Desorden público (2018-2019), César Cabrera

Reseña publicada originalmente en Norteatro, titulada “Un camión llamado desorden”.

Desde hace ya algunos años, los estudios de la espacialidad han concentrado sus energías en la propuesta del transporte público como símbolo de lo que Marc Augé ha definido con el nombre de “sobremodernidad”. El concepto de Augé me parece preciso porque intuye que la mecánica del tiempo y el espacio han sobrepasado a la condición humana que habita, experimenta y vive la ciudad de nuestra era. Las urbes sobremodernas, entonces, están compuestas por elementos que facilitan el movimiento a grandes velocidades. Sin embargo, dichas facilidades creadas para nuestra comodidad nos han arrastrado a lo que Baudelaire, el primer pintor de la vida en las ciudades, llamó la gran quimera: el hastío. La filosofía y la sociología en los últimos dos siglos han reflexionado que a la par de la idea de la industrialización y el desarrollo el ser humano se encontró con la angustia de dejar de creer en Dios, con la soledad que esto conlleva y con el aburrimiento de seguir existiendo en este mundo aparentemente sin un sentido. Se desarrollaron formas para combatir esta última sensación. Cuando un individuo aborda un medio de transporte busca cualquier cosa para perder la noción del tiempo. Algunos leen, otros escuchan música. Los más románticos se pierden en el paisaje o en la oscuridad de sus pensamientos. Aquí logro entrever el conflicto de Desorden público, escrita por Évelyne de la Cheneliére y la nueva propuesta de César Cabrera.

La sugerencia espacial llama la atención. Una serie de luces construyen de forma simbólica y real la estructura de un camión. Escribo “simbólica” porque el trabajo para completar a este escenario lo debe realizar la imaginación. Las sillas y una puerta ayudan a crear la sensación de contenido: los personajes están dentro de este espacio. Sin embargo, en algunas escenas el camión deja de serlo para transformarse en una cafetería, en la casa de la actriz Adriana Segura o de la familia del niño genio, entre otros lugares. Así pues, si bien el espectador contempla la imagen de un camión, su imaginación construye nuevas posibilidades espaciales que dotan a esta propuesta de dinamicidad. Otro aspecto notable que responde al movimiento es el cuerpo de los actores, que figuran los ademanes bruscos que realiza el transporte en su recorrido por las calles de la ciudad. También la música de Jesús Piña mueve a las escenas y a los personajes (es ella otra protagonista).

Me gustaría destacar la convergencia de todos estos elementos en el clímax de la obra, un histérico descenso hacia la locura colectiva y, por lo tanto, pública del personaje en donde la música ayuda a crear una atmósfera de horror, de pánico. La masa de voces de esos personajes que vimos subir al camión, ahora hablando ya sin un enfoque personal, ya sin un protagonismo emocional sino como un grupo de desconocidos que se coordina para cambiarse de lugar y llegar a sus respectivas salidas mientras Max, el personaje central, habla ya no con su amigo Andrés sino con el público: “Creía ser poderoso, pero no puedo hacer nada, nada más que escucharlos, y de esta superposición de balbuceos milenarios, no me queda más que una nota grave y aguda a la vez, un lamento o un grito de júbilo, cómo saberlo, una deformación auditiva, un rictus sonoro, algo a lo que no le encuentro sentido”.

Pocas veces he asistido a una puesta en escena habiendo leído el texto. La obra de Chenelière es un texto interesante, pero con problemas narrativos serios que la puesta en escena no logra enmendar. Una opinión general sería afirmar que su trama fantástica no explora todas las posibilidades dispuestas. Desordenada a propósito, juguetona con la espacialidad y la temporalidad, sus mayores virtudes literarias, Desorden público termina por crear personajes y situaciones curiosas, entrañables e hilarantes que el conflicto personal de Max, así como algunas escenas que terminan por simular una caricatura de este mundo globalizado (por ejemplo, el encuentro con su madre que en realidad pasa sin pena ni gloria o la vecina que sueña con ser Adriana Segura, situación que se “resuelve” de forma más bien abrupta) no son lo suficientemente fascinantes como sus contrapartes del transporte público y terminan por volver tediosa una obra que precisamente busca criticar al tedio. Aun así, estos problemas nacen desde la lectura de la obra y pienso que la propuesta escénica y espacial, las actuaciones y la música logran dar brillo e incluso genialidad a escenas que en el texto no son tan destacables.

