Explosiones emocionales en Esperando a Godot

Esperando a Godot es una pieza fársica perteneciente al teatro del absurdo que surgió después de la Segunda Guerra Mundial. Este género se caracteriza por abordar aspectos existencialistas y filosóficos. Virgilio Ariel Rivera señala en La composición dramática: estructura y cánones de los siete géneros que su propósito consiste en encontrarle un sentido pleno a la vida. Además, se asumen cargas contenidas en la psique humana al desnudar una realidad o revestirla (2004, p. 215). Samuel Beckett expone esto en dos actos donde muestra, de manera nihilista, la paciencia de Estragón y Vladimir al esperar a Godot en un árbol. Expresan que él les mejorará la vida, pero la espectadora carece de cierta información. ¿Cuántos días llevan esperando? ¿Quién es Godot y a qué se dedica? Sin embargo, no resulta difícil seguir la trama a pesar de que se infringen diversas normas de la realidad. Peter Brook explica en El espacio vacío: arte y técnica del teatro que en una ocasión se presentó esta obra con presos y, aunque era un público no acostumbrado al teatro, no se les dificultó seguir el hilo de la historia (2012, p. 95).

Captura de pantalla tomada de la página de la Teatroteca (INAEM)

Por un lado, Esperando a Godot muestra un ciclo interminable y, desde mi perspectiva, refleja la insignificancia de la vida. Al todo carecer de sentido, Estragón sugiere la única salida de la monotonía: “Ahorquémonos ahora mismo” (Beckett, 2001, p. 25). La idea de la muerte los seduce en todo momento; sin embargo, tratarán de encontrar alguna distracción para hacer más amena la espera de Godot. Entonces, por otro lado, Vladimir y Estragón explotarán sus emociones y así descubrirán diversas maneras de relacionarse. En la puesta en escena que realiza Alfredo Sanzol destaqué dos momentos que me parecieron interesantes. Llegan a rodar abrazados por el suelo y, además, se dan un beso agotando la posibilidad del amor (2013). Por esta razón, el objeto de estudio de esta reseña se basará en analizar y justificar las conductas explosivas de Vladimir y Estragón.

Este dúo comparte un sinfín de sentimientos y acciones uno hacia el otro: amor, odio, recelo, empatía, desprecio, cariño, entre otros. Este vagón de emociones es descrito por Virgilio Ariel Rivera como conductas irreales, en donde se rompen todos los márgenes de la capacidad y tolerancia social y, que, a su vez, da paso a conductas absurdas, incluso toma como ejemplo el matrimonio (2004, p. 223). Esto se refleja en los diálogos hiperbólicos, por ejemplo, cuando Estragón quiere quitarse el zapato por el dolor. Vladimir contesta: “¡Siempre eres el único que sufre! Yo no importo nada. Quisiera verte en mi lugar. Ya me lo harías saber” (Becket, 2001, p. 17). En todo momento tendrán estas actitudes explosivas y, en un parpadeo, se tranquilizarán. Ariel Rivera señala que los personajes se desarrollan en una realidad subjetiva, metafórica, abstracta; no obstante, me parece que, en algunas escenas, también son parte de un mundo objetivo (2004, p. 220). Para explicar esto tracé dos líneas horizontales, una encima de otra. La línea inferior corresponde al plano de la objetividad y la superior a la fantasía, lo irreal. Para alcanzar la segunda se rompen las normas cotidianas y se abre paso a conductas anormales, actitudes violentas y pasiones ocultas. Vladimir y Estragón realizan brincos entre ambas realidades. En ocasiones, cada uno está en diferentes planos y, por esta razón, se desatan las disputas.

Captura de pantalla tomada de la página de la Teatroteca (INAEM)

Del primer al segundo acto cambian su comunicación. Además, se cuestionan el ciclo al que están sometidos. Estragón desaparece y, al volver, regresa herido. Vladimir se preocupa por él y pregunta a su compañero qué le paso; sin embargo, no recibe una respuesta clara, solo una petición pasiva-agresiva: “¡No me toques! ¡No me preguntes nada! ¡No me digas nada! ¡Quédate conmigo!” (Beckett, 2001, p. 79). Ambos se necesitan y se quieren, pero aun así el ritmo agresivo y exaltado sigue a lo largo de sus diálogos. La cordura se va perdiendo conforme avanzan los días y, para mantenerse vivos, se someten a conductas exageradas solo para comprobar que no sueñan. Vladimir intenta explicar esto: “Lo cierto es que el tiempo, en semejantes condiciones, transcurre despacio y nos impulsa a llenarlo con manejos que, cómo decirlo, a primera vista pueden parecer razonables y a los cuales estamos acostumbrados. Me dirás que es para impedir que se ensombrezca nuestra razón. Bien, de acuerdo. Pero a veces me pregunto: ¿acaso no anda errante en la interminable noche de los grandes abismos?” (Beckett, 2001, pp. 106-107). Entonces, el tiempo y la desesperación se toman como factores que condicionan a Vladimir y Estragón.

