La puesta en escena de La lista, dirigida por César Cabrera, presenta a una mujer agobiada por los quehaceres y el aislamiento de vivir en una población pequeña; su día a día se va en listas estresantes de tareas y en la atención puesta hacia sus hijos. El texto dramático se escribió originalmente en el año 2008 por la canadiense Jennifer Tremblay. La protagonista cuenta todo desde su perspectiva, incluyendo lo que piensa y siente, permitiendo un mayor contacto con el espectador desde que comienza la historia. Aunque recién ha llegado a vivir al campo, alejada del ajetreo de la ciudad, su vida continua en constante movimiento. Se percibe un sentimiento de tristeza… un cierto hartazgo o cansancio; vemos que todo su tiempo lo pasa en el hogar y si llega a salir no lo disfruta del todo.
Fotografía tomada por Karla Gabriela Prado Ponce
Lo más interesante de esto consiste en que la trama se expresa dramáticamente mediante el monólogo; Guadalupe de la Mora encarna a la protagonista logrando manifestar todo su entorno y a quienes le rodean de forma clara, incluso los personajes infantiles. Por tanto, ella misma asume y transmite las respuestas o reacciones de sus interlocutores. Su actuación ejemplifica de manera óptima el papel y los desdoblamientos que desempeña; en ocasiones, su voz se torna apacible, mientras que en otras adquiere mucha fuerza, expresando de forma convincente cada una de las situaciones que vive y medita.
La obra se desarrolla en un escenario tipo pasarela, que recrea una casa toda en blanco, con su propio piso y techo; además, cuenta con instrumentos de cocina y ropa en ganchos sobre un estante. A pesar de que solo vemos a una actriz en escena, siempre hay acción; la protagonista va de aquí para allá recorriendo el prisma rectangular al que llama hogar. Mueve sillas, descuelga prendas, prepara alimentos y desdobla una interminable lista, agregando más tareas. Esta actividad permite sentir el ajetreo del que ella habla, el ir y venir que la agobia. Su vida cotidiana cambia cuando conoce a su vecina Caro, con quien entabla una fuerte amistad; sin embargo, un trágico suceso, anunciado desde el inicio, la llena de culpa y exige la atención necesaria para averiguar sus pormenores: dónde y de qué forma.
Fotografía tomada por Karla Gabriela Prado Ponce
Sin duda alguna, uno de los elementos que destacan durante la función se expresa por medio de los olores: el pan tostado, la manzana y la canela inundan el ambiente, permitiendo a la audiencia sentirse como si se encontrara en la cocina de una amiga o vecina. Otro elemento por subrayar es la música que logra integrarse, a manera de contrapunto, al diálogo de la protagonista. El teclado crea un entorno de tranquilidad y unión con las emociones generadas desde el interior de la casa. Sorprende gratamente descubrir que Jesús Piña toca en vivo la música original. Por su parte, la iluminación juega un rol central en la puesta en escena, ya que el blanco de las mantas con el que se construyen las dimensiones del hogar y el de la ropa de la misma actriz (del mismo color) permiten que las luces añadan color según la emoción que se vive en el escenario: rojo en algunos momentos, azul en otros, incluso naranja, verde o amarillo; por tanto, a pesar de una aparente monocromía, el blanco –como el de una hoja de papel– se llena de tonos y texturas.
El espectador encuentra fácilmente elementos con los que puede identificarse. Uno de los rasgos dominantes en la puesta consiste en el sentimiento de culpa; la protagonista se muestra aquejada por dicho sentimiento que cada vez se hace más fuerte, hasta llegar al desenlace. Todos alguna vez hemos experimentado una sensación así, por mínima que sea, y creo que en ese aspecto recae la finalidad principal de La lista. El acercamiento a la historia se logra mediante ese sentir, incluso, llegando a la empatía por la protagonista. Si bien su vivencia no es próxima y está fuera de lo cotidiano, sus emociones son compartidas por muchos.
Fotografía tomada por Karla Gabriela Prado Ponce
Por tanto, se recomienda ampliamente la puesta en escena; la historia, como ya se mencionó, presenta varios aspectos destacables que permiten un acercamiento con el público; la actriz desempeña su papel de tal manera que logra transmitir las emociones deseadas; la elaborada escenografía, también a cargo de César Cabrera, merecedora de una mención honorífica por parte del jurado de la MET, expone con eficacia el entorno de la protagonista. En combinación, todos los aspectos del montaje de Telón de Arena brindan al auditorio un momento de entretenimiento agradable y entrañable que, sin duda alguna, siembra una lista de reflexiones.
Karla Gabriela Prado Ponce
Esta puesta en escena formó parte de la Muestra Estatal de Teatro 2022 del estado de Chihuahua. A cargo de la compañía Telón de Arena (Ciudad Juárez) y bajo la dirección de César Cabrera, en el Foro Octavio Trías el pasado 29 de septiembre.
El pasado domingo finalizó la segunda temporada de Madre Coraje y sus hijos, obra escrita por Bertolt Brecht hace ocho décadas y dirigida por Luis de Tavira. Los habitantes de esta ciudad pudieron ser espectadores de cómo la guerra modifica los destinos, atestiguarlo desde la comodidad de una butaca y salir de la sala tarareando melodías que recordaban a cantos marciales.
Ver una obra teatral comienza con la expectación, no importa qué tanto sepamos sobre ella, siempre se experimenta cierta emoción por saber qué elementos utilizarán en el escenario, qué actores o actrices interpretarán a los personajes, incluso, a quién nos vamos a encontrar en el recinto. Ya que esas personas se han de convertir en nuestras interlocutoras, en la mirada cómplice cuando suceda algo que nos haga reaccionar.
El foro de Telón de Arena fue el espacio dónde se presentó el espectáculo, esta espectadora acudió la noche del viernes 11 de febrero a las 19:00 horas. Al adquirir las entradas por internet se nos conminaba a estar en las instalaciones quince minutos antes de que comenzara la función, sin embargo, aquel día hubo fallas con el sistema de taquilla y la tercera llamada llegó alrededor de las 19:15. No tengo la certeza de que se hayan agotado los boletos, pero el auditorio parecía lleno, salvo por las butacas que obligatoriamente debían quedar vacías debido a las restricciones sanitarias.
Al entrar en la sala, lo primero que llamó mi atención fue que la mitad del foro estaba ocupada por el escenario (para quienes no han tenido la oportunidad de asistir a Telón, el espacio se trata de una pieza de tipo experimental y las filas de los asientos se acomodan de acuerdo con las necesidades del espectáculo en turno). Un enorme telón negro marcaba la línea divisoria entre espectadores y reparto. Minutos después de la invitación a silenciar nuestros dispositivos móviles, a mitad del escenario se abrió una ventana desde la que se dejan ver un par de soldados. La acción ha comenzado.
Fotografía de Comedia sin título
La guerra
“La paz es inmoral”, serán las palabras que durante días ronden en mi mente, y que de apoco irán tejiendo redes con tantos otros pensamientos que viven en mi cabeza. Entre todas ellas ahora rescato la semejanza con la idea de Orwell: “la guerra es la paz”. Es como si, de alguna manera, la única forma de que el mundo siga funcionando sea por medio de los conflictos, ¿no es esto lo que nos dicen los personajes de Madre Coraje?
Es evidente que el tema central de la obra de Brecht es la guerra, ¿de cuál guerra estamos hablando? El texto se sitúa en un contexto específico, la Guerra de los Treinta Años, conflicto político-religioso acaecido durante el siglo XVII en Europa. Sin embargo, este tópico no nos es ajeno, hoy mismo está en boca del mundo la pugna entre Rusia y Ucrania, no se trata ahora de un asunto religioso, pero sí político, porque la guerra, como casi todas las acciones humanas, son de esta índole.
Uno de los cuestionamientos que como espectadora podría hacerle a la compañía teatral es: ¿por qué respetaron el tiempo histórico que propone el texto? Telón de Arena en otras ocasiones ha jugado con la temporalidad de sus propuestas escénicas. Más aún porque en las cápsulas promocionales que pueden encontrarse en plataformas como Facebook, Instagram y YouTube, se interpela al público a pensar qué tiene para decirnos hoy, como juarenses, esta obra de Brecht.