Nenitas (2019), Josafat Aguilar Rodríguez

Fotografía sacada de la página de Facebook de la Subsecretaría de Cultura Zona Norte

Antes había fotos, pero las visitas o yo las tirábamos a cada rato y eso me parecía poco solemne porque en este sencillo altar están mis muertos. Cuatro de esas flores provienen del funeral de Abuelo y la quinta, una rosa blanca que colgué bocabajo para que no perdiera sus pétalos, llegó directamente el día exacto en que cremaron a L, mi padre. En adelante lo llamaría Padre, pero no hay adelante.

Alejandra Eme Vázquez, Su cuerpo dejarán.

Nunca he llorado en el teatro. Me considero una persona sensible. He llorado oyendo música, leyendo Boquitas pintadas, de Manuel Puig. El final de Cinema Paradiso me ha hecho llorar las siete veces que lo he visto. Pero en el teatro, nunca. Tampoco lloré cuando mi padre le confesó a mi roomie que estaba apenado por haber sido violento conmigo durante mi adolescencia. No me hizo llorar su llanto, verlo ahí vulnerable al lado de una desconocida. Por dentro, me encontraba feliz de ver a mi padre realmente arrepentido. Ese día lo perdoné. No perdonaba a mi padre porque me aferraba a cierto rencor pasivo que las experiencias traumáticas nos crean. Nuestro conflicto con el padre es casi tan mexicano como el amor romántico tan dañino que celebramos en las canciones que interpretaba José José o nuestra obsesión con acompañar nuestros alimentos con tortilla. Por algo, la gran novela mexicana moderna versa sobre la búsqueda del padre ausente: “El olvido en que nos tuvo, mijo, cóbraselo caro”. El día de ayer, recordé eso en la presentación de Nenitas, dirigida por Josafat Aguilar Rodríguez e inspirada textualmente por un libro de cuentos de Sylvia Aguilar Zéleny, una narradora que ha crecido artísticamente con cada publicación, encontrando feliz culminación en su novela Basura (2018).

No lloré, pero casi. Nenitas se compone de cuatro monólogos que tratan sobre la figura paterna, ya sea silenciada o violenta, la pasión por la fotografía y el reconocimiento de otros cuerpos posibles, así como otras familias. Ante todo, las dos primeras historias (inspiradas en “Total” y “El día que murió papá”) vislumbran la destrucción de la idea de la familia, que está cobijada por las apariencias para ocultarse del “qué dirán” y asentada asimismo en una figura patriarcal al que se le permite ciertas transgresiones (la infidelidad y la violencia verbal). Me quiero enfocar en ellas en esta reseña, no sin antes reconocer el valor de las últimas dos que también merecen un análisis atento.

¿Qué destruye a la familia? Las conductas de violencia interiorizada que se repiten como una plaga dentro del tronco de las familias heteronormativas y “tradicionales”. Repetimos, insisto, patrones de violencia que aprendemos en la familia. A fin de cuentas, esa es nuestra primera observación mimética con la que nos relacionamos en el mundo de la infancia. Esta toxicidad de nuestros familiares se presenta, por ejemplo, cuando minimizan los logros íntimos, todo aquello que no aporte al capital genealógico o sea útil desde una perspectiva económica: “Uy, estudiaste humanidades, ¿a qué te vas a dedicar? Te vas a morir de hambre. Estoy decepcionado de ti porque no estudiaste una ingeniería”. Tal será el caso de “El día que murió papá”: “Tampoco mi hermano o mi hermana harían algo similar ya que ellos creen que la literatura, y cito: ‘es una pérdida de tiempo y dinero y mejor búscate un trabajo decente ya’”. Estas violencias del lenguaje que no aceptan la identidad: “¿Eres artista, te dedicas al teatro? Ya no eres mi hija, vete de mi casa, me das asco”. Tales lenguajes violentos no pueden traducirse en algo más sano: “Te quiero, te respeto, cumple tus sueños, estoy orgulloso de ti”. El padre de la protagonista jamás se permitiría mostrarse sensible, incluso durante la agonía de una enfermedad terminal. Le llama “grillito” no como un apodo cariñoso sino como un recordatorio de que para el padre ella no vale más que un insecto. Asimismo, en la historia se insiste sutilmente en el rencor y el olvido, simbolizado en ese abandono de los demás hermanos de la protagonista, que pretextan su trabajo y labores domésticos para no cuidar del padre enfermo. La hija menor, la actriz que tiene una posición menos importante (y por lo tanto más sensible), debe visitar al enfermo. El desenlace es genial, pues condensa toda esa violencia lingüística que ejerce el hombre en estado terminal. Ante los intentos de la protagonista por humanizarlo en su monólogo (que en el cuento se observa en el segundo discurso, expuesto desde otra tipografía), el padre responde de esta manera a su “Todo va a estar bien”: ‘“Tú que sabes, imbécil’, y exhaló”.

