Aquí comienza una dramaturga: María Rascón

El verano juarense suele llamar por las tardes a la reunión, al convivio; ahora desde los confinamientos sociales se apela a nuevas formas de cercanías. Es el caso del teatro, a través de las plataformas virtuales. Esta tarde resulta alentador ver en la página de Facebook del Grupo Nora a 73 personas esperando que inicie la puesta en escena de Aquí termina todo de María Rascón, bajo la dirección de Jorge González. Los segundos se tornan muy largos… Aparecen en la pantalla anuncios de primera, segunda y tercera llamada… Al fin, comenzamos.

¿Qué historia inicia en el escenario? La de una novel dramaturga en la frontera: María Rascón. Ella es una joven investigadora de literatura chicana y fronteriza, creadora y promotora cultural. Recién inició su blog: Las cartas de amora, a la vez que su inserción en el género teatral. Un texto de su autoría: Así giran las cosas se estrenó el 12 de julio de este año, a través del proyecto Teatro Virtual Fronterizo. 

Hoy, asistimos a su segunda propuesta: Aquí termina todo, bajo la dirección de Jorge González (dramaturgo, actor, promotor cultural). La historia recrea un triángulo amoroso en tiempos de confinamiento. ¿En dónde se halla el aporte de la autora? En su compromiso con la Otredad.  Su texto alude a relaciones sexoafectivas pansexuales, colocando en la mesa de la discusión a la diversidad sexual. Temática que la sociedad conservadora prefiere mantener en el closet (confinada), como bien sabemos.

A pesar de estar en el siglo XXI, la dramaturgia del norte explora muy poco este filón de lo humano. Otro rasgo que destaca en el tratamiento del tema corresponde al ejercicio de los modelos heteronormativos en las relaciones que entablan los personajes: la celotipia se entrona, dando pie a un acto feminicida. La pregunta surge de inmediato: ¿acaso no hay forma de romper con las violencias de género? La obra, no ofrece una solución, y no tiene por qué hacerlo; más bien, ustedes y yo, tendríamos que inquirir, en caso de estar en la situación de los personajes, qué haríamos. 

Si a la puesta en escena nos referimos, el escenario virtual abre con la imagen de dos actores (hombre y mujer), cada uno en la cama de su habitación, ambos tienen la puerta abierta; sin embargo, no se encuentran en la misma casa. Esta decisión del director, Jorge González, permite que de entrada habitemos el mismo espacio que los personajes. Asistimos a su conversación a través de las pantallas de las computadoras. Nos inmiscuimos en su encuentro amoroso, en donde el juego erótico no se hace esperar: “No sé qué tiene tu voz, me eriza la piel.” “Me hubiera gustado que vinieras a la casa, quiero tocarte.” “Hay toque de queda.” “¡Te mordí las tetas, mientras nadie nos veía!” De tal forma que elidimos que el escenario es virtual, porque en ese momento como espectadores, ya estamos dentro de la ficción. El tecnovivio teatral nos copta. 

Además de la historia, la puesta en escena destaca por los siguientes aspectos:

La puesta en escena, bajo el experimentado trabajo de Jorge González, refuerza los abismos de la imagen y, por supuesto, de lo que más interesa: la convivencia humana. El director juega con el espacio escénico; los actores se encuentran cada uno en su habitación, cada quien en su casa; nosotros vemos dos puertas contiguas abiertas, que emulan lo que cada uno ve en su pantalla. Aparece el tercer personaje, quien desde la sala de su casa le llama a uno de los actores. De nuevo, el juego de perspectivas en el manejo de los espacios se impone. El actor responde la llamada desde el marco de la puerta de su habitación, mientras que el otro actor se halla en la sala, pero la impresión que tenemos es que se encuentra en su propia casa. Los receptores, en un acto voyerista, habitamos la intimidad de los personajes; si bien al principio somos copartícipes del juego amoroso, caeremos en el espiral de violencias que se desatan. 

Otro aspecto significativo es la decisión del director de privilegiar el plano general en la toma del video; a partir de ello, apreciamos el trabajo actoral de Claudia Rivero, Gisela Moreno y Mario Vera. Los tres actores con amplias trayectorias en Ciudad Juárez, de donde el trabajo corporal, de la voz, el manejo gestual nos la oportunidad de acceder a una propuesta estética de gran valía, al observar un manejo lúdico y plástico de la corporeidad. Como ejemplo, baste la escena del primer encuentro amoroso que se rememora en la obra. 

En relación al formato breve de esta pieza y su representación virtual, me lleva a pensar en uno de los rasgos del significado de la palabra teatro; me refiero a la contemplación. Al mirar en un escenario a alguien que tiene algo que decir a alguien (público).  Con base en ello, la discusión actual, en relación a sí las propuestas escénicas virtuales son o no teatro, me parece que la respuesta es evidente: estamos ante una nueva –no porque antes no se haya experimentado- experiencia estética y ética del quehacer teatral. Que además de favorecer la continuidad de los espectáculos teatrales, los democratiza al dar oportunidad de que un público amplio acceda las puestas en escena. De esta forma nos demuestra que los espectáculos teatrales lejos de verse amenazados por la pandemia ocasionada por el COVID-19 y el confinamiento social, posee una presencia relevante para quienes habitan el teatro: hacedor@s y receptor@s. 

No cierro, sin aplaudir la presencia de noveles dramaturgas en nuestra frontera teatral. 

Aquí termina todo, autoría de María Rascón y dirección de Jorge González. Actuaciones de Claudia Rivero, Gisela Moreno y Mario Vera. Estreno virtual, Ciudad Juárez, 25 de julio de 2020. 

Rally escénico de Grupo Nora: Comecarne y La ciudad donde más gente mira al cielo

El domingo 26 de julio terminó el rally de Grupo Nora después de brindarle al público seis obras de corta duración. Las felicitaciones no se hicieron esperar y durante el último conversatorio fue general la petición de repetir el rally el próximo año, incluso que se tome como referente para que teatristas de otras localidades puedan realizarlo.