Captura de pantalla tomada de la página de la Teatroteca (INAEM)

Entonces Esperando a Godot resulta una obra sencilla de interpretar a pesar de abordar temas existencialistas y nihilistas. Incluso, me atrevo a decir que la espectadora se puede sentir identificada con las respuestas de los personajes. Las personas se rigen por impulsos y, al habitar en un campo de liminalidad donde, en este caso, se desconoce el origen y el destino, se pierde la noción del entorno. Se duda de la misma conciencia, por lo que, se desatan diversas actividades para ignorar la dura realidad. Se abre paso a la procrastinación y, de esta manera, evaden todas las normas establecidas para saltar al plano superior: lo subjetivo. Estragón y Vladimir optan por esperar a Godot; sin embargo, la idea del suicidio les parece tentadora ¿Qué otra manera existe para evadir la realidad? No importa la decisión que tomen, inevitablemente la muerte los alcanzará de una u otra manera.

Moisés Chala

Bibliografía

Beckett, S. (2001). Esperando a Godot (Ana Ma. Moixs, Trad.). Tusquets (Obra original publicada en 1952).

Brook, P. (2012). El teatro tosco. En El espacio vacío: arte y técnica del teatro (pp. 93-133). Península.

Sanzol, A. dir. (7 may., 2013). Esperando a Godot, de S. Beckett. Centro Dramático Nacional, Teatro Valle-Inclán, Madrid.

Rivera, V. A. (2004). Farsa. En La composición dramática: estructura y cánones de los siete géneros (pp. 215-236). Escenología.

Una fruta las demás puede pudrir

-Del árbol nace un fruto protegido por la raíz que lo alimenta y una sombra que lo acoge. Sin embargo, basta una o dos sacudidas violentas para separar al alimento del árbol y no tardará en rodar y exponerse al sol. Poco tiempo tendrá de vida con su exposición al calor. El fruto caído ahora está podrido-. Estas líneas catafóricas pueden entenderse como interpretación de Los frutos caídos; no obstante, el mensaje de la obra me llegó días después de su lectura. Desde mi perspectiva, el texto dramático de Luisa Josefina Hernández recae en una constante imagen de salud, tanto mental como física, utilizando el fruto como una metáfora de la vida. En la edición que he revisado, vemos la manzana como un elemento coprotagónico, junto al sombrero, en la portada.

Portada de Los frutos caídos

La lectura de la pieza me mantuvo reflexionando sobre las actitudes que caracterizan a los personajes y las relaciones que tensan unos con los otros como, por ejemplo, los diálogos hirientes, las mentiras y el pesimismo que moldean un ambiente denso y tóxico donde se desarrolla la trama. La dramaturga mexicana plasma en su pieza una amargura que constantemente abruma y contamina al escenario, y es que el mayor exponente de análisis y crítica recae en el hijo del abuelo de Celia, Fernando. Además del desarrollo de su carácter –que no logramos apreciar por completo, por lo que debemos ir infiriéndolo–, lo considero como un eje de la obra, debido a las consecuencias por su apego al alcohol y el trato que da a Paloma, Magdalena, Dora y a Celia. Fernando es la fruta podrida que contamina a las demás.

Luisa Josefina Hernández se considera como una de las dramaturgas más importantes del siglo XX en México debido a su gran impacto tanto en su escritura creativa como en sus propuestas teórico-pedagógicas. Cuenta con un amplio repertorio donde destacan obras como Los grandes muertos, Las ruinas y el objeto de estudio de esta reseña: Los frutos caídos. Ésta última se escribió en 1955, en un momento temprano del desarrollo de su escritura dramática, y fue estrenada dos años después en el Teatro el Granero, en la Ciudad de México, bajo la dirección de Seki Sano. Ganó el premio del Festival Dramático del Instituto Nacional de Bellas Artes de 1957; con esta obra, también obtuvo el grado de maestra en Letras, con la especialización en Arte Dramático.

