Ajetreo en La lista

La puesta en escena de La lista, dirigida por César Cabrera, presenta a una mujer agobiada por los quehaceres y el aislamiento de vivir en una población pequeña; su día a día se va en listas estresantes de tareas y en la atención puesta hacia sus hijos. El texto dramático se escribió originalmente en el año 2008 por la canadiense Jennifer Tremblay. La protagonista cuenta todo desde su perspectiva, incluyendo lo que piensa y siente, permitiendo un mayor contacto con el espectador desde que comienza la historia. Aunque recién ha llegado a vivir al campo, alejada del ajetreo de la ciudad, su vida continua en constante movimiento. Se percibe un sentimiento de tristeza… un cierto hartazgo o cansancio; vemos que todo su tiempo lo pasa en el hogar y si llega a salir no lo disfruta del todo.

Fotografía tomada por Karla Gabriela Prado Ponce

Lo más interesante de esto consiste en que la trama se expresa dramáticamente mediante el monólogo; Guadalupe de la Mora encarna a la protagonista logrando manifestar todo su entorno y a quienes le rodean de forma clara, incluso los personajes infantiles. Por tanto, ella misma asume y transmite las respuestas o reacciones de sus interlocutores. Su actuación ejemplifica de manera óptima el papel y los desdoblamientos que desempeña; en ocasiones, su voz se torna apacible, mientras que en otras adquiere mucha fuerza, expresando de forma convincente cada una de las situaciones que vive y medita.

La obra se desarrolla en un escenario tipo pasarela, que recrea una casa toda en blanco, con su propio piso y techo; además, cuenta con instrumentos de cocina y ropa en ganchos sobre un estante. A pesar de que solo vemos a una actriz en escena, siempre hay acción; la protagonista va de aquí para allá recorriendo el prisma rectangular al que llama hogar. Mueve sillas, descuelga prendas, prepara alimentos y desdobla una interminable lista, agregando más tareas. Esta actividad permite sentir el ajetreo del que ella habla, el ir y venir que la agobia. Su vida cotidiana cambia cuando conoce a su vecina Caro, con quien entabla una fuerte amistad; sin embargo, un trágico suceso, anunciado desde el inicio, la llena de culpa y exige la atención necesaria para averiguar sus pormenores: dónde y de qué forma.

Fotografía tomada por Karla Gabriela Prado Ponce

Sin duda alguna, uno de los elementos que destacan durante la función se expresa por medio de los olores: el pan tostado, la manzana y la canela inundan el ambiente, permitiendo a la audiencia sentirse como si se encontrara en la cocina de una amiga o vecina. Otro elemento por subrayar es la música que logra integrarse, a manera de contrapunto, al diálogo de la protagonista. El teclado crea un entorno de tranquilidad y unión con las emociones generadas desde el interior de la casa. Sorprende gratamente descubrir que Jesús Piña toca en vivo la música original. Por su parte, la iluminación juega un rol central en la puesta en escena, ya que el blanco de las mantas con el que se construyen las dimensiones del hogar y el de la ropa de la misma actriz (del mismo color) permiten que las luces añadan color según la emoción que se vive en el escenario: rojo en algunos momentos, azul en otros, incluso naranja, verde o amarillo; por tanto, a pesar de una aparente monocromía, el blanco –como el de una hoja de papel– se llena de tonos y texturas.

El espectador encuentra fácilmente elementos con los que puede identificarse. Uno de los rasgos dominantes en la puesta consiste en el sentimiento de culpa; la protagonista se muestra aquejada por dicho sentimiento que cada vez se hace más fuerte, hasta llegar al desenlace. Todos alguna vez hemos experimentado una sensación así, por mínima que sea, y creo que en ese aspecto recae la finalidad principal de La lista. El acercamiento a la historia se logra mediante ese sentir, incluso, llegando a la empatía por la protagonista. Si bien su vivencia no es próxima y está fuera de lo cotidiano, sus emociones son compartidas por muchos.

Fotografía tomada por Karla Gabriela Prado Ponce

Por tanto, se recomienda ampliamente la puesta en escena; la historia, como ya se mencionó, presenta varios aspectos destacables que permiten un acercamiento con el público; la actriz desempeña su papel de tal manera que logra transmitir las emociones deseadas; la elaborada escenografía, también a cargo de César Cabrera, merecedora de una mención honorífica por parte del jurado de la MET, expone con eficacia el entorno de la protagonista. En combinación, todos los aspectos del montaje de Telón de Arena brindan al auditorio un momento de entretenimiento agradable y entrañable que, sin duda alguna, siembra una lista de reflexiones.