Captura de pantalla de Comecarne

Comecarne

Dramaturgia: Grecia Márquez

Dirección: Paola S. Cruz

Actuaciones: Ivonne Chávez, Laura Galindo, David Vázquez y Alex Iván

La penúltima función del rally sorprendió por su atinada dirección ya que presentó una obra bien diseñada para el formato virtual, utilizando los recursos cinematográficos y televisivos para mostrarnos un programa de cocina. Comecarne comienza con una introducción (antes de la tercera llamada) que muestra, bajo una luz roja, dos bocas relamiéndose seductoramente mientras observan trozos de carne. Desde esta premisa, el espectador es guiado por una serie de textos que aparecen ante la pantalla, dando la bienvenida a todo aquel que desee adentrarse en aquel paraíso terrenal “donde todo es posible y ningún recurso se agota” siempre y cuando se tenga el dinero para pagarlo. De esta forma, el asesinato de La Vaca es presentado por El Conejo, interpretado espléndidamente por David Vázquez. El roedor siempre intentará agradar a los personajes femeninos quienes, bajo un vestuario de chefs, presentan ingredientes para preparar al bóvido que se encuentra amarrado, de fondo, sorprendido de su suerte: “No tuve elección en mi destino”.

Con un gran uso de la iluminación, decoración, vestuario y maquillaje la obra del equipo 5 se luce como una de las que mayor impacto visual ha suscitado. Sin embargo, también fue víctima de las fallas del audio, las cuales afectaron, por un momento, la comprensión del espectáculo. Comecarne cuestiona el consumo desaforado de aquellos que también respiran, más por poder que por necesidad, así como la soberanía de aquellos que se asumen como fuertes frente a los sin voz, ya sean animales o personas.

Captura de pantalla de Comecarne

La ciudad donde más gente mira al cielo

Dramaturgia: Marco Antonio López Romero

Dirección: Angélica Pérez

Actuaciones: Estefanía Estrada, Osvaldo Esparza y Alan Escobedo

En el 2011, Ciudad Juárez rompió el record Guinness del mayor número de telescopios apuntando hacia el cielo. López Romero toma este dato y lo opone a las cifras de desapariciones forzadas en nuestra ciudad, donde quienes buscan a sus familiares miran el suelo, en vez del cielo, buscando rastros. La acertada dirección de Angélica Pérez presenta, como primera escena, los pies de una familia llegando a las dunas de Samalayuca, lugar turístico cercano a la frontera. Foro café, espacio utilizado para la función, se llenó de arena y empleó, en la parte superior, una red que sería utilizada para colgar, simbólicamente, los huesos, pertenencias y nombres de las personas desaparecidas.

Captura de pantalla de La ciudad donde más gente mira al cielo

El drama se descompone en varios recuadros que reúnen el dolor y la apatía. Es así como después de la escena familiar se presenta un monólogo interpretado extraordinariamente por Alan Escobedo, donde su personaje cuenta el momento de la desaparición de su hermano y cómo ha sido el pasar de los años sin ninguna respuesta o avance de parte de las autoridades. Otro de los recuadros reúne a un grupo de buscadores de rastros humanos. La tensión permanece y exhibe la agonía de no encontrar nada o de solo recibir un hueso: “Como a mí que me dieron un huesito del pie de mi niña, así es, un huesito chiquito, así nada más para dar carpetazo y ya”. El grupo, finalmente, realiza plegarias al cielo, las palabras duelen. La obra culmina con fotos y objetos enterrados en la arena, mientras un buitre se eleva. La ciudad donde más gente mira al cielo destaca por tener un texto conmovedor, una buena dirección e increíbles actuaciones tanto de Osvaldo Esparza como de Alan Escobedo y Estefanía Estrada. La música fue otro de los elementos que más sobresale de esta puesta en escena; al sonar de la guitarra, las emociones se fortalecieron.

Por último, quisiera mencionar que me llama la atención el uso de ciertos nombres e imágenes que, pese a ser víctimas de la violencia que azota a nuestra ciudad, las circunstancias de su feminicidio y búsqueda fueron distintas a las planteadas en la obra, lo que me hace dudar en la pertinencia de su inclusión. Podría leerse como si se hubieran insertado únicamente por significar memorias dolorosas que inevitablemente conmoverían a la audiencia. No dudo de la calidad moral del autor, ni de las buenas intenciones planteadas en el montaje, puesto que estas violencias nos duelen a todas y todos de forma diferente, sin embargo, sigue existiendo una falla tanto en la coherencia como en su estructura. Desafortunadamente, hay muchos otros nombres que vale la pena nombrar.

Captura de pantalla de La ciudad donde más gente mira al cielo

Rally escénico de Grupo Nora: Aquí termina todo y Vida de artista

Grupo Nora celebra su décimo aniversario con un rally escénico en el que talento local del teatro juarense se une a este llamado con el fin de generar una “comunión entre la comunidad teatral”. Según su comunicado de prensa, este proyecto surge como una idea a raíz de la estancia en el Odin Teatrett, en Dinamarca, donde presenciaron una propuesta similar. El propósito, entonces, fue recrearlo en nuestro entorno local: Ciudad Juárez. Una ventaja del rally, como teatrista, es la unión de diferentes metodologías de trabajo, así como la interacción entre distintos hacedores de la frontera que jamás habían participado en conjunto. Por lo que se espera que a raíz de este evento la unión se mantenga e incluso pueda dar iniciativa a nuevos proyectos.

Aquí termina todo

Dramaturgia: María Rascón

Dirección: Jorge González

Actuaciones: Mario Vera, Claudia Rivera y Gisela Moreno

Aquí termina todo aborda el deseo, el amor y la infidelidad de un triángulo amoroso. La experiencia escénica comienza con dos puertas abiertas que nos permiten observar la interacción de una pareja que tiene un encuentro sexual por videocámara, poco a poco la cercanía se materializa y se nos presentan estos personajes juntos, cubiertos por una tela roja que simboliza el deseo (y la muerte) que les une. De pronto, una llamada aclara el estatus de su relación, el miedo de que se les descubra y la cercanía de ambos con Alex, el novio del personaje femenino.

Considero que uno de los logros de la puesta es el manejo de cámara, pues permite modificar el espacio a través del movimiento de la misma, sin necesidad de llevarnos más allá del pasillo donde las escenas convergen. En cuanto a las actuaciones, aunque no son convincentes, la fuerza de Gisela Moreno es determinante para potencializar el cierre de la obra. Por otro lado, me llama la atención justamente el final en el que el feminicidio se hace presente. Me preguntaba si era propio del texto de Rascón pero durante el conversatorio por zoom, Jorge González comentó que fue uno de los ajustes que consideró necesarios para brindarle acciones y un cierre preciso (en el texto el personaje interpretado por Moreno solo sufre el descubrimiento de la infidelidad de su pareja). Sin embargo, esta decisión me genera la sensación de estar presente frente a un espectáculo que pondera la violencia de género y que la justifica como producto de la pasión amorosa. Los modos en que ejecutamos la violencia son concluyentes para la recepción del mensaje que deseamos emitir.