La guerra que se vive en Juárez es distinta a la europea de hace cuatro siglos (o la actual), sin embargo, figuras como la de Madre han emergido, ya no representadas en mujeres que venden cosas por las calles, sino en empresas que, a consecuencia de las muertes o la inseguridad ofrecieron servicios a los ciudadanos. Condición necesaria fue la guerra, pues en la paz, no hubieran podido acumular ese capital.
Madre Coraje…
No obstante, las guerras del mundo, ésas que acaban con vidas humanas y destruyen ciudades, cada persona batalla, dentro de sí, las propias, ¿cuáles son nuestras guerras internas? En Madre Coraje, Brecht nos presenta a tres personajes femeninos, cada uno con una historia de vida distinta, llena de conflictos y frustraciones que, sea por la situación del mundo, sea por su condición, no pueden expresarlas.
El primero de ellos y por quien lleva nombre el texto es Anna Fierling, conocida como Madre Coraje, interpretado por Perla de la Rosa. Su guerra son sus hijos, estos le serán arrebatados por un conflicto bélico sin el cual no podría mantenerlos. Esa es su paradoja. Luego viene Catalina, a quien da vida Saura Zubiate; su hija, la menor, la muda, la niña que nació en la guerra, la que no conoce otra cosa que la incertidumbre.
Madre es todo ruido, debe serlo, para vender y persuadir es necesaria la palabra; mas no cualquier palabra, sino la que convence, la palabra precisa, el tono correcto. Madre debe callar cosas a propósito para sobrevivir. Cata, por otro lado, no puede hablar. Su silencio, provocado por la guerra misma, cuesta vidas, ella quisiera gritar, advertir, pero no puede. Ambas sufren por el silencio, ambas sufren porque no pueden comunicarse.
El tercer personaje femenino es desarrollado por Guadalupe de la Mora, Yvette. La prostituta, la mujer que amó y fue traicionada. Ella ya no tiene miedo de hablar, la guerra también le quitó cosas: la inocencia, la fe en el amor. Esto, pienso, nos es arrebatado por las disputas, las que vienen de fuera, pero también esas que vivimos en el silencio.
Fotografía de Comedia sin título
Reflejo y distanciamiento
Se ha hablado de que uno de los recursos utilizados por Brecht en sus obras era el distanciamiento, se trataba de que el espectador no lograra la catarsis, que no pudiera sentirse liberado de las cargas que le imponían las acciones de los personajes en escena, de que el teatro invitara a la reflexión y a la acción.
Me parece que, aunque sí invita a pensar sobre el tema ya expuesto anteriormente, no logra ni la catarsis ni ese distanciamiento. Sí, hay dolor, pero una se siente liberada conforme la guerra, que se antoja interminable, les va arrebatando la vida a los personajes más jóvenes, pues pareciera que no hay más esperanza, que no volverá. No hubo, para mí, un sentimiento de empatía con Madre pero tampoco necesidad de juzgarla, fue un personaje de su tiempo, actuaba conforme a sus circunstancias.
Es complicado hacer un recuento de todos los elementos presentados en escena. Sin embargo, se pueden resaltar algunos de los que hace mucho no se dejaban ver en esta frontera, es decir, desde compañías locales. La duración: tres horas separadas por un intermedio de quince minutos que es anunciado desde la tercera llamada –para sanitizar la sala–, se nos avisa, pero que obedece más a la necesidad de un descanso para el público y un cambio en la temporalidad del relato. Claro, éste fue aprovechado por muchos de nosotros para salir a atender las necesidades naturales del cuerpo, fumar o mirar en silencio al resto de los espectadores. Nadie quería dar una opinión pues el espectáculo aún no terminaba.
Desde la primera fila, en la que elegí sentarme, pude apreciar muchos de los elementos que hicieron de esta ambiciosa producción algo digno de recordar. La acción en dos planos. Unas vías ferroviarias al fondo que durante las escenas cumplían distintas funciones. Al frente, el espacio abierto donde se desplazaba el carro de Madre Coraje y sucedían el grueso de las acciones.
Es de destacar que la música estuvo a cargo de una pequeña orquesta en vivo. Y no sólo eso, se combinaba con canciones interpretadas por los personajes, con momentos solistas y corales. Práctica que debido a la falta de preparación vocal o los pocos recursos económicos con que se cuenta en la ciudad no se ve tan a menudo. Se descubre en el desempeño de los actores y actrices, algunos de ellos interpretando múltiples personajes, el largo proceso por el que atravesaron para llegar a ese resultado.
La segunda parte se sintió un poco más corta que la previa al intermedio, aunque al conversar con una de las actrices que participaron en la representación, supe que ambas tenían exactamente la misma duración, pero supongo que no todos la percibimos de esa forma, pues mi compañera de butaca no sólo abandonó la sala antes de que finalizara, sino que la descubrí revisando constantemente su dispositivo móvil.
Salí del recinto sabiendo que había visto algo distinto, planeado, algo grande; pero sin entender a cabalidad por qué. No, nunca pensé en irme a medio espectáculo, la duración me pareció adecuada y considero que todos los elementos estuvieron bien colocados. Sin embargo, no me tocó profundamente, ni la historia de Madre Coraje, ni la de Yvette o la muerte de los hijos. No se culpe a nadie, probablemente es momento de cuestionarnos sobre la manera en que, como espectadores, estamos recibiendo las propuestas teatrales, ¿qué les pedimos?, ¿qué esperamos ver?, ¿qué queremos encontrar? Tal vez, en la siguiente ocasión, será mejor no elegir la primera fila.
San Lorenzo, de Ysla Campbell, se estrenó en el año 2014, poco después de que menguara –relativamente– la guerra contra el narcotráfico a cargo de Felipe Calderón (2008-2012). Fue representada a las afueras del santuario de San Lorenzo. La dirigió Perla de la Rosa con la compañía Telón de Arena. Años después, el texto sería publicado en la editorial de la Universidad Veracruzana (2019). El texto, al modo de los Siglos de Oro, recrea el asesinato de Lorenzo por parte del emperador Valeriano tras la persecución que este inició en contra de los cristianos. La obra emula algunas de las estrategias estructurales del teatro del XVI y XVII: por ejemplo, la fortuna como elemento iniciador del conflicto o la incorporación del personaje “gracioso”, indispensable en el subgénero de la tragicomedia áurea. Asimismo, utiliza regularmente tipos de estrofas específicas caracterizadas por la simetría métrica, así como el uso de diferentes tipos de rimas, según los distintos discursos que se realicen. Ciertamente, hay una simbiosis entre ambos contextos, el de San Lorenzo y el actual, que se evidencia sobre todo en la parte de la Loa.
San Lorenzo o la persecución de los cristianos, después de la introducción y la loa, comienza con un Valeriano enfrentado a la premonición de un sueño, a un destino que se le figura desagradable. Aparecen, por ejemplo, la imagen del famoso Oráculo de Delfos, capaz de augurar el fin de un imperio. De este modo, se presenta como un gobernante próximo a ser destituido, esto le origina un conflicto que busca solucionar a través de la violencia, condenando al pueblo cristiano a la conversión o a la muerte. Así, se desata una persecución –como el mismo título nos lo plantea– del pueblo del dios judeocristiano. Tienen aparición, claro es, personajes históricos y ficticios. Sin embargo, Valeriano tiene junto con Lorenzo la mayor importancia para el desarrollo de las acciones, puesto que se presentan como defensores de un patrimonio que consideran suyo: en el caso de Valeriano, su mandato, y el de Lorenzo, el Santo Grial. Ambos elementos tienen un valor simbólico. El fetichismo ante el Santo Grial y el autoritarismo de un emperador trae como consecuencia la muerte no solo de Lorenzo sino de algunos cristianos como sugiere una de las escenas finales.
