
Reseña publicada originalmente en Norteatro, titulada “Un camión llamado desorden”.
Desde hace ya algunos años, los estudios de la espacialidad han concentrado sus energías en la propuesta del transporte público como símbolo de lo que Marc Augé ha definido con el nombre de “sobremodernidad”. El concepto de Augé me parece preciso porque intuye que la mecánica del tiempo y el espacio han sobrepasado a la condición humana que habita, experimenta y vive la ciudad de nuestra era. Las urbes sobremodernas, entonces, están compuestas por elementos que facilitan el movimiento a grandes velocidades. Sin embargo, dichas facilidades creadas para nuestra comodidad nos han arrastrado a lo que Baudelaire, el primer pintor de la vida en las ciudades, llamó la gran quimera: el hastío. La filosofía y la sociología en los últimos dos siglos han reflexionado que a la par de la idea de la industrialización y el desarrollo el ser humano se encontró con la angustia de dejar de creer en Dios, con la soledad que esto conlleva y con el aburrimiento de seguir existiendo en este mundo aparentemente sin un sentido. Se desarrollaron formas para combatir esta última sensación. Cuando un individuo aborda un medio de transporte busca cualquier cosa para perder la noción del tiempo. Algunos leen, otros escuchan música. Los más románticos se pierden en el paisaje o en la oscuridad de sus pensamientos. Aquí logro entrever el conflicto de Desorden público, escrita por Évelyne de la Cheneliére y la nueva propuesta de César Cabrera.
La sugerencia espacial llama la atención. Una serie de luces construyen de forma simbólica y real la estructura de un camión. Escribo “simbólica” porque el trabajo para completar a este escenario lo debe realizar la imaginación. Las sillas y una puerta ayudan a crear la sensación de contenido: los personajes están dentro de este espacio. Sin embargo, en algunas escenas el camión deja de serlo para transformarse en una cafetería, en la casa de la actriz Adriana Segura o de la familia del niño genio, entre otros lugares. Así pues, si bien el espectador contempla la imagen de un camión, su imaginación construye nuevas posibilidades espaciales que dotan a esta propuesta de dinamicidad. Otro aspecto notable que responde al movimiento es el cuerpo de los actores, que figuran los ademanes bruscos que realiza el transporte en su recorrido por las calles de la ciudad. También la música de Jesús Piña mueve a las escenas y a los personajes (es ella otra protagonista).
Me gustaría destacar la convergencia de todos estos elementos en el clímax de la obra, un histérico descenso hacia la locura colectiva y, por lo tanto, pública del personaje en donde la música ayuda a crear una atmósfera de horror, de pánico. La masa de voces de esos personajes que vimos subir al camión, ahora hablando ya sin un enfoque personal, ya sin un protagonismo emocional sino como un grupo de desconocidos que se coordina para cambiarse de lugar y llegar a sus respectivas salidas mientras Max, el personaje central, habla ya no con su amigo Andrés sino con el público: “Creía ser poderoso, pero no puedo hacer nada, nada más que escucharlos, y de esta superposición de balbuceos milenarios, no me queda más que una nota grave y aguda a la vez, un lamento o un grito de júbilo, cómo saberlo, una deformación auditiva, un rictus sonoro, algo a lo que no le encuentro sentido”.
Pocas veces he asistido a una puesta en escena habiendo leído el texto. La obra de Chenelière es un texto interesante, pero con problemas narrativos serios que la puesta en escena no logra enmendar. Una opinión general sería afirmar que su trama fantástica no explora todas las posibilidades dispuestas. Desordenada a propósito, juguetona con la espacialidad y la temporalidad, sus mayores virtudes literarias, Desorden público termina por crear personajes y situaciones curiosas, entrañables e hilarantes que el conflicto personal de Max, así como algunas escenas que terminan por simular una caricatura de este mundo globalizado (por ejemplo, el encuentro con su madre que en realidad pasa sin pena ni gloria o la vecina que sueña con ser Adriana Segura, situación que se “resuelve” de forma más bien abrupta) no son lo suficientemente fascinantes como sus contrapartes del transporte público y terminan por volver tediosa una obra que precisamente busca criticar al tedio. Aun así, estos problemas nacen desde la lectura de la obra y pienso que la propuesta escénica y espacial, las actuaciones y la música logran dar brillo e incluso genialidad a escenas que en el texto no son tan destacables.