Algo similar ocurre con “Total”, la primera historia de Nenitas en la que una mujer recuerda su entorno familiar cuando tenía ocho años. Desde la mirada infantil, se elabora un retrato de apariencias y violencia pasivo-agresiva que se observa en el abuso del alcohol por parte de ambos, hasta que culmina en la extracción de la vesícula de la madre, quien ante todo niega su problema y miente al médico, mentira aprobada por los hijos. El padre puede permitirse los excesos y en la atmósfera cotidiana prevalece la falta de comunicación: “Somos familia de monosílabos”. Asimismo, se trata de un matrimonio poco horizontal: “Él pide. Ella hace”. Dicha violencia misógina culminará con la infidelidad del padre: “Mamá nunca le volverá a hablar ni con monosílabos”. Pero la fiesta continúa y los anfitriones sonríen y hay aplausos, muchos aplausos. El recuerdo de esta mujer expone cómo desde la familia tradicional se opta por mantener una relación no asentada en el amor sino en un odio profundo y agresivo donde no se permite la comunicación ni la transgresión de dichas apariencias. Se prefiere mantener la idea del matrimonio perfecto que aceptar la violencia ejercida, ante todo desde la figura paternal que en cierta forma literal ha desgarrado el organismo de la madre y finalmente culmina en un silencio abrumado por el rencor, mas no en una separación. Y esto lo observa una niña de ocho años, que asimismo es agredida físicamente por los amigos pedófilos del padre.

Nenitas versa sobre nuestra incapacidad de perdonar la violencia que ejercen las personas que amamos, pues el miedo nos retrae, pero asimismo subraya la posibilidad de una liberación del duelo o los traumas (aunque sea desde una muerte catártica, como sucede con Mini en “El mundo después del agua”). Aunque aprecio que se haya respetado al texto original, sí extrañé una propuesta más desafiante, pues considero que gran parte de las virtudes de esta puesta en escena se debe a la potencia de los relatos y no a virtudes teatrales. Considero que las intervenciones durante el intermedio y la conclusión son innecesarias y fueron mal ejecutadas. Durante el cierre casi me quedo ciego con la luz, aunque la imagen creada me pareció bella (lo que pude ver) y esa improvisación en el baile sentaba mejor que en el intermedio, donde destacaba la poca coordinación de todas las actrices. Tampoco puedo ponerme exigente con estas particularidades, aunque sí quisiera señalar que había momentos inaudibles, que exigían un silencio solemne y una atención enorme. Sin embargo, al final, observé a una chica llorando con pasión durante el monólogo de Mini. Algo en esa historia le había conmovido y yo la envidié profundamente porque sigo sin poder llorar en el teatro.

Choose Life (2019), Alba Moreno

Fotografía sacada de la página de Facebook de Páramo 9

Picture us better
We finally found a winter for your sweater.
Weyes Blood, “Picture Me Better”.

En abril de 2019, se publica Titanic Rising, el más reciente álbum de Weyes Blood. No he dejado de escucharlo desde que salió. Al principio, me atraían las emociones que fluían por las canciones: una profunda tristeza que me recordaba a The Carpenters. Después presté atención a las letras: “Let me change my words: show me where it hurts” (“A Lot’s Gonna Change”); “Don’t cry / It’s a wild time to be alive” (“Wild Time”). Es ya de conocimiento público que la canción que se lee en el epígrafe trata sobre un suicidio, un amigo de la infancia de la cantante Natalie Mering. Sin embargo, me sorprendía la canción: había una gran melancolía, una profunda tristeza y, sin embargo, había también momentos de esperanza y luz; es como una canción de cuna, un homenaje en murmullos, un “vas a estar bien, pero ante todo yo voy a estar bien”. Luego de la crisis emocional, el daño pareciera superarse, cristalizar en una catarsis: la canción. Titanic Rising crea su propio lenguaje, muy íntimo y desde la música, para hablar de traumas y describir conflictos emocionales sin llegar al mensaje de auto-ayuda o al falso optimismo. Creo que por eso me atrae tanto y lo recomiendo todo el tiempo, pues su manera de abordar el tema de la depresión es entrañable e inteligente.