Captura de pantalla de Aquí termina todo

Vida de artista

Dramaturgia: Héctor A. Sánchez

Dirección: Martha Urquidi

Actuaciones: Laura Flores, Aarón Ríos y Sandra Castañeda

Vida de artista nos ofrece un espectáculo cómico que desata la carcajada tras presentar a una pareja teniendo un encuentro sexual dentro de su vehículo en el espacio público, por lo que son inspeccionados por una oficial de policía que no duda en juguetear con ellos, así como cuestionarles su delito. Pronto el espectador descubre que la pareja se dedica a las artes: ella es poeta y él, actor. El texto jugará con lo desafortunado que es dedicarse a la literatura y el teatro en un país donde la estabilidad económica de sus artistas siempre pende de un hilo. Los personajes ni siquiera tienen cómo corromper a la oficial y es su estado de penuria lo que termina orillando al actor a hacer empleo de sus habilidades histriónicas mediante el uso del sonido y las luces, propias de la ficción, por lo que logrará recrear un atentado violento que no nos es ajeno en nuestro contexto social.

Las actuaciones cumplen su cometido: son graciosas, exageradas y atinadas. En cuanto al espacio escénico, se utiliza un móvil que permite ejecutar las acciones propias de la trama, este se encuentra en medio de un escenario solitario que justamente permite remitirnos al lugar predilecto de los amantes desesperados: una calle desierta. Otro elemento que favorece el ambiente es la iluminación, diseñada por Sandra Castañeda.

 Finalmente y, como dijo Grecia Márquez durante la charla después de la función: Vida de artista nos ofreció “una risa necesaria”.

Captura de pantalla de vida de artista

Rally escénico de Grupo Nora: Encerrados y Caseta de seguridad

Grupo Nora celebró su décimo aniversario con un rally en el que más de 25 artistas tuvieron el mínimo de tiempo para crear una obra de teatro. Desde la creación del texto dramático se solicitaron ciertas características: creación de personajes neutros, o sea, que no fuera específico si se trataba de un hombre o una mujer ni que sus acciones fueran determinadas por su género, con el fin de que tras la selección tanto una actriz como un actor pudieran interpretarlo; segundo, que fuera pensado para un espacio escénico limitado (aunque esto se modificó tras los cambios que conllevan a la modalidad virtual); y tercero, que los textos dramáticos tuvieran una extensión específica para cumplir con la obra de corta duración (20 minutos). Así fue como el domingo 19 de julio se sortearon los seis textos, además de las actrices y actores que trabajarían con cada uno de los seis directores. De esta manera, los artistas tuvieron poco menos de una semana para preparar su espectáculo.

Mayor información: https://www.facebook.com/GrupoNoraLab

Encerrados  

Dramaturgia: Karla Diego

Dirección: Marco Martínez

Actuación: Ricardo Aguirre, Nahomi Ochoa y Chris McValenz.

Temo no ser objetiva debido a ser la autora de este texto, sin embargo, desde mi propio conocimiento del escrito original admiro el trabajo de recreación del director para ubicar la obra muchos años después de la pandemia (ocasionada por el COVID 19) que terminaría con unas estrictas medidas de retención ciudadana, donde los personajes, al mejor estilo del cyberpunk, aparecieron desde su propio lugar de encierro. Me encantó cómo la especificación de los movimientos cerrados, propios del enjaulamiento, se presentaron con tomas exageradamente cercanas, de esta forma cada espectador pudo ver el ojo, la cara o la boca del ejecutante. También me llamó la atención cómo cada personaje (A y B) figuraron los “frijoles” que debían contar con otros elementos, como las tuercas utilizadas por A o el calendario utilizado por B. Desafortunadamente las fallas técnicas se hicieron presentes en esta primera función del rally y los errores con el audio, así como la “desaparición” de la carcelera, fueron determinantes para la comprensión de la historia.

Captura de pantalla de Encerrados

Caseta de seguridad

Dramaturgia: José M. Bonilla

Dirección: Abraxas Trías

Actuación: Rebeca Carrasco, Alex Retana y Jesús Piña.

La segunda función de la noche se vio interrumpida de nuevo por problemas técnicos, sin embargo, la obra pudo grabarse y subirse a su respectivo grupo. Así que esta mañana me desperté dispuesta a disfrutar Caseta de seguridad y vaya que valió la pena cada minuto de espera: Dos hombres jóvenes comienzan a recordar una serie de eventos inolvidables (sobre todo para aquellos que fuimos niños y niñas durante esa época), como el asesinato de Paco Stanley, la invención de los tazos o los doritos 3D, así como la caída de las torres gemelas. Los personajes se adentran en sus memorias al mismo tiempo que observan la aparición fantasmagórica de una mujer que ejecuta una danza de delicados movimientos. Es así como los guardias de seguridad se ven envueltos en un ciclo sin fin, cual fantasmas, atrapados en aquel pasado que recuerdan con nostalgia.

Captura de pantalla de Caseta de seguridad

La dirección de Trías es brillante, sabe cómo hacer lucir al espectro y cómo presentarlo al espectador incluso antes del momento de su aparición, juega con las posiciones de los personajes a través de un espacio que al espectador le parece inmenso, justamente como aquel terreno sombrío y extenso que describen. También, hubo un buen manejo de la luz así como del tono fantasmagórico necesario para esta puesta en escena, por otro lado, el manejo de las cámaras fue asombroso pues logró remitirnos a lo cíclico, al ensueño y a la pérdida del Yo (¿y del presente?). Las actuaciones de Alex y Jesús fueron naturales y precisas. Rebeca dio un bello espectáculo dancístico.

Así fue el primer día del rally de Grupo Nora. ¿Qué nos esperará el día de hoy? ¡No te lo pierdas!

Soy el otro

Fotografía de Josué Montes Ortega

Grupo Nora estrenó su más reciente montaje Soy espejo, espectáculo basado en cuatro obras del noruego Henrik Ibsen: El pato salvaje, Espectros, Hedda Gabler y Un enemigo del pueblo. Y muy a su estilo, los espectadores no nos encontramos ante un montaje tradicional sino a uno más de corte experimental. En primer lugar, desde que se entra a Foro café se pudo apreciar una mesa con cuatro elementos utilizados para la elaboración de la publicidad que, evidentemente, retrataban aspectos determinantes de las cuatro obras del dramaturgo: un pato, un microscopio, una fotografía de boda y una pistola, todas en color blanco y con detalles en dorado que ya apuntaban hacia lo trágico (sobre todo por la disposición de la misma pintura), además de las historias que plasmaron los cuatro textos de Ibsen, con su respectivo desenlace y demás; esto permitió comprender la adaptación de las historias y las vidas (más allá de la literatura) que se nos presentaron durante la función. Ya ubicados en el espacio dispuesto para las y los espectadores, se observó cómo la propuesta continuaba en lo blanco y minimalista: una mesa larga (también blanca) de madera y, al fondo, una cortina blanca y un buró donde se encontraba una máscara dorada y unas cajas de papel (que finalmente también funcionarían como máscaras).