Portada de la segunda edición en editorial Destiempos
Diversas teorías suponen la importancia que tuvo para Felipe Calderón buscar la legitimización de su elección en el 2006, –orillando a lo que para muchos fue algo innecesario e imprudente– la guerra contra el narcotráfico, buscando solucionar un conflicto social. Claro es que un análisis discursivo de Calderón sugiere contradicciones año tras año de los objetivos de tal acción (Vázquez Moyers, 2014). Sin embargo, los resultados están ahí: decenas de miles de asesinados –entre los cuales encontramos infinidad de inocentes–, hambres, extorsiones y encierro. Del mismo modo, siguiendo esta perspectiva, no resulta extraña la relación entre la figura de poder de Calderón y la figura de poder de Valeriano, puesto que, aunque ambos están en distintos contextos, ante la amenaza toman decisiones que se tornan insensatas para algunos –y se esconden tras el discurso de la protección al pueblo–: el levantamiento armado que solo trae sangre. Así, ante un espectador del año 2015, la imagen de Valeriano le trae un eco de su propio contexto. Campbell encarna a la imagen del poder por medio de un mandatario de Roma, haciendo una interpretación de la violencia que surge del no querer perder el poder.
Asimismo, el público y el lector se enfrentan a otra situación familiar, la importancia que tiene la toma militar del pueblo cristiano por órdenes del mandatario. Los soldados romanos se convierten en un reflejo del ejército que sitió los espacios de México y que, la mayoría de las veces, solo originó más inseguridad que confianza por la serie de crímenes que cometían contra los ciudadanos. Un no sentirse protegido que tiene como sustento el discurso de la legalidad y escapa de una perspectiva ética, instalándose en la corrupción y la violencia, mostrando tiempos cíclicos en los que las civilizaciones mantienen las mismas ambiciones que generan una cantidad similar de muertes.
Previo a los acontecimientos relacionados con San Lorenzo, el texto de Campbell presenta un “llamado al público” desde el atrio de la iglesia, así como una loa protagonizada por tres personajes, una mujer y dos hombres. En ella, comenzando con una referencia al personaje de La vida es sueño, Rosaura y su caballo despeñado, señalan el tema que se hablará en la obra, asimismo se aprovecha para enumerar y aludir las problemáticas sociales que aquejan a la ciudad fronteriza en la que se representa dicho espectáculo. Así, destaca el riesgo que corren las mujeres al salir de noche a sus trabajos, considerando que una gran parte de las habitantes juarenses se dedican a la industria maquiladora. Debemos recordar, por otra parte, que los feminicidios en Juárez ocurrían a mujeres con semejanzas físicas (morenas), sociales (pertenecientes al gremio trabajador y clase baja) y geográficas (habitaban la zona centro y las maquilas del cinco) que las volvían vulnerables (Cabrera 1999: 11-21)
Sáyak Valencia entiende el capitalismo gore como este intercambio monetario que toma como mercancía los cuerpos mutilados, los estupefacientes, las armas, la prostitución a través de la trata de blancas, el sicario, el espectáculo sangriento en los noticieros y las teleseries. En la Loa de San Lorenzo, por medio del romance, el personaje de la mujer se duele de este capitalismo gore que azota una ciudad que se encomienda tras el cobijo de un santo que también perdió la vida tras la decisión de alguien que temía perder el poder:
El vivir entre asesinos de mujeres día tras día, el ver truncado el destino, de tantas y tantas vidas, el maltrato hacia los niños con agravios, con heridas, ultrajados y vendidos, ya nos hacen homicidas, sin que puedan distinguirnos, de aquellos cuyas torcidas almas, cornadas de chivos, vagan siempre confundidas. (vv. 37-48)
La alusión al ultrajo y la venta, nos hace comprender una visión que entiende esta violencia como resultado de una exigencia económica que tiene como fuente la búsqueda del poder por grupos organizados. Sin embargo, en esta aseveración también se manifiesta, como en la teoría de Sáyak, el papel que cumplimos todos como sociedad en este capitalismo violento como testigos pusilánimes muchas veces, habitantes silenciosos, espectadores, consumidores. Así, la mujer como ser gestante (papel que retoma el santo en la obra y que emula un pensamiento de su contexto), resulta un objeto que puede proveer doblemente a este capitalismo con dos mercancías: hijos para el consumo y una satisfacción sexual a través de la violencia (las más de las veces). Esto es un panorama desalentador, pero que rige a nuestra sociedad, a estos países del tercer mundo que responden no solo a las exigencias de Estados Unidos sino también a las suyas propias. ¿Cómo no habría de terminar la obra con el triunfo del demonio?
Aunque la Loa abarca de forma precisa la mayoría de las problemáticas que originó la guerra contra el narcotráfico. Durante la historia del santo, también encontramos los paralelismos que, sin duda, a un lector o espectador juarense le recordarán el tormento de habitar en Juárez entre el 2008 y 2011. Sin embargo, el contexto de algunas de estas escenas puede pasar desapercibido para alguien foráneo.
Una de las problemáticas más terribles durante el sexenio calderoniano, fueron las extorsiones que se realizaban a comercios locales: el cobro de piso. Esto desencadenó sin duda una gran depresión económica, puesto que muchos y muchas comerciantes se vieron en la necesidad de abandonar su principal forma de sustento, ya que, de no pagar la cuota, corrían el riesgo de ver en llamas su patrimonio o el asesinato de forma terrible (el tan temido gore) de algún miembro de la familia (México Evalúa, 2021: 47). En San Lorenzo, esto se refleja en la obligación que tienen los cristianos de pagar un caro tributo: “Los tributos son una desventura: / pagamos por el techo en que vivimos, / hasta el pedazo de la tierra enjuta / donde el cadáver vierten al morirnos, / tiene un precio tan alto, que resulta / caro morirse sin hacer consulta” (vv. 1127-1132).
El 31 de enero de 2010 ocurrió uno de los acontecimientos más traumáticos en Ciudad Juárez, la masacre en Villas de Salvárcar. En ella cerca de 60 estudiantes de preparatoria fueron atacados por un grupo del crimen organizado, dejando como saldo 16 jóvenes muertos. Esto ocurrió durante un festejo que se celebraba en una de las colonias del suroriente; los jóvenes pertenecientes a un equipo de futbol que tenía como nombre el homónimo de otro bando criminal fueron confundidos con estos y masacrados. Cuando Felipe Calderón visitó la ciudad un mes después, la madre de dos de los asesinados esa noche lo interpeló:
Discúlpeme, señor Presidente. Yo no le puedo decir bienvenido, porque para mí no lo es, nadie lo es. Porque aquí hay asesinatos hace dos años y nadie ni han querido hacer justicia. Juárez está de luto. Les dijeron pandilleros a mis hijos. Es mentira. Uno estaba en la prepa y el otro en la universidad, y no tenían tiempo para andar en la calle. Ellos estudiaban y trabajaban. Y lo que quiero es justicia. Le apuesto que si hubiera sido uno de sus hijos, usted se habría metido hasta debajo de las piedras y hubiera buscado al asesino, pero como no tengo los recursos, no lo puedo buscar. (Dávila, 2011)
Una de las escenas de San Lorenzo cristaliza esta masacre, haciendo paralela la persecución contra individuos inocentes. Dice el Sacristán: “Romanos desenfrenados / entraron en unos patios / y dieron muerte a diez niños / que confundieron. A diario / estas cosas se presentan” (vv. 374-377). Asimismo, el personaje Soplillo representa al promedio de los habitantes juarenses que se ocultaban para salvarse de la muerte: “me hago chiquito y me oculto, no me habrán de ejecutar”.
De este modo, me parece impresionante la imagen del demonio finalizando la obra, mostrando su dominio y señalando al público en el que, sin ánimo de exagerar, se puede encontrar al extorsionador, el sicario, el traidor, el violador, el mundano, el cómplice. La muerte de San Lorenzo no garantiza la salvación del ser humano, es solo otra víctima más.