Fotografía por Carlos Castell y Roberto López-Rodríguez tomada del perfil de Tumblr de Melisa Varish

El texto se imprimió, por primera vez, enseguida de su composición, en el tercer volumen de Teatro mexicano del siglo XX, antología preparada por Celestino Gorostiza, en 1955 para el Fondo de Cultura Económica. Al año siguiente, la SEP publicó Los frutos caídos en un libro colectivo, junto con Los signos del Zodiaco de Sergio Magaña y Las cosas simples de Héctor Mendoza, en la famosa colección de Letras Mexicanas, reeditada en 1984 y reimpresa en 1995 por la misma editorial, pero en la colección Tezontle. Como se ve, el texto de Luisa Josefina ha tenido amplia difusión, aunque siempre apareció en antologías con varios autores. Cabe aclarar que las imágenes presentadas en esta reseña son de la presentación del 2006 en Teatro el Galeón ubicado en el Instituto Nacional de Bellas Artes bajo la dirección de Gilberto Guerrero.

Los frutos caídos consta de tres actos que coinciden con las características de la pieza, descrita por Virgilio Ariel Rivera como uno de los siete géneros dramáticos. Además, la propuesta se inscribe dentro de la corriente del realismo y costumbrismo en los años 50’s en México. Aunque sus acciones y conflictos partan de ideologías muy arraigadas o tradicionalistas, el público de nuestros días se podría identificar fácilmente con alguna de las protagonistas. La obra en sí aborda un pesimismo constante alrededor de los personajes, los cuales, de manera independiente, buscan su propia supervivencia y se encuentran siempre a la defensiva. Los lazos familiares, en este caso, resultan la vía para vulnerar al otro. La vigencia de Los frutos caídos recae en el tema de la convivencia de una familia de clase media que se considera fuera de las normas establecidas en un gobierno, probablemente, de derecha. Por un lado, se exhiben problemas de índole social, como el conflicto del patrimonio familiar y la manipulación hecha por un hombre, Fernando, a través de mentiras y comentarios pasivo-agresivos que afectan la personalidad y desarrollo de cada personaje, sobre todo los femeninos. Por otro, quedan expuestas las tensiones y problemas de carácter familiar por medio del quebrantamiento de su institución modelo: el matrimonio.

Fotografía por Carlos Castell y Roberto López-Rodríguez tomada del perfil de Tumblr de Melisa Varish

Magdalena, por ejemplo, soporta las agresiones de Fernando, así como las disputas sobre su hija adoptiva, Dora. Hay que recalcar la imagen del hombre infértil. Celia, por su parte y a pesar de tener esposo e hijos, piensa seriamente en escaparse con el joven Francisco, concretando el adulterio. Fernando, como un personaje complejo, nos invita a la reflexión: “Hay que pensar algo. Dar un significado a las acciones que lleva uno a cabo durante el día. La claridad es lo más necesario del mundo: saber quiénes somos y adónde vamos, aunque sea algo desilusionante.” A pesar del valor de sus pensamientos y de que experimente una introspección que lo conduce al reconocimiento de sus errores (en el tercer acto), Celia asume el rol protagónico. Ella también es consciente de sus errores e intenta remediarlos, no solo para sí, sino a favor de su ambiente, del cual se augura una inmovilidad un tanto desesperanzadora. Al final de la pieza, la resolución no es clara ni subsana el conflicto de manera total. La abrupta decisión de Celia, como el desprendimiento de un fruto, anuncia tanto la madurez como la caída.

El inicio de esta reseña se liga con su final. -Aquellas manzanas (frutos caídos) son las responsables de contaminar al resto de la cosecha-. Así, todas las actitudes que tomarán nuestros personajes serán condicionadas por su alrededor. Por ejemplo, los diálogos de Celia: “Yo venía para ser justa, medida, tranquila; para reclamar sin violencia lo que era mío, y ahora me obligas a hacer todo lo que quería evitar”. Y conforme se avanza en la lectura puede apreciarse el detonador de lo negativo, la fruta podrida, Fernando: “No me defiendas. Aquí el fuerte soy yo, ustedes son unas pobres mujeres que se ven obligadas a tolerar mi violencia. Es tonto esto de que una me ataque y otra me defienda”.

Moisés Palacio

Referencias

Fundación para las letras mexicanas, Enciclopedia de la literatura en México [En línea]: http://www.elem.mx/autor/datos/1822 [Consulta: 21 de octubre, 2022].

Hernández, Luisa  Josefina, “Los  frutos  caídos”, en Teatro mexicano  del  siglo XX  (ed. Celestino Gorostiza). FCE, Ciudad de México, 1986, 403-478 pp.