Desde el comienzo del espectáculo, se apreció la insistente búsqueda de Villalpando por lo ritual (recordemos lo performático sobre los rituales católicos y el consumismo en Los Sacramentos) ahora personificado en la figura de Alicia (Un pato salvaje) quien describió mediante espasmos la relación con su padre a la par que tomó la figura (mediante la máscara dorada) del Ego de aquellos que se preocupan por el “qué dirán”… o al menos eso entendí, y vaya que me angustió encontrarle significado a este “ente”, sobre todo porque el resto de las figuras personificadas lograron una armonía, pero el interpretado por Karla Giselle no. Sin embargo, no considero que se debiera a su actuación sino a la dirección.

Me parece fascinante cómo surgieron las voces de Eva Guerra, la Sra. Varela (y sus espectros) o del Dr. Saavedra a través de pequeños monólogos que se intercalaron entre sí y que van ambientando el horror y la angustia de cada uno de estos personajes (cabe mencionar que estos vistieron de blanco también). Destaco las actuaciones de Mayra Chávez y Naomi Ochoa como Eva Guerra (Hedda Gabler) quienes lograron una perfecta coordinación de la voz sin dejar la propia personalidad que cada una utilizó para su personaje. Esta coordinación también fue notoria durante la coreografía que ambas bailaron. Subrayo también la participación de Jesús Piña, a quien por primera vez lo vi utilizar una voz distinta y poderosa que funcionó para encarnar al Dr. Saavedra (Un enemigo del pueblo); así como de nuevo a Chávez por su interpretación (a través de una terrorífica máscara) de la Sra. Varela que, a mi parecer, representó el texto más fuerte y doloroso del montaje.

Fotografía de Josué Montes Ortega

Otro aspecto para resaltar fue el uso de las máscaras puesto que estas funcionaron para ocultar y transformar a quien la porta, para fingir o para exaltar cualidades divinas. El hecho de que todos los participantes las utilizaran, en determinado momento, profundizó la tesis que el grupo busca demostrar en Soy espejo:

 “En nuestras reflexiones íntimas, creemos que nuestras situaciones adversas son las peores y, sin embargo, si pudiéramos vivir, por un minuto, la vida de otro, habitar su cuerpo y pensar con su mente, podríamos acceder a una consciencia verdadera de nuestras semejanzas: Espejos los unos de los otros. No obstante, vivimos atrapados en nuestra propia consciencia. Nuestros egos crean demonios interiores que nos atormentan, pensando que nuestra situación es imperdonable, indigna, baja, o un sinfín de adjetivos en tono descalificador, que nos obligan a esconder nuestro yo verdadero ante los demás”.

Finalmente, las actuaciones, el baile, el ambiente musical (creado por Jesús Piña y Fabián Villalpando) así como los cantos, generaron un silencio absoluto durante la hora de escenificación. Y es que más de uno nos quedamos con una sensación para analizar durante toda la noche.

Desorden público (2018-2019), César Cabrera

Reseña publicada originalmente en Norteatro, titulada “Un camión llamado desorden”.

Desde hace ya algunos años, los estudios de la espacialidad han concentrado sus energías en la propuesta del transporte público como símbolo de lo que Marc Augé ha definido con el nombre de “sobremodernidad”. El concepto de Augé me parece preciso porque intuye que la mecánica del tiempo y el espacio han sobrepasado a la condición humana que habita, experimenta y vive la ciudad de nuestra era. Las urbes sobremodernas, entonces, están compuestas por elementos que facilitan el movimiento a grandes velocidades. Sin embargo, dichas facilidades creadas para nuestra comodidad nos han arrastrado a lo que Baudelaire, el primer pintor de la vida en las ciudades, llamó la gran quimera: el hastío. La filosofía y la sociología en los últimos dos siglos han reflexionado que a la par de la idea de la industrialización y el desarrollo el ser humano se encontró con la angustia de dejar de creer en Dios, con la soledad que esto conlleva y con el aburrimiento de seguir existiendo en este mundo aparentemente sin un sentido. Se desarrollaron formas para combatir esta última sensación. Cuando un individuo aborda un medio de transporte busca cualquier cosa para perder la noción del tiempo. Algunos leen, otros escuchan música. Los más románticos se pierden en el paisaje o en la oscuridad de sus pensamientos. Aquí logro entrever el conflicto de Desorden público, escrita por Évelyne de la Cheneliére y la nueva propuesta de César Cabrera.

La sugerencia espacial llama la atención. Una serie de luces construyen de forma simbólica y real la estructura de un camión. Escribo “simbólica” porque el trabajo para completar a este escenario lo debe realizar la imaginación. Las sillas y una puerta ayudan a crear la sensación de contenido: los personajes están dentro de este espacio. Sin embargo, en algunas escenas el camión deja de serlo para transformarse en una cafetería, en la casa de la actriz Adriana Segura o de la familia del niño genio, entre otros lugares. Así pues, si bien el espectador contempla la imagen de un camión, su imaginación construye nuevas posibilidades espaciales que dotan a esta propuesta de dinamicidad. Otro aspecto notable que responde al movimiento es el cuerpo de los actores, que figuran los ademanes bruscos que realiza el transporte en su recorrido por las calles de la ciudad. También la música de Jesús Piña mueve a las escenas y a los personajes (es ella otra protagonista).

Me gustaría destacar la convergencia de todos estos elementos en el clímax de la obra, un histérico descenso hacia la locura colectiva y, por lo tanto, pública del personaje en donde la música ayuda a crear una atmósfera de horror, de pánico. La masa de voces de esos personajes que vimos subir al camión, ahora hablando ya sin un enfoque personal, ya sin un protagonismo emocional sino como un grupo de desconocidos que se coordina para cambiarse de lugar y llegar a sus respectivas salidas mientras Max, el personaje central, habla ya no con su amigo Andrés sino con el público: “Creía ser poderoso, pero no puedo hacer nada, nada más que escucharlos, y de esta superposición de balbuceos milenarios, no me queda más que una nota grave y aguda a la vez, un lamento o un grito de júbilo, cómo saberlo, una deformación auditiva, un rictus sonoro, algo a lo que no le encuentro sentido”.