Foto de Ysla Campbell sacada de su perfil
Aunque, a primera instancia, San Lorenzo o la persecución de los cristianos tenga el objetivo de recrear y transmitir a través del género dramático la vida del santo, resulta claro cómo funciona para denunciar al narcotráfico que azota a nuestro país y que se agudizó en el sexenio de Felipe Calderón. Ysla Campbell, a través de sus personajes, evidencia el malestar de una población, el síntoma. Resulta preciso cuestionarnos qué aporta la tragedia de Campbell para la indagación de este problemática. No me detendré en la perspectiva ética, porque esto exige una amplia reflexión, principalmente filosófica que abarca un estudio más preciso. Pero en la cuestión estética, resulta indiscutible cómo Campbell desautomatiza las distintas formas en las que se ha presentado. Trasponer una historia del siglo III d. C., con un modelo del teatro áureo, para hablar de la militarización en una ciudad fronteriza, es sin duda una forma sumamente original. Aprovecha su conocimiento y habilidades como investigadora y los vincula con la historia del patrón de una ciudad que necesita verse a través del espejo del teatro, para ser señalada por el demonio, quien afirma sus dominios y hace de esta localidad su infierno.
Texto de Graciela Solórzano
Bibliografía
Benítez, Rohry, Adriana Candia, Cabrera, et.al., El silencio que la voz de todas quiebra. Azahar, Chihuahua, 1999, pp. 11-21
Campbell, Ysla, San Lorenzo o la persecución de los cristianos. Universidad Veracruzana, Xalapa, 2019.
_______, San Lorenzo o la persecución de los cristianos. Editorial Grupo Destiempos, México, 2021, 66 pp.
Dávila, Luz María, cit. «Discúlpeme, Presidente, no le puedo dar la bienvenida: madre de dos ejecutados». La Jornada, 12 de febrero de 2011.
Valencia, Sáyak, Capitalismo Gore. Melusina, España, 2010, p. 16.
Vázquez Moyers, Alonso, La guerra contra el narcotráfico en el sexenio de Calderón. Análisis de discurso. Universidad Autónoma de Querétaro, Querétaro, 2014, p. 15. [Tesis de maestría]
Los habladores, publicado en 2006 (en 2013, primera versión digital), es un recopilado de 23 historias escritas por el dramaturgo, ensayista, narrador y director escénico David Olguín. Los textos que conforman la antología, son un entramado entre la narrativa y el monólogo, a los que Olguín definió como “historias del género baciyelmo* […] (que) pueden ser leídos y hablados”. Sin embargo, es importante aclarar que lo visto en escena (al menos lo que correspondió a esta gira en Chihuahua) fue una serie de siete monólogos que no aparecen en la citada obra literaria.
Fotografía de Claudia Fernández
La propuesta de Teatro el Milagro, luce por la experiencia y presencia escénica de sus ejecutantes: Diego Jáuregui, Valeria Navarro, Silverio Palacios, Laura Almela y Joaquín Cosío, pues lograron la absoluta atención de quienes asistimos. Sus excelentes actuaciones nos permitieron reír y reconocer, al mismo tiempo, situaciones reales y humanas, como la avaricia, la ignorancia, la indiscreción o el exceso, sin caer en discursos moralistas. Cabe resaltar el monólogo que ejecutó Navarro. Pues aunque contenía tintes cómicos, mostró una de las muchas realidades que viven las mujeres en México: el abuso sexual.
Y es que “Los habladores” son eso, así tal cual, personas de distintos perfiles que nos cuentan sobre los momentos que marcaron parte importante de sus vidas: desde la enfermera que es acusada de inyectar Covid 19, hasta el luchador que asume, con el mayor convencimiento, haber combatido contra sus héroes desde el más allá. También, la aparición del personaje del presidente Andrés Manuel López Obrador, interpretado por Jáuregui, permite a través del humor presentar una crítica de nuestra realidad política.
Otro aspecto que debo reconocer, y que solo es plausible en la puesta en escena vista (ya que la antología presenta mayor diversidad de edades), es el que la mayoría de los personajes nos muestren personas que sobrepasan la mediana edad. Esto se vuelve relevante en un contexto en el que, incluso el teatro, propone constantemente producciones en las que podemos ver mayoritariamente a personas jóvenes. Donde sus historias son, comúnmente, el eje central.
Fotografía de Claudia Fernández
En cuanto al desarrollo técnico de la propuesta, hay aspectos que mejorar, como la proyección de textos que funcionaron como preludio a cada montaje, ya que se apreciaban mal enfocados o con poca luz. Otro aspecto que afectó la visibilidad de las y los espectadores fue la colocación y nivelación de las butacas. Ignoro el por qué en esta ocasión (y en el Rally Nora) en la Sala Experimental Octavio Trías (CCPN) fue tan difícil disponer de asientos que permitieran disfrutar el espectáculo de pies a cabeza. Pienso que quienes se sientan en la fila ocho o diez deberían ver lo mismo que quienes están en la primera o segunda (quien escribe se sentó en la tercera hilera y tuvo que hacer esfuerzos mayúsculos para poder apreciar la puesta en escena).
Finalmente, me parece importante reconocer el esfuerzo de Telón de Arena y Teatro Bárbaro por colaborar y ser parte de la gestión para que obras como Los habladores pisen territorio norteño.
Fotografía de Claudia Fernández
*Según la Real Academia Española, el término baciyelmo significa “Situación o realidad caracterizada por la pretensión de conciliar, mediante una fórmula híbrida, posiciones o conceptos enfrentados”.
En 2019, Alan Posada reunió a directoras y actrices para crear historias breves a partir de la memoria de mexicanas que se desempeñaron en la política, ciencia o artes y que, por su contexto histórico-social no fueron tan conocidas como sus congéneres masculinos. En aquellas presentaciones (a través de distintas rutas) pudimos conocer a Carmen Mondragón (mejor conocida como Nahui Ollín), Sor Juana Inés de la Cruz, Tessy López, María Izquierdo, Rosario Castellanos, entre otras. Ahora, en 2021, la fórmula se repite y doce nuevas historias de Mexicanas llegan al foro de Telón de Arena.
Antes de comenzar el viaje entre los blancos tipis, cada espectador/a deberá elegir entre seguir la ruta azul, verde o roja. Es importante mencionar este dato ya que para poder conocer a cada una de las mexicanas, se tendría que asistir en tres diferentes ocasiones. En la función del viernes 3 de septiembre elegimos la Ruta verde.
Fotografía de Comedia sin título
Pati Ruiz Corzo (Ecologista)
Tras vendarnos los ojos, disfrutamos de un paisaje sonoro recreado por la actriz: ¿Qué será? Un río, el viento, un susurro, rocas chocando entre sí. Este momento (totalmente ASMR) generó calma y relajación, sensaciones placenteras que permiten a la recepción encajar en un ambiente sereno y natural como el de la Sierra Gorda, lugar en el que la activista luchó por la conservación de su biodiversidad. Ya sin vendas, la iluminación verde y el decorado escénico (plantas, rocas, tierra oscura, agua) permiten aún más vislumbrar la cercanía con la naturaleza. La actriz, Gizéh Beltrán del Río, que siempre jugó con su voz (canto intermitente) dio una bella interpretación de la queretana ecologista. “Puerta de Monte” contó con la dirección y dramaturgia de Amalia Molina.
Elena Garro (Escritora)
Si bien, la triste imagen de Elena Garro parece imposible de alejarse de sus representaciones, la propuesta de “No soy Elena Garro”, dirigida por Guadalupe de la Mora, conmueve y fascina por acercarnos a la infancia de la periodista y escritora mexicana. Aunado a la excelente actuación de Guadalupe Balderrama quien, entre los juegos favoritos de Garro, recorre en sus memorias los días más felices, empapados de una desoladora nostalgia.
María Grever (Compositora)
En “Mi rincón en el cielo”, dirigida por Nahomi Ochoa, nos encontramos con la compositora María Grever, quien desde su blanco rincón nos cuenta sobre sus inicios en la música, el amor, la familia y la pérdida al compás de sus melodías más conocidas (“Júrame”, “Cuando vuelva a tu lado”, “Alma mía”, entre otras). La pulcritud del espacio estuvo decorada por su instrumento musical y un piso repleto de partituras musicales. La actuación de Elizabeth Ricalday fue atinada, su voz tranquila y bien modulada, además de una caracterización que siempre sorprende, nos guiaron durante el cuadro.