Ahora bien, Choose Life, la última propuesta de Páramo 9 dirigida por Alba Moreno y basada en un texto de Raúl Bustos también plantea un acercamiento a la depresión. Emma (Rebeca Carrasco) nos cuenta cómo su mejor amigo de la infancia, Daniel, era golpeado por un padre alcohólico. Dichos abusos terminan en la muerte de la madre y en el consecuente suicidio de Daniel. Después, la protagonista nos narra la historia de su vecina, Lola, quien decide quitarse la vida luego de un rompimiento amoroso. Me parece interesante que la depresión y el suicidio se explore desde el punto de vista de la afectada por el daño colateral y no desde la perspectiva del suicida, aunque eso finalmente desemboque en algunos problemas de discurso que abordaré al final. Observamos la reacción de Emma, quien lucha por mantenerse emocionalmente estable, pese a que ella misma se culpe de no haber sido buena amiga. Ahí se introduce la trama “fantástica” de Choose Life: Emma decide convertirse en una superheroína. Su archi-enemigo es nada más y nada menos que Depresión (Ricardo Rodríguez). Su presentación como un monstruo enorme de tres cabezas, rodeado de niebla y oscuridad, fue, en mi opinión, lo mejor de la obra y me demostró el potencial visual que tienen las propuestas de Páramo 9 (ya lo habían hecho en Geografía de una desgracia). La depresión puede personificarse de varias formas: una bestia terrible, un alcohólico abstraído o un simpático y cínico gracioso. Estas múltiples representaciones también me parecen destacables. El último tramo de la obra, que muestra la lucha de Emma contra Señor Depresión, no me convence puesto que no ofrece del todo una conclusión, resultando en un final apresurado, repentino.

El mensaje de Choose Life resulta evidente. Precisamente ahí encuentro mi principal conflicto con esta representación: no tolero el texto. Si bien aplaudo que en Juárez se aborde este tema desde el teatro, existen formas más inteligentes, artísticas, desafiantes y críticas que tratan el tema de la depresión y el suicidio que no llegan a la moraleja de la superación personal. El texto es flojo en su propuesta literaria y pienso que la depresión no se debe tratar desde privilegios capacitistas, como el optimismo, el “¡elige vivir!” o el bien-estar emocional, sino desde la misma salud pública y mental. Citando a Alberto Hernández,

Sí, se pueden prevenir [los suicidios]. Esto supone deshacer uno de tantos mitos que hay en relación al suicidio: que son imprevisibles, cuando en muchas ocasiones sí se pueden prevenir. Para hacerlo, debemos tener en cuenta que hay una serie de factores de riesgo: la soledad, la incomunicación, acontecimientos vitales estresantes, crisis de proyectos vitales.

El principal problema, como se observa, es la comunicación. En efecto, la depresión es una enfermedad del lenguaje, pues el deprimido tiene dificultades para desarrollar con palabras sus emociones y recuerdos traumáticos. Por ello, en la terapia se escribe, se dibuja y se habla. Curiosamente, esto de la comunicación o la terapia (una de las grandes herramientas para combatir la depresión) jamás se tomará en cuenta en la obra. Ya es demasiado tarde para hablar con Daniel o Lola. La comunicación como una oportunidad perdida para siempre es uno de esos lugares comunes de la depresión retomada por la literatura de superación personal. En la literatura y el teatro, el reto es complicado, pero ejemplificaría con Filos (texto de Pilo Galindo y dirigida por Abraxas Trías) donde se decide explorar la relación de amistad de los protagonistas, en lugar de vulnerar al personaje que tiene dificultades motrices y de lenguaje.