Pocas veces he asistido a una puesta en escena habiendo leído el texto. La obra de Chenelière es un texto interesante, pero con problemas narrativos serios que la puesta en escena no logra enmendar. Una opinión general sería afirmar que su trama fantástica no explora todas las posibilidades dispuestas. Desordenada a propósito, juguetona con la espacialidad y la temporalidad, sus mayores virtudes literarias, Desorden público termina por crear personajes y situaciones curiosas, entrañables e hilarantes que el conflicto personal de Max, así como algunas escenas que terminan por simular una caricatura de este mundo globalizado (por ejemplo, el encuentro con su madre que en realidad pasa sin pena ni gloria o la vecina que sueña con ser Adriana Segura, situación que se “resuelve” de forma más bien abrupta) no son lo suficientemente fascinantes como sus contrapartes del transporte público y terminan por volver tediosa una obra que precisamente busca criticar al tedio. Aun así, estos problemas nacen desde la lectura de la obra y pienso que la propuesta escénica y espacial, las actuaciones y la música logran dar brillo e incluso genialidad a escenas que en el texto no son tan destacables.

Nenitas (2019), Josafat Aguilar Rodríguez

Fotografía sacada de la página de Facebook de la Subsecretaría de Cultura Zona Norte

Antes había fotos, pero las visitas o yo las tirábamos a cada rato y eso me parecía poco solemne porque en este sencillo altar están mis muertos. Cuatro de esas flores provienen del funeral de Abuelo y la quinta, una rosa blanca que colgué bocabajo para que no perdiera sus pétalos, llegó directamente el día exacto en que cremaron a L, mi padre. En adelante lo llamaría Padre, pero no hay adelante.

Alejandra Eme Vázquez, Su cuerpo dejarán.

Nunca he llorado en el teatro. Me considero una persona sensible. He llorado oyendo música, leyendo Boquitas pintadas, de Manuel Puig. El final de Cinema Paradiso me ha hecho llorar las siete veces que lo he visto. Pero en el teatro, nunca. Tampoco lloré cuando mi padre le confesó a mi roomie que estaba apenado por haber sido violento conmigo durante mi adolescencia. No me hizo llorar su llanto, verlo ahí vulnerable al lado de una desconocida. Por dentro, me encontraba feliz de ver a mi padre realmente arrepentido. Ese día lo perdoné. No perdonaba a mi padre porque me aferraba a cierto rencor pasivo que las experiencias traumáticas nos crean. Nuestro conflicto con el padre es casi tan mexicano como el amor romántico tan dañino que celebramos en las canciones que interpretaba José José o nuestra obsesión con acompañar nuestros alimentos con tortilla. Por algo, la gran novela mexicana moderna versa sobre la búsqueda del padre ausente: “El olvido en que nos tuvo, mijo, cóbraselo caro”. El día de ayer, recordé eso en la presentación de Nenitas, dirigida por Josafat Aguilar Rodríguez e inspirada textualmente por un libro de cuentos de Sylvia Aguilar Zéleny, una narradora que ha crecido artísticamente con cada publicación, encontrando feliz culminación en su novela Basura (2018).

No lloré, pero casi. Nenitas se compone de cuatro monólogos que tratan sobre la figura paterna, ya sea silenciada o violenta, la pasión por la fotografía y el reconocimiento de otros cuerpos posibles, así como otras familias. Ante todo, las dos primeras historias (inspiradas en “Total” y “El día que murió papá”) vislumbran la destrucción de la idea de la familia, que está cobijada por las apariencias para ocultarse del “qué dirán” y asentada asimismo en una figura patriarcal al que se le permite ciertas transgresiones (la infidelidad y la violencia verbal). Me quiero enfocar en ellas en esta reseña, no sin antes reconocer el valor de las últimas dos que también merecen un análisis atento.

¿Qué destruye a la familia? Las conductas de violencia interiorizada que se repiten como una plaga dentro del tronco de las familias heteronormativas y “tradicionales”. Repetimos, insisto, patrones de violencia que aprendemos en la familia. A fin de cuentas, esa es nuestra primera observación mimética con la que nos relacionamos en el mundo de la infancia. Esta toxicidad de nuestros familiares se presenta, por ejemplo, cuando minimizan los logros íntimos, todo aquello que no aporte al capital genealógico o sea útil desde una perspectiva económica: “Uy, estudiaste humanidades, ¿a qué te vas a dedicar? Te vas a morir de hambre. Estoy decepcionado de ti porque no estudiaste una ingeniería”. Tal será el caso de “El día que murió papá”: “Tampoco mi hermano o mi hermana harían algo similar ya que ellos creen que la literatura, y cito: ‘es una pérdida de tiempo y dinero y mejor búscate un trabajo decente ya’”. Estas violencias del lenguaje que no aceptan la identidad: “¿Eres artista, te dedicas al teatro? Ya no eres mi hija, vete de mi casa, me das asco”. Tales lenguajes violentos no pueden traducirse en algo más sano: “Te quiero, te respeto, cumple tus sueños, estoy orgulloso de ti”. El padre de la protagonista jamás se permitiría mostrarse sensible, incluso durante la agonía de una enfermedad terminal. Le llama “grillito” no como un apodo cariñoso sino como un recordatorio de que para el padre ella no vale más que un insecto. Asimismo, en la historia se insiste sutilmente en el rencor y el olvido, simbolizado en ese abandono de los demás hermanos de la protagonista, que pretextan su trabajo y labores domésticos para no cuidar del padre enfermo. La hija menor, la actriz que tiene una posición menos importante (y por lo tanto más sensible), debe visitar al enfermo. El desenlace es genial, pues condensa toda esa violencia lingüística que ejerce el hombre en estado terminal. Ante los intentos de la protagonista por humanizarlo en su monólogo (que en el cuento se observa en el segundo discurso, expuesto desde otra tipografía), el padre responde de esta manera a su “Todo va a estar bien”: ‘“Tú que sabes, imbécil’, y exhaló”.