Lola Álvarez Bravo (Fotógrafa)
La densa y roja iluminación nos guió hasta el cuarto oscuro de Lola Álvarez Bravo, la primera fotógrafa mexicana. Allí, entre retratos y químicos, dio inicio “La magia de la mirada”, con dirección y texto de Claudia Rivera. Entre la intimidad de aquel espacio, pudimos conocer la brillantez de Lola quien, pese a todo, decidió conocer el mundo por ella misma y logró retratar un México desde su visión femenina. Entre aquellas imágenes que colgaban, los rostros de madres, artistas e infantes nos sacudieron. Arely Hernández nos regaló un trabajo actoral bien ejecutado pero, sobretodo, que conmueve al recordarnos nuestro valor como mujeres que soñamos.
Fotografía de Comedia sin título
Mexicanas es un espectáculo teatral que funciona por muchas cosas, desde la cercanía con su público, el rompimiento de la llamada cuarta pared, la intimidad del espacio, la danza y el canto entre cuadros, la invitada especial, lo lúdico que puede ser recrear distintos mundos y, en especial, la resurrección de los hechos que marcaron una parte de la historia de nuestro país. De un México que de pronto olvida a esas mujeres que, con doble o triple dificultad, lograron llegar a la cima. Personalmente, agradezco profundamente este tipo de montajes, que inspiran a mi hija de ocho años. Hoy ella quiere ser activista, escritora, compositora y fotógrafa.
—Yo quiero ser como tú cuando sea grande—, ¿quién no ha pronunciado alguna vez estas palabras ante un amigo, un familiar o, incluso, frente a alguien que acaba de conocer?, ¿qué se esconde detrás de estas palabras?, ¿de dónde viene la necesidad de ser otros?, ¿no nos basta con ser nosotros mismos?, ¿quién soy?, ¿quién quiero ser?
La mala noticia: Ricardo Aguirre no nos da la respuesta. La buena noticia: Ricardo Aguirre no nos da la respuesta.
Quisiera|Ser es una propuesta unipersonal, no se trata de un soliloquio, pues representa en escena a diversos personajes. Es necesario que el público esté atento todo el tiempo a los cambios de tono y a los gestos para identificar a los distintos interlocutores. En el escenario conviven muchas voces: un niño, un adulto, un contador (tal vez), un trabajador, un padre… Será tarea del espectador reconocer a cada uno y entender qué le quiere decir. ¿Soy yo alguno de ellos?
Lo que sabemos al ingresar a la sala es que presenciaremos una confesión, un empleado de maquiladora se abrirá ante sus compañeros. Considero que perfilar al primer personaje como trabajador de una fábrica permite el diálogo con el público de una urbe como la nuestra, Ciudad Juárez, la ciudad de las maquilas. No es demasiado complicado llenar el espacio en penumbra con maquinaria, aunque no la podamos ver, a lo lejos, sabemos que hay procesos sucediendo, engranajes que no se detienen dentro de “un sistema que ve por nuestro bien”.
En combinación con los cambios de luces, nos vemos trasladados de una fábrica, a un baño, y a un lugar lleno de agua (¿el mar?, ¿una alberca?). Manos que no están allí, pero que se vuelven visibles gracias a la fuerza corporal de Ricardo, lo avientan, jalan o intentan ahogar, de acuerdo con lo que experimenta en cada situación. El escenario es un espacio negro y vacío que cambiará poco a poco gracias al juego de luces y sombras a cargo de Joan Andrés Buitrón, así como de los elementos que se irán desprendiendo del cuerpo del actor, transformando su indumentaria no sólo en vestuario sino en accesorio (Éricka Flores).
Fotografía de Rebeca C. del Ángel
–El papeleo se entrega para ayer–, dice uno de los personajes con quien el niño se encuentra en su recorrido por la fábrica. De aquí podemos deducir que uno de los temas centrales de la obra es el tiempo, pero éste corre siempre distinto. Para el posible contador (y puede estar contando cualquier cosa, como aquél que contaba estrellas y por ello creía poseerlas) el tiempo ya se acabó, vive en un espacio entre el ayer y el mañana porque todo es urgente, todo ya expiró. Nuestro trabajador recuerda –era muy pequeño, tenía tiempo de sobra–, ahora parece que se le escapa de las manos.
Dentro de la obra el tiempo se detiene, se acelera o salta, la musicalización (Rebeca C. del Angel) juega un papel fundamental para que este efecto se logre, además de influir en el ánimo del público. La obra comienza con una pausa, el empleado se detiene –no puedo irme sin compartirlo con ustedes–, convirtiéndonos no sólo en espectadores, sino en cómplices, confesores, depositarios de la toma de conciencia que este personaje ha tenido. ¿Hace cuántos años que el trabajador ha abandonado sus sueños, su búsqueda, a sí mismo? Y viene el reclamo del niño –estás allí sentado esperando que salga el sol en lugar de buscarlo para ti mismo–.
Si ustedes, quienes han visto ya la obra (y si no lo han hecho, vayan antes de que el tiempo pase), notaron ciertas similitudes entre ese niño que recorre las salas oscuras llenas de recuerdos, y aquél otro que fue de planeta en planeta buscando un amigo; les pido que acudan a este nuevo paisaje, no dejen tan solo a un compañero de trabajo que, en un mundo que parece ya no tener tiempo para conocer, nos pregunta –¿podemos platicar?–.
Escrita, dirigida e interpretada por Ricardo Aguirre, Quisiera|Ser continúa en cartelera de jueves a domingo a las 20:00 horas en Café Teatro Telón de Arena, del 19 al 29 de agosto de 2021.
Hay espectáculos teatrales que nos sorprenden, otros nos interpelan. Calan hondo en nuestros imaginarios, los reconfiguran. A partir de estas experiencias cada persona entabla un diálogo nuevo con su entorno. La ciudad donde más gente mira al cielo a través de una frase dicha por uno de los personajes: “No existe dolor más grande que el de la incertidumbre” nos coloca en los zapatos de quienes extienden los brazos al desierto, rogando que le retorne al ser querido que ha desaparecido. Caben todos los dolores del mundo en esa frase: Ayotzinapa y Ciudad Juárez.
El Rally escénico que promovió el Grupo Nora de Ciudad Juárez del 24 al 26 de julio del 2020 cerró con la puesta en escena de La ciudad donde más gente mira al cielo de Marco A. López Romero, con la dirección de Angélica Pérez. Ambos jóvenes juarenses, pero ya experimentados creadores en su ámbito. Marco López ha destacado en el periodismo por sus reportajes y crónicas que atienden problemáticas sociales de personas vulneradas por las diversas violencias sociales, institucionales y de género que en Ciudad Juárez se mantienen a la orden día, incluso en la pandemia por el COVID-19. En el 2017, fue ganador del certamen Voces al Sol, en el género de la crónica: A la orilla del río, este desierto, certamen convocado por la UACJ. Obra por la que obtuvo el Premio Chihuahua en el rubro del periodismo en el 2019.
Conozco la literatura de Marco A. López, así como su estilo testimonial, en donde la ética por la verdad de los hechos, el respeto a la dignidad de las personas que suele entrevistar prevalece sobre el interés de posicionarse en una esfera cultural; es la primera vez que veo un trabajo suyo de carácter teatral. No me sorprende por ello que su propuesta temática se mantenga en el testimonio y de denuncia social.
Los habitantes de Ciudad Juárez solemos decir que los atardeceres de este desierto son inigualables, por lo que nuestra mirada se dirige al firmamento con frecuencia. Pero, en ocasiones, quienes voltean el cielo, no lo hacen en su legítimo derecho al esparcimiento. No, al levantar la vista hacia la inmensidad celeste, imploran que el dolor concluya. La ciudad donde más gente mira al cielo centra su temática en la desaparición de personas y los feminicidios, ambos tópicos ya de larga presencia en la región. Asuntos por los que se conoce a Ciudad Juárez como el lugar más violento del mundo. Ustedes podrán interpelarme, decir que estos asuntos no son novedosos y ya hay una muy amplia cantidad de textos que atienden estas problemáticas. Pareciera que después de 2666 de Bolaños, ya no hay nada que decir.