En Choose Life, la moraleja se “come” a la obra. Fue más importante explicar el mensaje “hay que prevenir los suicidios a toda costa” que desarrollar ese potencial visual y literario de la propuesta, como lo hicieron al presentar al monstruo de la depresión. No era necesario mencionar quién era esa cosa. El espectador podía intuir que aquella bestia de tres cabezas era una metáfora del daño causado por la violencia que sufrieron Daniel y Lola. De esta manera, el discurso light y poco imaginativo del género de la auto-ayuda se transforma en algo más eficaz e ingenioso. Extrañé más momentos así.

Concluyo: el guion de Choose Life comete el error de sobre-explicarse porque lo más importante para el autor del texto es transmitir el mensaje preventivo y publicitar el programa que titula la obra; mensaje asimismo plagado de lugares comunes y observaciones fáciles y privilegiadas. No obstante, Choose life me hizo pensar que aún hay cierta complejidad lingüística para hablar de temas sensibles como la depresión y el suicidio, pero permite reflexionar que hay que buscar lenguajes desafiantes para abordar esos temas, como dejaba entrever la propuesta en sus mejores escenas, donde, básicamente, predominaban el silencio y la imagen.

Nada sobre la nada (2019), creación colectiva dirigida por Mario Vera

Fotografía de la página de Facebook de Telón de Arena

«Entre recordar y entre olvidar
me quedo con las dos cosas»
Andrés Calamaro

Recordemos: en Pedro Páramo hay una escena que me conmueve. Se trata de un recuerdo: “Pensaba en ti, Susana”. Como todas las oraciones de la novela, esta frase se introduce como un murmullo: Pedro Páramo es la novela de los murmullos. Así rezaba su antiguo título, de hecho. La escena recreada es idílica: los suspiros se transforman en un viento que recorre las hojas de los árboles, las lomas verdes; un viento que permite el vuelo de los papalotes. Es la época del aire, un aire que hacía reír y que juntaba las miradas de los niños: Susana y Pedro se miran mientras el hilo del papalote se rompe y el pájaro de papel emprende su descenso, “perdiéndose en el verdor de la tierra”. Esta escena me parece de una belleza increíble, pues nos permite adentrarnos en la infancia y los primeros recuerdos de Pedro Páramo. ¿De qué están hechos esos recuerdos? De palabras, podría afirmar. Por ello, cuando observé en Nada sobre la nada la importancia del papalote, que sustituye al “árbol familiar”, no pude evitar esta evocación literaria: los nombres que se unen, el espejo que cuelga y algunos símbolos que denotan cierta intimidad, cierto toque de identidad que distingue cada uno de estos “papalotes familiares”, mientras los personajes nos contaban algún recuerdo. ¿De qué estaban hechos esos recuerdos?

Nada sobre la nada es lo suficiente evocativa para transmitir su propósito. No solamente exploramos los personajes de César, Claudia, Saura, Guadalupe y Guadalupe de la Mora, sino también nuestras propias evocaciones. Había varios elementos simbólicos que tenían diversos significados y que probablemente para mí descubrían una cosa diferente. En un momento “previo” a la obra (la cuento como una experiencia narrativa), en el camerino hablamos de la importancia de los objetos y de cómo algunas personas recordaban algo por medio de ellos. Recuerditos, les decimos. Guadalupe Balderrama nos hablaba de una aguja con la que tejió una prenda para su abuela, después de ofrecernos sandía. Al preguntarnos algunas cosas, confesé que mi abuela olía a Biblia y libro viejo. Pienso que esta obra buscaba esa atmósfera de intimidad: un recinto confesional donde se compartiera la memoria. Porque la memoria, nos lo dice el arte, tiende también a ser colectiva. A fin de cuentas, los nombres en el papalote familiar se juntan. En la obra, ese elemento de las sandías será importante en las historias que narra el personaje de Guadalupe. Este detalle lo aprecié, pues te dice cómo la obra es consciente de su propia referencialidad y de cómo se puede recordar no solo utilizando palabras sino a través de la escritura, el espacio y el cuerpo. Quiero profundizar en esto.

Esa referencialidad inicia al entrar al café donde la obra sucede. Las paredes están tapizadas de cartas, anécdotas y otras misceláneas narrativas. El espacio está decorado de infinidad de historias. Entonces, la memoria misma se espacializa. Incluso algunos de estos textos no parecen tener inicio o final, sino que se juntan entre sí, como recuerdos atropellados. Que el espectador curioso pueda consultar esto antes de que comience el evento performativo me parece destacable. Y, en efecto, al entrar en los diferentes escenarios, el espacio transmite recuerdos, en este caso referentes al personaje en el recinto. Me gusta que durante cada “confesión” no se diga nada: a fin de cuentas, hay mucho silencio en los recuerdos, como en las películas mudas; todo sucede como entre murmullos.