Algo similar ocurre con “Total”, la primera historia de Nenitas en la que una mujer recuerda su entorno familiar cuando tenía ocho años. Desde la mirada infantil, se elabora un retrato de apariencias y violencia pasivo-agresiva que se observa en el abuso del alcohol por parte de ambos, hasta que culmina en la extracción de la vesícula de la madre, quien ante todo niega su problema y miente al médico, mentira aprobada por los hijos. El padre puede permitirse los excesos y en la atmósfera cotidiana prevalece la falta de comunicación: “Somos familia de monosílabos”. Asimismo, se trata de un matrimonio poco horizontal: “Él pide. Ella hace”. Dicha violencia misógina culminará con la infidelidad del padre: “Mamá nunca le volverá a hablar ni con monosílabos”. Pero la fiesta continúa y los anfitriones sonríen y hay aplausos, muchos aplausos. El recuerdo de esta mujer expone cómo desde la familia tradicional se opta por mantener una relación no asentada en el amor sino en un odio profundo y agresivo donde no se permite la comunicación ni la transgresión de dichas apariencias. Se prefiere mantener la idea del matrimonio perfecto que aceptar la violencia ejercida, ante todo desde la figura paternal que en cierta forma literal ha desgarrado el organismo de la madre y finalmente culmina en un silencio abrumado por el rencor, mas no en una separación. Y esto lo observa una niña de ocho años, que asimismo es agredida físicamente por los amigos pedófilos del padre.

Nenitas versa sobre nuestra incapacidad de perdonar la violencia que ejercen las personas que amamos, pues el miedo nos retrae, pero asimismo subraya la posibilidad de una liberación del duelo o los traumas (aunque sea desde una muerte catártica, como sucede con Mini en “El mundo después del agua”). Aunque aprecio que se haya respetado al texto original, sí extrañé una propuesta más desafiante, pues considero que gran parte de las virtudes de esta puesta en escena se debe a la potencia de los relatos y no a virtudes teatrales. Considero que las intervenciones durante el intermedio y la conclusión son innecesarias y fueron mal ejecutadas. Durante el cierre casi me quedo ciego con la luz, aunque la imagen creada me pareció bella (lo que pude ver) y esa improvisación en el baile sentaba mejor que en el intermedio, donde destacaba la poca coordinación de todas las actrices. Tampoco puedo ponerme exigente con estas particularidades, aunque sí quisiera señalar que había momentos inaudibles, que exigían un silencio solemne y una atención enorme. Sin embargo, al final, observé a una chica llorando con pasión durante el monólogo de Mini. Algo en esa historia le había conmovido y yo la envidié profundamente porque sigo sin poder llorar en el teatro.

Choose Life (2019), Alba Moreno

Fotografía sacada de la página de Facebook de Páramo 9

Picture us better
We finally found a winter for your sweater.
Weyes Blood, “Picture Me Better”.

En abril de 2019, se publica Titanic Rising, el más reciente álbum de Weyes Blood. No he dejado de escucharlo desde que salió. Al principio, me atraían las emociones que fluían por las canciones: una profunda tristeza que me recordaba a The Carpenters. Después presté atención a las letras: “Let me change my words: show me where it hurts” (“A Lot’s Gonna Change”); “Don’t cry / It’s a wild time to be alive” (“Wild Time”). Es ya de conocimiento público que la canción que se lee en el epígrafe trata sobre un suicidio, un amigo de la infancia de la cantante Natalie Mering. Sin embargo, me sorprendía la canción: había una gran melancolía, una profunda tristeza y, sin embargo, había también momentos de esperanza y luz; es como una canción de cuna, un homenaje en murmullos, un “vas a estar bien, pero ante todo yo voy a estar bien”. Luego de la crisis emocional, el daño pareciera superarse, cristalizar en una catarsis: la canción. Titanic Rising crea su propio lenguaje, muy íntimo y desde la música, para hablar de traumas y describir conflictos emocionales sin llegar al mensaje de auto-ayuda o al falso optimismo. Creo que por eso me atrae tanto y lo recomiendo todo el tiempo, pues su manera de abordar el tema de la depresión es entrañable e inteligente.

Ahora bien, Choose Life, la última propuesta de Páramo 9 dirigida por Alba Moreno y basada en un texto de Raúl Bustos también plantea un acercamiento a la depresión. Emma (Rebeca Carrasco) nos cuenta cómo su mejor amigo de la infancia, Daniel, era golpeado por un padre alcohólico. Dichos abusos terminan en la muerte de la madre y en el consecuente suicidio de Daniel. Después, la protagonista nos narra la historia de su vecina, Lola, quien decide quitarse la vida luego de un rompimiento amoroso. Me parece interesante que la depresión y el suicidio se explore desde el punto de vista de la afectada por el daño colateral y no desde la perspectiva del suicida, aunque eso finalmente desemboque en algunos problemas de discurso que abordaré al final. Observamos la reacción de Emma, quien lucha por mantenerse emocionalmente estable, pese a que ella misma se culpe de no haber sido buena amiga. Ahí se introduce la trama “fantástica” de Choose Life: Emma decide convertirse en una superheroína. Su archi-enemigo es nada más y nada menos que Depresión (Ricardo Rodríguez). Su presentación como un monstruo enorme de tres cabezas, rodeado de niebla y oscuridad, fue, en mi opinión, lo mejor de la obra y me demostró el potencial visual que tienen las propuestas de Páramo 9 (ya lo habían hecho en Geografía de una desgracia). La depresión puede personificarse de varias formas: una bestia terrible, un alcohólico abstraído o un simpático y cínico gracioso. Estas múltiples representaciones también me parecen destacables. El último tramo de la obra, que muestra la lucha de Emma contra Señor Depresión, no me convence puesto que no ofrece del todo una conclusión, resultando en un final apresurado, repentino.

El mensaje de Choose Life resulta evidente. Precisamente ahí encuentro mi principal conflicto con esta representación: no tolero el texto. Si bien aplaudo que en Juárez se aborde este tema desde el teatro, existen formas más inteligentes, artísticas, desafiantes y críticas que tratan el tema de la depresión y el suicidio que no llegan a la moraleja de la superación personal. El texto es flojo en su propuesta literaria y pienso que la depresión no se debe tratar desde privilegios capacitistas, como el optimismo, el “¡elige vivir!” o el bien-estar emocional, sino desde la misma salud pública y mental. Citando a Alberto Hernández,

Sí, se pueden prevenir [los suicidios]. Esto supone deshacer uno de tantos mitos que hay en relación al suicidio: que son imprevisibles, cuando en muchas ocasiones sí se pueden prevenir. Para hacerlo, debemos tener en cuenta que hay una serie de factores de riesgo: la soledad, la incomunicación, acontecimientos vitales estresantes, crisis de proyectos vitales.