La puesta en escena de La ciudad donde más gente mira al cielo recurre a varias estrategias discursivas, como texto (destaco que no tuve acceso al mismo, y mis comentarios se basan en la puesta en escena), para redimensionar el acercamiento a estos dos grandes paradigmas de los pendientes de justicia social en nuestro país, y si me permiten, en el mundo. Uno de ellos es el empleo de un lenguaje poético que abre el espectro de posibles interpretaciones por parte de sus espectadores, considerando al receptor como una colectividad pensante, crítica y con capacidad de solidaridad. Así, no va a propuestas simples, sino apela a imaginarios socioculturales que favorecen la asociación de ideas, de problemáticas y de reconfiguración del sentido de comunidad. Adentrase a ello no es simple, requiere de un autor atento a la cultura local, cercano a sus problemáticas y comprometido con la búsqueda de soluciones. No por ello el texto se queda en lo local, pues lo aquí abordado puede suceder en cualquier parte del orbe.
Por otro lado, en la parte estructural, el autor superpone dos acontecimientos en el desierto de Ciudad Juárez. Alude, en principio, al 24 de octubre del 2015. Día en que se convocó a la población a la clase de astronomía con el propósito de difundir esta ciencia y a la vez tratar de romper el record Guinnes en una actividad de esta índole, consiguiendo este objetivo al reunir a 1168 personas en las Dunas de Samalayuca. El segundo entramado narrativo refiere a la experiencia de los buscadores; asistimos al mito de Sísifo, buscar los restos de personas desaparecidas en la región constituye una acción cotidiana y reiterada por parte de las familias que asumen el trabajo que le correspondería al Estado. De ahí que, en una segunda aparte, la más amplia de la obra, las y los buscadores sean los personajes protagónicos. Como receptores asistimos al entrecruce metafórico de dos realidades paralelas en una misma localidad: los que buscan estrellas en cielo y los que las otean entre la arena del desierto.
Más allá de lo que al autor le interesaba plasmar o no en su texto, aquí juega un papel central para la recepción de este teatro en línea, la coautoría de Angélica Pérez (actriz, directora teatral y promotora cultural), a quien recién vi codirigir la obra Mexicanas (2019, 2020) a través de la Compañía de Teatro Telón de Arena, en donde ella representaba de manera más que acertada a Rosario Castellanos. Estos antecedentes profesionales de la directora, dieron como resultado un espectáculo teatral sorprendente, impactante y de largo aliento en el alma de quienes asistimos a él.
El dispositivo escénico configura el engranaje a través del cual nos guiña el ojo la dirección de una obra; focaliza ciertos acontecimientos o situaciones, mediante la iluminación, el maquillaje, vestuario, escenografía, efectos especiales (música), entre otros aspectos. Angélica Pérez, al igual que el resto de los equipos participantes del Rally, tuvo cinco días para conocer el texto, para armar el espectáculo y dirigir a los actores, Por supuesto que la trayectoria actoral de los interpretes fue determinante: Estefanía Estrada, Osvaldo Esparza y Alan Escobedo, son parte del sólido capital humano que el teatro local juarense atesora. Para acercarlos un poco a la propuesta escénica, prefiero insertar aquí la paráfrasis de las palabras de la directora, a quien le pregunté cómo fue su lectura del texto de Marco A. López y la co-creación en la puesta en escena:
xYo no quise hablar con el autor. No lo conocía. Indagué acerca de su trayectoria y supe que era alguien comprometido con la problémática social e interesado en asentar las aristas de la realidad. Decidí que los cambios al texto serían en función del dispositivo escénico, pero no en detrimento del texto. Hay cosas que no se pueden cambiar porque esta es una obra testimonial. Cuando leí el guión, de inmediato imaginé círculos, tanto en la tierra y como en el cielo. Y ese fue el punto de arranque y de cierre de mi propuesta escénica. En el texto, el inicio lo narra un personaje femenino, pero en la escena, decidí que los diálogos los dijera el hijo de la pareja, para lograr resolver una cuestión técnica (número de actores, cada uno debía representar a dos personajes), a la vez que conseguir más cercanía con el público. Dado el poco tiempo que tuvimos para preparar la representación y que el actor necesita más tiempo para manejar las emociones, les dije a los tres participantes, que si algo he observado en quienes se enfrentan a la desaparición o asesinato de un ser querido, es que hablan desde la experiencia vivida y nos comparten con franqueza su viacrucis, su resistencia, su lucha y sus logros, considerando que el mejor sería el hallar con vida a quien buscan. Así que les pedí que procurarán integrar en su actuación ese discurso impactante.
¿Cómo lograr que el teatro no desaparezca en tiempos de pandemia?, me preguntaba yo estos días. El rally me dio una de las varias posibles respuestas: tenemos que hacer que el teatro suceda, si tiene que ser a través de las redes sociales, que así sea. Si es un teatro de denuncia, entonces que Facebook Live sea la tapia en donde dejamos la consigna; intervengamos los espacios, ahora los virtuales. Quien dirige se encuentra al problema de cómo rescatar la anécdota, de tal forma que la podamos contar. Yo elegí mostrar el cómo los personajes disfrutan el contacto con la arena; la naturaleza y los seres dialogan en ese instante, para luego resignificar esa conversación, cuando las dunas les ocultan los restos de sus seres queridos.
Dado el formato en línea, decidí ofrecer una poética visual: la imagen de los pies sumiéndose en la aarena junto a los telescopios, me permitió refereir el suceso de la clase de astronomía que obtuvo el Record Guinnes, y de nunciar la falta de empatía de la ciudadanía hacia la dolorosa experiencia de las/los buscadores de personas desaparecidas. Una vez resuelto esto, el trabajo de iluminación completó las historias. Los objetos jugaron un papel crucial: una mandala de cerca de tres metros tejida en estos cinco días emuló el cielo, el zopilote ocre elaborado con mecate y alambre, también resignifican los sentidos de la obra.
Este equipo contó con el apoyo de Foro Café (Proyecto cumtural impulsado por Sandra Castañeda) para la representación, allí construyeron una caja negra para la puesta en escena.
Por último, les comento:el mirar al cielo es un tanto irónico en esta obra. Uno de los personajes no quiere hacerlo por temor a ver zopilotes que lo obligan a continuar la búsqueda de su ser querido. Quiere que llegue el día en que un zopilote solo sea un ave en el cielo y no un símbolo de muerte.
Angélica Pérez
Comparto con ustedes que la mándala circular no solo emula al cielo, sino que cobija, da consuelo y esperanza a quienes deambulan por ese desierto real y metafórico que se impone a las familias cualquier día, cuando su hija o hijo se torna una pesquiza más. La familia que asiste a la clase de astronomía, jugando dicen: “apurate que te vas a perder”. Se evidencia que no tienen conciencia del riesgo al que se enfrentan.
Reseñar esta obra se torna complejo, dada la riqueza semiótica que nos ofrece. No quiero dejar pasar cómo los nombres de mujeres y jóvenes desaparecidas y asesinadas en la frontera son colocados en cartones que penderán de esa mandala tejida por las amorosas manos de una mujer, madre de uno de los actores; allí la memoria no olvida y exije justicia: Dana, Rubi, Isabel, Esmeralda, María Elena, Estrella representan a todas aquellas que la violencia de género y feminicida nos ha arrebatado.
Agrego que es una obra que debiera ponerse en todos los escenarios posibles: presenciales y virtuales. Se aprecia el gran trabajo actoral de Estefanía Estrada, Osvaldo Esparza y Alan Escobedo; la excelente dirección poética de Agélica Pérez, sus atinadas decisiones en la iluminación, la escenografía, el uso poetico de los objetos, los efectos especiales. No deja de ser menos importante la habilidad para el manejo de la cámara de celular, que logró una gran nitidez y favoreció el pacto de ficción entre los espectadores y la pantalla.