Karla Gabriela Prado Ponce


Esta puesta en escena formó parte de la Muestra Estatal de Teatro 2022 del estado de Chihuahua. A cargo de la compañía Telón de Arena (Ciudad Juárez) y bajo la dirección de César Cabrera, en el Foro Octavio Trías el pasado 29 de septiembre.

Desorden público (2018-2019), César Cabrera

Reseña publicada originalmente en Norteatro, titulada “Un camión llamado desorden”.

Desde hace ya algunos años, los estudios de la espacialidad han concentrado sus energías en la propuesta del transporte público como símbolo de lo que Marc Augé ha definido con el nombre de “sobremodernidad”. El concepto de Augé me parece preciso porque intuye que la mecánica del tiempo y el espacio han sobrepasado a la condición humana que habita, experimenta y vive la ciudad de nuestra era. Las urbes sobremodernas, entonces, están compuestas por elementos que facilitan el movimiento a grandes velocidades. Sin embargo, dichas facilidades creadas para nuestra comodidad nos han arrastrado a lo que Baudelaire, el primer pintor de la vida en las ciudades, llamó la gran quimera: el hastío. La filosofía y la sociología en los últimos dos siglos han reflexionado que a la par de la idea de la industrialización y el desarrollo el ser humano se encontró con la angustia de dejar de creer en Dios, con la soledad que esto conlleva y con el aburrimiento de seguir existiendo en este mundo aparentemente sin un sentido. Se desarrollaron formas para combatir esta última sensación. Cuando un individuo aborda un medio de transporte busca cualquier cosa para perder la noción del tiempo. Algunos leen, otros escuchan música. Los más románticos se pierden en el paisaje o en la oscuridad de sus pensamientos. Aquí logro entrever el conflicto de Desorden público, escrita por Évelyne de la Cheneliére y la nueva propuesta de César Cabrera.

La sugerencia espacial llama la atención. Una serie de luces construyen de forma simbólica y real la estructura de un camión. Escribo “simbólica” porque el trabajo para completar a este escenario lo debe realizar la imaginación. Las sillas y una puerta ayudan a crear la sensación de contenido: los personajes están dentro de este espacio. Sin embargo, en algunas escenas el camión deja de serlo para transformarse en una cafetería, en la casa de la actriz Adriana Segura o de la familia del niño genio, entre otros lugares. Así pues, si bien el espectador contempla la imagen de un camión, su imaginación construye nuevas posibilidades espaciales que dotan a esta propuesta de dinamicidad. Otro aspecto notable que responde al movimiento es el cuerpo de los actores, que figuran los ademanes bruscos que realiza el transporte en su recorrido por las calles de la ciudad. También la música de Jesús Piña mueve a las escenas y a los personajes (es ella otra protagonista).

Me gustaría destacar la convergencia de todos estos elementos en el clímax de la obra, un histérico descenso hacia la locura colectiva y, por lo tanto, pública del personaje en donde la música ayuda a crear una atmósfera de horror, de pánico. La masa de voces de esos personajes que vimos subir al camión, ahora hablando ya sin un enfoque personal, ya sin un protagonismo emocional sino como un grupo de desconocidos que se coordina para cambiarse de lugar y llegar a sus respectivas salidas mientras Max, el personaje central, habla ya no con su amigo Andrés sino con el público: “Creía ser poderoso, pero no puedo hacer nada, nada más que escucharlos, y de esta superposición de balbuceos milenarios, no me queda más que una nota grave y aguda a la vez, un lamento o un grito de júbilo, cómo saberlo, una deformación auditiva, un rictus sonoro, algo a lo que no le encuentro sentido”.

Pocas veces he asistido a una puesta en escena habiendo leído el texto. La obra de Chenelière es un texto interesante, pero con problemas narrativos serios que la puesta en escena no logra enmendar. Una opinión general sería afirmar que su trama fantástica no explora todas las posibilidades dispuestas. Desordenada a propósito, juguetona con la espacialidad y la temporalidad, sus mayores virtudes literarias, Desorden público termina por crear personajes y situaciones curiosas, entrañables e hilarantes que el conflicto personal de Max, así como algunas escenas que terminan por simular una caricatura de este mundo globalizado (por ejemplo, el encuentro con su madre que en realidad pasa sin pena ni gloria o la vecina que sueña con ser Adriana Segura, situación que se “resuelve” de forma más bien abrupta) no son lo suficientemente fascinantes como sus contrapartes del transporte público y terminan por volver tediosa una obra que precisamente busca criticar al tedio. Aun así, estos problemas nacen desde la lectura de la obra y pienso que la propuesta escénica y espacial, las actuaciones y la música logran dar brillo e incluso genialidad a escenas que en el texto no son tan destacables.