Es ahí donde se introduce lo corporal de la obra. Creo que ello ejemplifica la complejidad de los recuerdos, que ya se había intuido con esa serie de preguntas retóricas con las que abre la obra: ¿Quién eres? ¿De qué están hechos tus recuerdos? ¿Qué somos sin los recuerdos? A fin de cuentas, la memoria engaña por medio de las palabras. No podemos contar ese recuerdo dos veces: las palabras fueron diferentes la segunda vez. La respuesta a estas preguntas me parece que solo puede darse por medio del silencio y los lenguajes del cuerpo. Por ello, cada personaje se confiesa desde su corporalidad: sus movimientos, así como su inmovilidad, buscan expresar también memoria. Me encanta que dicha confesión no sea directa, sino que el espectador deba descifrarla, deba prestar atención a los detalles, a la canción que suena, a los objetos que están ahí… En fin, deba recordar.

Nada sobre la nada es ante todo una experiencia con varias manifestaciones de la memoria. Sus virtudes no son narrativas, sino corporales y visuales. Este collage de historias-recuerdos sobre la familia, la infancia y la identidad, son curiosas, pero no parecen relevantes. Esto, contrario a lo que se piense, resulta muy valioso. No se cuenta la gran historia, no se busca lo impresionante. En Nada sobre la nada se pretende, en cambio, indagar en la problemática de quiénes somos y descubrir que estamos hecho de eventos insignificantes e intrascendentes: el olor de la sandía, las canicas que ruedan por el suelo, los libros que nos regalan y ese papalote de pájaro que se desploma en el verdor de la tierra.

A la orilla del río, Perla de la Rosa (2019)

Las circunstancias sociales y políticas actuales evidenciaron algunos discursos que nuestra comunidad ha “interiorizado” por mucho tiempo: “No somos racistas, pero… sí somos”. En los últimos meses, por ejemplo, se inició una campaña anti-migración desde los medios de comunicación más afines al interés político de los gobiernos actuales. Esto, por supuesto, desembocó en peligrosos lenguajes y discursos de odio que, como un chicle, se pegaron y viralizaron al grado de caer en retóricas neofascistas que permutan en varias formas de violencia, tanto verbal como social y, en ocasiones, hasta física. En El Diario de Juárez, uno de los periódicos más difundidos de la localidad, esta campaña ha creado su propio lenguaje evidentemente xenófobo y, más que responder a la verdad, beneficia al interés del editor (y aquellos políticos que pagan al periódico, claro). Desde este medio, se expone que los migrantes centroamericanos son un problema pues “no quieren trabajar”, “secuestran y asaltan” y “propagan enfermedades de transmisión sexual”. Así funciona el lenguaje de odio. Busca separar, aislar y deshumanizar al otro. Ante tal contexto socio-histórico, cabe preguntarse cómo el arte, desde su lenguaje penetrante, profundizaría en la crisis (que también es una crisis de lenguaje: estamos aprendiendo a nombrar las cosas otra vez), cómo abordar estos temas, cómo combatir al discurso radical neofascista que surge con fuerza en varias partes del mundo. Pienso que una manera interesante, efectiva, pues es humana y compleja, la propone la más reciente obra de Perla de la Rosa, A la orilla del río. Antes, quiero subrayar que no me sorprende que sea el teatro el que ofrezca una lectura casi inmediata de la situación, desde una postura crítica y comprometida, pero también con su mirada en el aspecto emocional y sensible de la crisis. Ofrezco en este texto algunas lecturas que observo sobre la puesta.

Esta propuesta ofrece, desde una perspectiva lingüística, una herramienta para combatir la violencia lingüística fascista. A través de la parodia, estos lenguajes ridiculizados pierden toda eficacia. Dejan de ser convincentes para transformarse en caricaturas. El mensaje que se transmite es crítico para el espectador: son discursos que no quiero reproducir porque me vería estúpido. Pienso que no hay mejor manera de combatir el lenguaje del odio que ridiculizándolo. Aquí las retóricas del humor son utilizadas como un instrumento de crítica notable, aunque la obra en sí nunca logre ofrecer una coherencia tonal aceptable, como ahondaré en seguida.

