El pasado fin de semana, del 10 al 12 de febrero, tuvo lugar una breve temporada de La voz humana en la Sala Octavio Trías de Centro Cultural Paso del Norte. Con la interpretación de Alejandra Galaviz y la dirección de Sebastian Lange. Batas blancas scenic lab ha presentado en varias ocasiones esta propuesta de Jean Cocteau, alternando la dirección entre sus miembros (Andrea Lucía, Miguel Stone y Ale Galaviz), y apropiándose de espacios no convencionales en la ciudad. La única constante ha sido la actuación de la misma actriz. Parecería que se trató de la culminación de un proceso, iniciado hace más de un año con una oferta de teatro virtual.

Durante todos estos meses Alejandra ha interpretado a una mujer que espera la última llamada del amor de su vida. ¿Por qué se acaba el amor?, ¿en qué momento comenzamos a actuar con indiferencia o hartazgo frente a la persona que acompaña nuestros días? ¿Debemos irnos en silencio o es válida la despedida? Además, ¿cómo saber qué decir?, ¿cómo estar seguros de que ésa, justo ésa, será la última vez? ¿Cómo actuar en el momento final? Estas son algunas de las dudas que me ha provocado esta obra, pero también pueden ser aplicadas a una representación teatral, especialmente, cuando entendemos un montaje como una cadena de relaciones entre los distintos actantes.
He podido atestiguar buena parte del viaje que ha representado para Batas blancas este proyecto, escribí ya una entrada sobre el espacio y la manera en que afecta la percepción de los espectadores. Por eso, en esta ocasión, quisiera centrar la atención en la interpretación y las implicaciones de una nueva dirección, así como destacar algunos elementos que se modificaron para esta versión. ¿Qué sucede cuando un texto es interpretado tantas veces por la misma actriz bajo distintas direcciones? ¿Se puede seguir el tono indicado? ¿Cuál es el resultado?

La primera vez que vi La voz humana se movieron muchas emociones dentro de mí. En aquella ocasión se presentaba ante el público una mujer desaliñada, con el cabello despeinado y su pijama. El espacio era reducido, pero eso ayudaba a crear una atmosfera de encierro, como la que transmitía la actriz con sus palabras, expresiones y movimientos. El asunto del espacio y la disposición se vuelve fundamental. En el Octavio Trías la obra ocupa toda la parte baja de la caja negra, el público se encuentra en el segundo y tercer piso, observando de manera panorámica a una mujer vestida de negro, con ropa semiformal. Este vestuario le exige una interpretación más intensa, pues el descuido que sugiere el texto ya no es visible, debe entenderse desde las inflexiones en la voz y los movimientos corporales. ¿Por qué modificar un elemento que apoyaba el desarrollo del ambiente?
Lange inicia el espectáculo con una proyección audiovisual, a cargo de Miguel Stone, en donde vemos a Elizabeth (Galaviz) caminando mientras observa distintas situaciones, todas ellas de parejas. Pasamos de la euforia de un antro, a la convencionalidad de una boda. Es claro que la intención era contrastar las escenas con la soledad que experimenta el personaje principal. En el video se muestra a la actriz realizando un viaje en automóvil e interactuando con una especie de asistente virtual, única voz que hablará directamente con ella y que el público podrá escuchar. Sin embargo, este juego con la tecnología no termina de quedar claro pues, aunque dentro de la realidad creada para la escena se tiene acceso a tales avances, la comunicación se entorpece con la constante llamada equívoca de una mujer que marca preguntando por una clínica que no existe. ¿Es Carl (Lange) una especie de conciencia?

Terminar una relación es entender que la vida seguirá , aunque parezca que el mundo acaba porque se extingue el amor, solamente sucede para quienes vivían en ese universo. La monotonía, lo de siempre, seguir viviendo. Esa simpleza es lo que, supongo, intentaba con los elementos escenográficos: un diván, un pequeño frigobar, un buró, ropa amontonada, una silla y las flores muertas. Éstas últimas, como un reflejo del estado de ánimo de la protagonista, quien deambula por todo el espacio mientras mantiene una llamada telefónica con Fernando. Cinco años duró aquello, nos avisan, cinco años, pero ya tenía fecha de caducidad. Entonces, el diálogo no está hecho para interactuar con el público, el destinatario de aquellas palabras se encuentra dentro de la misma ficción, pero nunca lo podemos escuchar. Es nuestro trabajo, como espectadores, completar la conversación.
Presentado así, sin tener que entablar la conversación directa, la actriz tiene mayor libertad para dar distintas entonaciones al texto, pero también implica que toda la fuerza tendrá que salir de ella. El personaje tendría que habernos llevado del amor más puro, ese que todo lo soporta, para después transformarlo en la fuente de humillación ante la incapacidad de vivir sin el otro. Un miedo que hace desear la muerte. Pero en esta ocasión, no se logra la tensión esperada, aunque el texto sugiere emociones muy profundas, la interpretación de Galaviz no lleva al espectador a sentir conmiseración, a querer consolar al personaje y, mucho menos, a recordar las ocasiones en que le tocó despedirse de la persona amada.
Y quiero hacer una anotación aquí. En las pasadas ediciones, se daba una interacción directa con el público antes de iniciar. Una persona del equipo entregaba a los asistentes una libreta y una pluma para responder: ¿qué le dirías al amor de tu vida en la última llamada? Esta acción volvía al público parte de la representación. Obligaba a conectar con ese último momento, como recuerdo o como temor. Creaba una conexión entre lo que sucedía en escena y la vida personal de cada espectador. Otro elemento que no se replicó en la versión de Lange.

Finalmente, uno de los asuntos por resolver, no sólo desde la dirección sino en la trama misma era el asunto del perro que compartían. En las pasadas versiones, este ser vivo no aparecía en escena, sólo era mencionado y se dibujaba en la mente del público a través de los movimientos de Galaviz. La decisión para esta edición fue tener durante los cuarenta minutos en escena a una perra que interactuaba con la actriz. Situación arriesgada, pues no era posible controlar del todo su comportamiento, por lo que Alejandra debía estar atenta a los desplazamientos que hiciera, restando concentración, aunque fuera de manera inconsciente, a la ejecución del personaje.
Entonces, ¿qué sucede cuando un personaje es interpretado en diversas ocasiones por la misma actriz con distintas direcciones?, ¿qué hay cuando ya se ha dirigido a sí misma?, ¿cómo se logra la creación conjunta?, ¿es posible? La respuesta la tendrá cada una de las personas que presenció esta obra. Sin embargo, considero que, así como la comunicación se entorpecía dentro de la historia, esto ocurrió entre el equipo y, hubo elementos dignos de aplauso, no hubo una cohesión entre todos ellos, y la voz que nos llegó se sentía como un eco.