Otro aspecto a destacar del rally escénico, fue la capacidad de convocatoria, tanto de Grupo Nora para que participaran seis equipos de trabajo y nos ofrecieran el mismo número de obras estos tres días, como para que un público amplio asistiera de forma regular a las funciones. Evidente fue que las/os confinadas/os demandamos eventos culturales, queremos asistir a este tipo de encuentros con el arte, lo comunitario, la solidaridad, la exigencia de justicia y el derecho a la cultura. Fueron tres días contiguos de reunión a través del ZOOM. Por tanto, opino y defiendo, que el teatro virtual nos ofrecerá espectáculos de gran calidad en los próximos meses, apoyemos estas propuestas y entre todas/os hagamos teatro. Buen comienzo de una segunda década, Grupo Nora.
La ciudad donde más gente mira al cielo de Marco A. López Romero, con la dirección de Angélica Pérez y actuaciones de Estefanía Estrada, Osvaldo Esparza y Alan Escobedo. Rally escénico de Nora Lab. Estreno virtual a través de ZOOM, Ciudad Juárez, 26 de julio de 2020. Actividad organizada por el Grupo Nora, como parte de los festejos por sus diez años de presencia escénica en Ciudad Juárez.
Desde
hace ya algunos años, los estudios de la espacialidad han concentrado sus
energías en la propuesta del transporte público como símbolo de lo que Marc
Augé ha definido con el nombre de “sobremodernidad”. El concepto de Augé me
parece preciso porque intuye que la mecánica del tiempo y el espacio han
sobrepasado a la condición humana que habita, experimenta y vive la ciudad de
nuestra era. Las urbes sobremodernas, entonces, están compuestas por elementos
que facilitan el movimiento a grandes velocidades. Sin embargo, dichas
facilidades creadas para nuestra comodidad nos han arrastrado a lo que
Baudelaire, el primer pintor de la vida en las ciudades, llamó la gran quimera:
el hastío. La filosofía y la sociología en los últimos dos siglos han
reflexionado que a la par de la idea de la industrialización y el desarrollo el
ser humano se encontró con la angustia de dejar de creer en Dios, con la
soledad que esto conlleva y con el aburrimiento de seguir existiendo en este
mundo aparentemente sin un sentido. Se desarrollaron formas para combatir esta
última sensación. Cuando un individuo aborda un medio de transporte busca
cualquier cosa para perder la noción del tiempo. Algunos leen, otros escuchan
música. Los más románticos se pierden en el paisaje o en la oscuridad de sus
pensamientos. Aquí logro entrever el conflicto de Desorden público,
escrita por Évelyne de la Cheneliére y la nueva propuesta de César Cabrera.
La sugerencia espacial llama la atención.
Una serie de luces construyen de forma simbólica y real la estructura de un
camión. Escribo “simbólica” porque el trabajo para completar a este escenario
lo debe realizar la imaginación. Las sillas y una puerta ayudan a crear la
sensación de contenido: los personajes están dentro de este espacio. Sin
embargo, en algunas escenas el camión deja de serlo para transformarse en una
cafetería, en la casa de la actriz Adriana Segura o de la familia del niño
genio, entre otros lugares. Así pues, si bien el espectador contempla la imagen
de un camión, su imaginación construye nuevas posibilidades espaciales que
dotan a esta propuesta de dinamicidad. Otro aspecto notable que responde al
movimiento es el cuerpo de los actores, que figuran los ademanes bruscos que
realiza el transporte en su recorrido por las calles de la ciudad. También la
música de Jesús Piña mueve a las escenas y a los personajes (es ella otra
protagonista).
Me gustaría destacar la convergencia de
todos estos elementos en el clímax de la obra, un histérico descenso hacia la
locura colectiva y, por lo tanto, pública del personaje en donde la música
ayuda a crear una atmósfera de horror, de pánico. La masa de voces de esos
personajes que vimos subir al camión, ahora hablando ya sin un enfoque
personal, ya sin un protagonismo emocional sino como un grupo de desconocidos
que se coordina para cambiarse de lugar y llegar a sus respectivas salidas
mientras Max, el personaje central, habla ya no con su amigo Andrés sino con el
público: “Creía ser poderoso, pero no puedo hacer nada, nada más que
escucharlos, y de esta superposición de balbuceos milenarios, no me queda más
que una nota grave y aguda a la vez, un lamento o un grito de júbilo, cómo
saberlo, una deformación auditiva, un rictus sonoro, algo a lo que no le
encuentro sentido”.
Pocas veces he asistido a una puesta en
escena habiendo leído el texto. La obra de Chenelière es un texto interesante,
pero con problemas narrativos serios que la puesta en escena no logra enmendar.
Una opinión general sería afirmar que su trama fantástica no explora todas las
posibilidades dispuestas. Desordenada a propósito, juguetona con la
espacialidad y la temporalidad, sus mayores virtudes literarias, Desorden
público termina por crear personajes y situaciones curiosas, entrañables e
hilarantes que el conflicto personal de Max, así como algunas escenas que
terminan por simular una caricatura de este mundo globalizado (por ejemplo, el
encuentro con su madre que en realidad pasa sin pena ni gloria o la vecina que
sueña con ser Adriana Segura, situación que se “resuelve” de forma más bien
abrupta) no son lo suficientemente fascinantes como sus contrapartes del
transporte público y terminan por volver tediosa una obra que precisamente
busca criticar al tedio. Aun así, estos problemas nacen desde la lectura de la
obra y pienso que la propuesta escénica y espacial, las actuaciones y la música
logran dar brillo e incluso genialidad a escenas que en el texto no son tan
destacables.
Las circunstancias sociales y políticas actuales evidenciaron algunos discursos que nuestra comunidad ha “interiorizado” por mucho tiempo: “No somos racistas, pero… sí somos”. En los últimos meses, por ejemplo, se inició una campaña anti-migración desde los medios de comunicación más afines al interés político de los gobiernos actuales. Esto, por supuesto, desembocó en peligrosos lenguajes y discursos de odio que, como un chicle, se pegaron y viralizaron al grado de caer en retóricas neofascistas que permutan en varias formas de violencia, tanto verbal como social y, en ocasiones, hasta física. En El Diario de Juárez, uno de los periódicos más difundidos de la localidad, esta campaña ha creado su propio lenguaje evidentemente xenófobo y, más que responder a la verdad, beneficia al interés del editor (y aquellos políticos que pagan al periódico, claro). Desde este medio, se expone que los migrantes centroamericanos son un problema pues “no quieren trabajar”, “secuestran y asaltan” y “propagan enfermedades de transmisión sexual”. Así funciona el lenguaje de odio. Busca separar, aislar y deshumanizar al otro. Ante tal contexto socio-histórico, cabe preguntarse cómo el arte, desde su lenguaje penetrante, profundizaría en la crisis (que también es una crisis de lenguaje: estamos aprendiendo a nombrar las cosas otra vez), cómo abordar estos temas, cómo combatir al discurso radical neofascista que surge con fuerza en varias partes del mundo. Pienso que una manera interesante, efectiva, pues es humana y compleja, la propone la más reciente obra de Perla de la Rosa, A la orilla del río. Antes, quiero subrayar que no me sorprende que sea el teatro el que ofrezca una lectura casi inmediata de la situación, desde una postura crítica y comprometida, pero también con su mirada en el aspecto emocional y sensible de la crisis. Ofrezco en este texto algunas lecturas que observo sobre la puesta.
Esta propuesta ofrece, desde una perspectiva lingüística, una herramienta para combatir la violencia lingüística fascista. A través de la parodia, estos lenguajes ridiculizados pierden toda eficacia. Dejan de ser convincentes para transformarse en caricaturas. El mensaje que se transmite es crítico para el espectador: sondiscursos que no quiero reproducir porque me vería estúpido. Pienso que no hay mejor manera de combatir el lenguaje del odio que ridiculizándolo. Aquí las retóricas del humor son utilizadas como un instrumento de crítica notable, aunque la obra en sí nunca logre ofrecer una coherencia tonal aceptable, como ahondaré en seguida.