Ahora bien, es increíble la capacidad de la dirección para crear imágenes potentes y hermosas al contar su historia-collage. Me gusta la forma en que la mirada de la directora busca cierta poesía a la hora de desarrollar o concluir una imagen. Lo último, desde una perspectiva plástica, resulta interesante, pues podemos hablar de una estética visual. Es decir, que más allá del discurso político, de la narrativa migratoria que desarrolla la obra, la dirección, desde el efecto de las luces, el experimento con elementos del espacio y la imagen, está interesada en utilizar todos los elementos disponibles para contar de muchas formas su historia, de descomponer la historia.

Si el espectador se involucra emocionalmente con lo que observa es debido a que A la orilla del río busca hacer catarsis en nuestra identidad. Somos una ciudad de migrantes, y esto queda claro en las tramas personales que narran los mismos actores. Se trata, en efecto, de una historia colectiva, en dos sentidos: armadas por los involucrados en la obra, pero esas historias son también de la comunidad que asiste y piensa que tiene un cuento familiar parecido. Así funcionan, de hecho, las narrativas del tránsito migratorio: es un cuento que se repite; de ahí su trágica dependencia con el fracaso o el éxito. Ejemplifico: la historia de la mujer-niña que aventura el viaje y es abusada sexualmente en el trayecto (véase La jaula de oro). La empatía, a saber, la manera en que nos involucramos en el dolor humano ajeno, es otra manera eficaz de combatir un sistema enraizado en el odio.

Lo último, simbólicamente, se representa en la idea del abrazo. Aquí encuentro uno de los aciertos narrativos de la propuesta textual. La escena inicial y el clímax de la narración armonizan de forma maravillosa: los personajes se funden en los paisajes, son uno con el viaje que emprenderán y al mismo tiempo son los nadie, los que valen menos que la bala que los mata. Quizá para un espectador más crítico, la literatura de Galeano ya sea algo común, pero dentro de este discurso visual funciona muy bien debido al intertexto. Me gusta la forma en que El libro de los abrazos, una propuesta narrativa a la manera del collage lírico, alimenta la poética de A la orilla del río: hay un compromiso poético y político con la historia, pero también con la identidad emocional de una espacialidad concreta. El clímax es emocionante por ello, porque el viaje desemboca en la ausencia o en la unión. Al principio, los cuerpos se funden con un paisaje. En la conclusión, los cuerpos se unen entre sí; son dos personas que aprendieron a vivir la distancia de ellas mismas para luego no saber cómo separarse. Es un momento triste, pero efectivo gracias a la isotopía (el abrazo) desarrollada.

Para cerrar, quisiera abordar ahora los problemas que encuentro en A la orilla del río. En mi opinión, la narrativa que busca encontrar está desconectada con muchas de sus partes. Al final no logra amarrar bien todas sus propuestas de lectura. En su ambición, quiere abarcar tanto en tan poco y de muchas formas tonales que el resultado es una “capirotada” informacional y emocional. Creo que este es mi principal problema con la obra: la distracción. Hay un abuso del intertexto y, salvo el que he descrito ya, los demás me parecen menos afortunados e interesantes. Me parece novedosa y atrevida la forma en que A la orilla de río cuenta sus historias, pero sí creo que, para narrar esta obra de travesías, dolor e identidad, faltó lo siguiente: claridad y dirección (narrativa). Debido al compromiso y mensaje político que la obra maneja, los momentos herméticos del trayecto de los personajes no alimentan esta postura poética. Si el espectador sale dudando, no hay una reflexión política en él, sino una confusión intelectual. La obra es confusa porque hay demasiada información por digerir. Se “olvida” por un momento su trama principal para pasarse al documento y al archivo, algo habitual en el teatro de Perla de la Rosa. Parte de su importancia poética y teatral, de hecho, es cómo la directora rescata historias y las cuenta en sus obras de forma dinámica y original. No las olvidas. Pero, en este caso en particular, pienso que no hay un equilibrio entre el archivo y lo “ficcional”. En la última escena, claro, uno puede llorar, pero es peligroso, desde un sentido crítico, no recordar el por qué: lo que hay detrás de todos estos discursos de odio.