una proyección previamente grabada al fondo de la caja negra de la Sala Experimental Octavio Trías, graciosa y provocativa, nuestra llamada. El resto de las imágenes digitales las vimos en vivo; dependiendo de la cara de la pirámide que nos tocara mirar, por más que escucháramos a las otras actrices, nuestra visión de la representación siempre sería parcial —como de cualquier situación en la vida real—.

A propósito de las visiones incompletas, la trama de Confesiones termina de cerrarse no sin menos conflicto: Mara, no solo como artista, como mujer, debe confrontar el contexto del México contemporáneo tanto como de las academias (y centros de profesionalización) hasta la actualidad. A la mujer se le explota como cuerpo sexuado: antes de dedicarse de lleno al erotismo como medio de subsistencia, ella debe soportar —porque así se nos muestra que lo vivió ella— que sus maestros y guías la reduzcan a su sexo y busquen consumirla así también, aunque sin remunerarla, a cambio solo de lo que por obligación debieran darle, educación y oportunidades de desarrollo (La parcialidad: aunque tantas historias así conocemos en instituciones locales, foráneas, públicas y privadas, cuando se las aborda, es común el reclamo de que “no se puede hablar sin conocer bien a las personas involucradas o los términos de sus relaciones”). En fin, ese tercer tópico se abre y a cada espectador y espectadora tocará juzgar lo adecuado, moralino, crítico, acrítico, mal o bien ejecutado con que se hace; para mí, para Salcedo, para quienes decidieron emprender este montaje, tan solo pareciera evidente y necesario.

Para cerrar, retomo que la puesta me ofreció más que un rato agradable con una buena producción. Al salir, mi pulso se había acelerado, había reído gozosa, me agité, me sentí incómoda, recordé situaciones propias y de otras personas que trabajan en las diferentes artes, enumeré triadas (humanas, amorosas, religiosas, temáticas, geométricas) y agradecí no haberme quedado esa noche en casa.
Grecia Márquez