El principal problema, como se observa, es la comunicación. En efecto, la depresión es una enfermedad del lenguaje, pues el deprimido tiene dificultades para desarrollar con palabras sus emociones y recuerdos traumáticos. Por ello, en la terapia se escribe, se dibuja y se habla. Curiosamente, esto de la comunicación o la terapia (una de las grandes herramientas para combatir la depresión) jamás se tomará en cuenta en la obra. Ya es demasiado tarde para hablar con Daniel o Lola. La comunicación como una oportunidad perdida para siempre es uno de esos lugares comunes de la depresión retomada por la literatura de superación personal. En la literatura y el teatro, el reto es complicado, pero ejemplificaría con Filos (texto de Pilo Galindo y dirigida por Abraxas Trías) donde se decide explorar la relación de amistad de los protagonistas, en lugar de vulnerar al personaje que tiene dificultades motrices y de lenguaje.

En Choose Life, la moraleja se “come” a la obra. Fue más importante explicar el mensaje “hay que prevenir los suicidios a toda costa” que desarrollar ese potencial visual y literario de la propuesta, como lo hicieron al presentar al monstruo de la depresión. No era necesario mencionar quién era esa cosa. El espectador podía intuir que aquella bestia de tres cabezas era una metáfora del daño causado por la violencia que sufrieron Daniel y Lola. De esta manera, el discurso light y poco imaginativo del género de la auto-ayuda se transforma en algo más eficaz e ingenioso. Extrañé más momentos así.

Concluyo: el guion de Choose Life comete el error de sobre-explicarse porque lo más importante para el autor del texto es transmitir el mensaje preventivo y publicitar el programa que titula la obra; mensaje asimismo plagado de lugares comunes y observaciones fáciles y privilegiadas. No obstante, Choose life me hizo pensar que aún hay cierta complejidad lingüística para hablar de temas sensibles como la depresión y el suicidio, pero permite reflexionar que hay que buscar lenguajes desafiantes para abordar esos temas, como dejaba entrever la propuesta en sus mejores escenas, donde, básicamente, predominaban el silencio y la imagen.

La conocen los presos: la libertad

Fotografía de la pagina de facebook del Centro Cultural Clavijero

Cuando se busca una revolución, independencia o un cambio, la libertad está implícita, esa “Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”, según anota la RAE. Es precisamente en un escenario falto de ella, en la Argentina de 1981 durante la dictadura militar, en donde se representa la obra El acompañamiento del dramaturgo Carlos Gorostiza, dentro de un movimiento llamado “Teatro abierto”, en el que a través de obras se buscaba concientizar sobre la libertad de expresión. 

El pasado 22 de agosto fui parte del público en la representación de esta obra en la ciudad de Morelia. Alan Delgado, quien tiene más de treinta años dedicándose al teatro, fue el encargado de la adaptación y dirección. En una pequeña sala, al fondo de la Biblioteca Bosch-Vargaslugo, dentro del espléndido e imponente Centro Cultural Clavijero, la obra tenía su escenario. Una mesa, un cuchillo sobre ella, dos sillas, un par de tazas con un termo, un smoking colgado al fondo, una mampara que hacía de puerta y un tocadiscos. Todo se utilizaría en algún punto de la obra. 

Las luces se apagan y se escucha música clásica. Cuando el escenario se ilumina, Tuco, interpretado por Delgado, está parado en una silla fingiendo cantar; la cantera rosa detrás de él queda ad hoc al lugar en el que está encerrado. Las barbas largas y el lápiz negro en la cara y en el pecho acentúan el carácter grave del personaje, vestido con pantalón café y saco a cuadros. Suena la puerta, Tuco pregunta quién es, “Sebastián”, le responden, duda, pero abre. Ricardo Pérez Campos interpreta a Sebastián, el mejor amigo de Tuco: lleva un chaleco, gorra y lentes. La fisonomía de ambos es contrastante, Alan Delgado es alto y un poco robusto, mientras que su compañero es bajo y flaco, esto añade un toque caricaturesco a los personajes, ya que bien los podríamos imaginar como Don Quijote y Sancho o Pedro y Pablo de Los Picapiedra.

La trama gira en torno a la decisión de Tuco de dejar su trabajo en la fábrica para dedicarse a cantar. Sebastián trata de convencerlo de que es una idea disparatada. Sin embargo, Tuco sigue esperando “el acompañamiento” que Mingo quedó de mandarle, es decir, una orquesta, o por lo menos “unas guitarritas”. Es claro que a Tuco le están tomando el pelo, y es ahí donde radica la desesperación de Sebastián: no quiere herir los sentimientos de su viejo amigo, pero tampoco quiere que se burlen de él porque no sabe cantar. Durante este diálogo, los personajes recuerdan vivencias de antaño: noches de parranda y largas pláticas sobre los sueños y metas de cada uno. Tuco admira a Sebastián porque por fin tiene su tienda y desea consumar su propio sueño cantando; no obstante, los años en la fábrica lo han consumido y tiene a su familia preocupada porque dejó su empleo a poco tiempo de jubilarse. Aun con su tienda, Sebastián no se encuentra del todo satisfecho, y titubea cuando su amigo le dice que él sí tiene libertad.

Tanto Delgado como Pérez Campos se apropian del personaje. Cuando Tuco se acerca al cuchillo pone nervioso no solo a Sebastián, sino también al público. Además, también es hábil al momento de sacar risas al espectador cuando remeda a sus familiares, que quieren hacerlo salir del encierro. Por su parte, Sebastián nos sabe comunicar la impotencia de querer convencer a un amigo que se obstina en una idea. Ambos hacen pleno uso del limitado espacio escénico.

Fotografía de la pagina de facebook del Centro Cultural Clavijero

Del texto de Gorostiza al montaje de Alan Delgado, hay pocos cambios: el director remplaza el tango de Gardel que canta Tuco por música de ópera, de manera acertada porque la canción del tanguero contiene muchos regionalismos. La localización de la habitación de Tuco en la obra no es precisa, pero en el montaje se hace creer que es una planta baja o un sótano. Con esto se consigue que Tuco pueda señalar hacia arriba cuando se refiere a “los locos”, es decir, su familia. Algunas veces los vocablos fueron tropicalizados por lo que se logra claridad y fluidez en los diálogos; los “pendejos”, el “chingar”, y los “hijo de puta”, fueron bien recibidos por el público. Se agradece también, que no se haya contextualizado explícitamente en ningún lugar de México u otro país, ya que es el espectador quien se encarga de interpretar los símbolos y los ecos que nos ofrece la obra, como la ya tan mencionada “libertad”.