Ahora bien, es increíble la capacidad de la dirección para crear imágenes potentes y hermosas al contar su historia-collage. Me gusta la forma en que la mirada de la directora busca cierta poesía a la hora de desarrollar o concluir una imagen. Lo último, desde una perspectiva plástica, resulta interesante, pues podemos hablar de una estética visual. Es decir, que más allá del discurso político, de la narrativa migratoria que desarrolla la obra, la dirección, desde el efecto de las luces, el experimento con elementos del espacio y la imagen, está interesada en utilizar todos los elementos disponibles para contar de muchas formas su historia, de descomponer la historia.
Si el espectador se involucra emocionalmente con lo que observa es debido a que A la orilla del río busca hacer catarsis en nuestra identidad. Somos una ciudad de migrantes, y esto queda claro en las tramas personales que narran los mismos actores. Se trata, en efecto, de una historia colectiva, en dos sentidos: armadas por los involucrados en la obra, pero esas historias son también de la comunidad que asiste y piensa que tiene un cuento familiar parecido. Así funcionan, de hecho, las narrativas del tránsito migratorio: es un cuento que se repite; de ahí su trágica dependencia con el fracaso o el éxito. Ejemplifico: la historia de la mujer-niña que aventura el viaje y es abusada sexualmente en el trayecto (véase La jaula de oro). La empatía, a saber, la manera en que nos involucramos en el dolor humano ajeno, es otra manera eficaz de combatir un sistema enraizado en el odio.
Lo último, simbólicamente, se representa en la idea del abrazo. Aquí encuentro uno de los aciertos narrativos de la propuesta textual. La escena inicial y el clímax de la narración armonizan de forma maravillosa: los personajes se funden en los paisajes, son uno con el viaje que emprenderán y al mismo tiempo son los nadie, los que valen menos que la bala que los mata. Quizá para un espectador más crítico, la literatura de Galeano ya sea algo común, pero dentro de este discurso visual funciona muy bien debido al intertexto. Me gusta la forma en que El libro de los abrazos, una propuesta narrativa a la manera del collage lírico, alimenta la poética de A la orilla del río: hay un compromiso poético y político con la historia, pero también con la identidad emocional de una espacialidad concreta. El clímax es emocionante por ello, porque el viaje desemboca en la ausencia o en la unión. Al principio, los cuerpos se funden con un paisaje. En la conclusión, los cuerpos se unen entre sí; son dos personas que aprendieron a vivir la distancia de ellas mismas para luego no saber cómo separarse. Es un momento triste, pero efectivo gracias a la isotopía (el abrazo) desarrollada.
Para cerrar, quisiera abordar ahora los problemas que encuentro en A la orilla del río. En mi opinión, la narrativa que busca encontrar está desconectada con muchas de sus partes. Al final no logra amarrar bien todas sus propuestas de lectura. En su ambición, quiere abarcar tanto en tan poco y de muchas formas tonales que el resultado es una “capirotada” informacional y emocional. Creo que este es mi principal problema con la obra: la distracción. Hay un abuso del intertexto y, salvo el que he descrito ya, los demás me parecen menos afortunados e interesantes. Me parece novedosa y atrevida la forma en que A la orilla de río cuenta sus historias, pero sí creo que, para narrar esta obra de travesías, dolor e identidad, faltó lo siguiente: claridad y dirección (narrativa). Debido al compromiso y mensaje político que la obra maneja, los momentos herméticos del trayecto de los personajes no alimentan esta postura poética. Si el espectador sale dudando, no hay una reflexión política en él, sino una confusión intelectual. La obra es confusa porque hay demasiada información por digerir. Se “olvida” por un momento su trama principal para pasarse al documento y al archivo, algo habitual en el teatro de Perla de la Rosa. Parte de su importancia poética y teatral, de hecho, es cómo la directora rescata historias y las cuenta en sus obras de forma dinámica y original. No las olvidas. Pero, en este caso en particular, pienso que no hay un equilibrio entre el archivo y lo “ficcional”. En la última escena, claro, uno puede llorar, pero es peligroso, desde un sentido crítico, no recordar el por qué: lo que hay detrás de todos estos discursos de odio.
Fotografía de la página de Facebook de Telón de Arena
Alejandra Serrano, en un taller de crítica
durante la MET 2015, sugería que se evitara el ejercicio de escribir si no se
tenía, al menos, algo bueno que decir. Su consejo ha acompañado el resto de los
textos que redacté desde de su taller hasta el día de hoy. ¿Por qué escribir sobre
Intervenciones si no hay nada bueno
que decir? Porque considero necesario externar mi inconformidad sobre la
selección del texto de Hugo Wirth en un contexto como Ciudad Juárez.
La historia, dividida en tres épocas distintas, se desarrolla en un departamento donde el abuso, la enfermedad y la muerte son una constante entre las inquilinas que lo rentan. Rafael (Jorge Rodallegas), el dueño del inmueble, tiene ciertas condiciones para alquilar: “No puede mover o sustituir ningún mueble o accesorio de los que ve aquí. […] Las ventanas no deben abrirse ni debe intentar hacerlo. Si hace mucho calor, al fondo hay un ventilador. No puede pintar las paredes, puede cambiar todas las chapas que guste, excepto la que está en la parte inferior de la puerta”. Desde el principio, el espectador puede suponer que Rafael no es una persona común y que es necesario sospechar de él, cuestión que considero una falla por atropellar el factor sorpresa. Aquí entra, sobre todo, el mal manejo de la dirección respecto a las actuaciones (Si Rafael engañara al espectador como engaña a sus inquilinas e inquilino entonces sí habría un final sorpresivo).
Pero bueno, no
deseo ahondar en aspectos de la escena porque lo que me obliga a escribir es,
como lo mencioné al principio, la selección del texto. Es posible que la obra funcione como una
dramaturgia del suspenso y terror (incluso hay quienes lo consideran teatro del
absurdo, yo no lo creo), sin embargo, es difícil digerirla cuando vivimos en
una constante avalancha de violencia contra las mujeres. En Intervenciones el protagonista no solo
abusa sexualmente de sus inquilinas, sino que también las secuestra cuando su constante
abuso es descubierto. Me sorprende que Telón de Arena no se cuestione la
escenificación de la obra de Hugo Wirth, sobre todo cuando han presentado
montajes de carácter social que luchan contra la violencia y los feminicidios
en Ciudad Juárez. Pienso en obras como Justicia
negada o la adaptación de Fuenteovejuna.
¿Será que solo yo estoy harta de la violencia contra las mujeres? ¿Sólo a mí me
perturba ver un espectáculo, de una hora y cuarenta minutos, que visibiliza
deseos sexuales misóginos y una excesiva violencia?
Repaso aquella escena donde Viridiana (Estefanía Villa) tiene sangre entre las piernas producto de un aborto. ¿Por qué la escena me violenta como espectador? Porque la violencia solo se nos muestra, pero no es castigada. Pienso en películas o documentales sobre asesinos seriales (Ted Bundy), donde prevalece una documentación sobre la tortura y el asesinato, pero no se queda en ello, hay un momento donde el atacante es descubierto y enjuiciado. Entonces como receptores nos sentimos aliviados porque ya no se nos puede hacer daño. Me viene a la mente el montaje teatral de Fuenteovejuna (Telón de Arena), cuando el personaje de Laurencia ha sido violentado y regresa a escena con sangre entre las piernas; en ese momento, el espectador solo puede desear tomar las piedras y los palos, que otorga la compañía al inicio de la función, y querer unirse en la riña contra el Comendador. La visibilidad de la sangre y la violencia se justifica por la lucha. En Intervenciones los personajes femeninos son sometidos y por lo tanto el castigo pareciera solo pertenecerles a ellas (¿será por su condición de mujer?). El abusador al final se sale con la suya.
Finalmente, externo mi sentir porque deseo que los directores locales de teatro entiendan a qué tipo de espectadores se dirigen. Que se cuestionen los montajes que están presentando. Que eviten la contradicción de discursos. Que comprendan que vivimos en un entorno de extrema violencia y que ya no necesitamos más.