Errónea selección

Fotografía de la página de Facebook de Telón de Arena

Alejandra Serrano, en un taller de crítica durante la MET 2015, sugería que se evitara el ejercicio de escribir si no se tenía, al menos, algo bueno que decir. Su consejo ha acompañado el resto de los textos que redacté desde de su taller hasta el día de hoy. ¿Por qué escribir sobre Intervenciones si no hay nada bueno que decir? Porque considero necesario externar mi inconformidad sobre la selección del texto de Hugo Wirth en un contexto como Ciudad Juárez.

La historia, dividida en tres épocas distintas, se desarrolla en un departamento donde el abuso, la enfermedad y la muerte son una constante entre las inquilinas que lo rentan. Rafael (Jorge Rodallegas), el dueño del inmueble, tiene ciertas condiciones para alquilar: “No puede mover o sustituir ningún mueble o accesorio de los que ve aquí. […] Las ventanas no deben abrirse ni debe intentar hacerlo. Si hace mucho calor, al fondo hay un ventilador. No puede pintar las paredes, puede cambiar todas las chapas que guste, excepto la que está en la parte inferior de la puerta”. Desde el principio, el espectador puede suponer que Rafael no es una persona común y que es necesario sospechar de él, cuestión que considero una falla por atropellar el factor sorpresa. Aquí entra, sobre todo, el mal manejo de la dirección respecto a las actuaciones (Si Rafael engañara al espectador como engaña a sus inquilinas e inquilino entonces sí habría un final sorpresivo).

Pero bueno, no deseo ahondar en aspectos de la escena porque lo que me obliga a escribir es, como lo mencioné al principio, la selección del texto.  Es posible que la obra funcione como una dramaturgia del suspenso y terror (incluso hay quienes lo consideran teatro del absurdo, yo no lo creo), sin embargo, es difícil digerirla cuando vivimos en una constante avalancha de violencia contra las mujeres. En Intervenciones el protagonista no solo abusa sexualmente de sus inquilinas, sino que también las secuestra cuando su constante abuso es descubierto. Me sorprende que Telón de Arena no se cuestione la escenificación de la obra de Hugo Wirth, sobre todo cuando han presentado montajes de carácter social que luchan contra la violencia y los feminicidios en Ciudad Juárez. Pienso en obras como Justicia negada o la adaptación de Fuenteovejuna. ¿Será que solo yo estoy harta de la violencia contra las mujeres? ¿Sólo a mí me perturba ver un espectáculo, de una hora y cuarenta minutos, que visibiliza deseos sexuales misóginos y una excesiva violencia?

Repaso aquella escena donde Viridiana (Estefanía Villa) tiene sangre entre las piernas producto de un aborto. ¿Por qué la escena me violenta como espectador? Porque la violencia solo se nos muestra, pero no es castigada.  Pienso en películas o documentales sobre asesinos seriales (Ted Bundy), donde prevalece una documentación sobre la tortura y el asesinato, pero no se queda en ello, hay un momento donde el atacante es descubierto y enjuiciado. Entonces como receptores nos sentimos aliviados porque ya no se nos puede hacer daño. Me viene a la mente el montaje teatral de Fuenteovejuna (Telón de Arena), cuando el personaje de Laurencia ha sido violentado y regresa a escena con sangre entre las piernas; en ese momento, el espectador solo puede desear tomar las piedras y los palos, que otorga la compañía al inicio de la función, y querer unirse en la riña contra el Comendador. La visibilidad de la sangre y la violencia se justifica por la lucha. En Intervenciones los personajes femeninos son sometidos y por lo tanto el castigo pareciera solo pertenecerles a ellas (¿será por su condición de mujer?). El abusador al final se sale con la suya.

Finalmente, externo mi sentir porque deseo que los directores locales de teatro entiendan a qué tipo de espectadores se dirigen. Que se cuestionen los montajes que están presentando. Que eviten la contradicción de discursos. Que comprendan que vivimos en un entorno de extrema violencia y que ya no necesitamos más.

Obra: Intervenciones

Dramaturgo: Hugo Wirth

Dirección: César Cabrera

Compañía: Telón de arena

Fecha de presentación: 15 de junio de 2019