Yo, por ejemplo, asocio la palabra “libertad” a una calle de Ciudad Juárez localizada en la colonia Chaveña. ¿Por qué? Porque me parece contradictorio que “calle” y “libertad” estén unidas de esa forma: desde hace algunos años, pocas personas nos sentimos seguros al caminar por nuestras calles debido al contexto de violencia estacionado en la ciudad. Me parece que la mejor definición de la palabra la da Calamaro en la canción con el mismo nombre, de donde tomé un verso para el título de este texto, y a propósito del epígrafe de la entrada anterior (https://comediasintitulo.home.blog/2019/08/31/nada-sobre-la-nada-2019-creacion-colectiva-dirigida-por-mario-vera/). ¿Qué decir de la empatía que sentí por Tuco al saber que había abandonado su trabajo en la fábrica para seguir su sueño? yo, que estuve cuatro años en una y a temporadas vuelvo. Esta obra me hizo sentir muchas cosas relacionadas a acontecimientos propios o ajenos. Además de esta añorada y merecida libertad, la obra nos cuenta una historia sobre la amistad, los sueños, y el desengaño. El acompañamiento viene cargado de muchos significados, algunos de ellos calarán más a unos que a otros…

Nada sobre la nada (2019), creación colectiva dirigida por Mario Vera

Fotografía de la página de Facebook de Telón de Arena

«Entre recordar y entre olvidar
me quedo con las dos cosas»
Andrés Calamaro

Recordemos: en Pedro Páramo hay una escena que me conmueve. Se trata de un recuerdo: “Pensaba en ti, Susana”. Como todas las oraciones de la novela, esta frase se introduce como un murmullo: Pedro Páramo es la novela de los murmullos. Así rezaba su antiguo título, de hecho. La escena recreada es idílica: los suspiros se transforman en un viento que recorre las hojas de los árboles, las lomas verdes; un viento que permite el vuelo de los papalotes. Es la época del aire, un aire que hacía reír y que juntaba las miradas de los niños: Susana y Pedro se miran mientras el hilo del papalote se rompe y el pájaro de papel emprende su descenso, “perdiéndose en el verdor de la tierra”. Esta escena me parece de una belleza increíble, pues nos permite adentrarnos en la infancia y los primeros recuerdos de Pedro Páramo. ¿De qué están hechos esos recuerdos? De palabras, podría afirmar. Por ello, cuando observé en Nada sobre la nada la importancia del papalote, que sustituye al “árbol familiar”, no pude evitar esta evocación literaria: los nombres que se unen, el espejo que cuelga y algunos símbolos que denotan cierta intimidad, cierto toque de identidad que distingue cada uno de estos “papalotes familiares”, mientras los personajes nos contaban algún recuerdo. ¿De qué estaban hechos esos recuerdos?

Nada sobre la nada es lo suficiente evocativa para transmitir su propósito. No solamente exploramos los personajes de César, Claudia, Saura, Guadalupe y Guadalupe de la Mora, sino también nuestras propias evocaciones. Había varios elementos simbólicos que tenían diversos significados y que probablemente para mí descubrían una cosa diferente. En un momento “previo” a la obra (la cuento como una experiencia narrativa), en el camerino hablamos de la importancia de los objetos y de cómo algunas personas recordaban algo por medio de ellos. Recuerditos, les decimos. Guadalupe Balderrama nos hablaba de una aguja con la que tejió una prenda para su abuela, después de ofrecernos sandía. Al preguntarnos algunas cosas, confesé que mi abuela olía a Biblia y libro viejo. Pienso que esta obra buscaba esa atmósfera de intimidad: un recinto confesional donde se compartiera la memoria. Porque la memoria, nos lo dice el arte, tiende también a ser colectiva. A fin de cuentas, los nombres en el papalote familiar se juntan. En la obra, ese elemento de las sandías será importante en las historias que narra el personaje de Guadalupe. Este detalle lo aprecié, pues te dice cómo la obra es consciente de su propia referencialidad y de cómo se puede recordar no solo utilizando palabras sino a través de la escritura, el espacio y el cuerpo. Quiero profundizar en esto.

Esa referencialidad inicia al entrar al café donde la obra sucede. Las paredes están tapizadas de cartas, anécdotas y otras misceláneas narrativas. El espacio está decorado de infinidad de historias. Entonces, la memoria misma se espacializa. Incluso algunos de estos textos no parecen tener inicio o final, sino que se juntan entre sí, como recuerdos atropellados. Que el espectador curioso pueda consultar esto antes de que comience el evento performativo me parece destacable. Y, en efecto, al entrar en los diferentes escenarios, el espacio transmite recuerdos, en este caso referentes al personaje en el recinto. Me gusta que durante cada “confesión” no se diga nada: a fin de cuentas, hay mucho silencio en los recuerdos, como en las películas mudas; todo sucede como entre murmullos.

Es ahí donde se introduce lo corporal de la obra. Creo que ello ejemplifica la complejidad de los recuerdos, que ya se había intuido con esa serie de preguntas retóricas con las que abre la obra: ¿Quién eres? ¿De qué están hechos tus recuerdos? ¿Qué somos sin los recuerdos? A fin de cuentas, la memoria engaña por medio de las palabras. No podemos contar ese recuerdo dos veces: las palabras fueron diferentes la segunda vez. La respuesta a estas preguntas me parece que solo puede darse por medio del silencio y los lenguajes del cuerpo. Por ello, cada personaje se confiesa desde su corporalidad: sus movimientos, así como su inmovilidad, buscan expresar también memoria. Me encanta que dicha confesión no sea directa, sino que el espectador deba descifrarla, deba prestar atención a los detalles, a la canción que suena, a los objetos que están ahí… En fin, deba recordar.

Nada sobre la nada es ante todo una experiencia con varias manifestaciones de la memoria. Sus virtudes no son narrativas, sino corporales y visuales. Este collage de historias-recuerdos sobre la familia, la infancia y la identidad, son curiosas, pero no parecen relevantes. Esto, contrario a lo que se piense, resulta muy valioso. No se cuenta la gran historia, no se busca lo impresionante. En Nada sobre la nada se pretende, en cambio, indagar en la problemática de quiénes somos y descubrir que estamos hecho de eventos insignificantes e intrascendentes: el olor de la sandía, las canicas que ruedan por el suelo, los libros que nos regalan y ese papalote de pájaro que se desploma en el verdor de la tierra.