Teatro, cine, sombras y baile en De cuando no sabía reír

Fotografía de Ruth E. Arroyo

La última butaca presentó este pasado fin de semana su más reciente producción teatral: De cuando no sabía reír. La obra, con una duración aproximada de 50 minutos, presenta la infancia de Ysla Campbell, catedrática y fundadora de la licenciatura en literatura Hispanomexicana por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. La dramaturgia está bien justificada sobre todo por la presencia del padre, en el sentido que maneja la influencia e importancia que tuvo en la vida de su hija, desde sus primeros recuerdos hasta su muerte. Lo que permite al espectador cerrar un ciclo en la vida de la autora. Esta no es la primera vez que Jissel Arroyo (la directora) toma como punto de partida un texto dramático que aborda la biografía (o autobiografía) de una artista local (en este caso tanto Arroyo como Campbell son coautoras del texto dramático). Ya lo vimos con Jane, una obra biográfica de la poeta Arminé Arjona, donde también representaron gran parte de su infancia y juventud. Pienso que, aunque el espectador no tenga idea de quiénes son estas figuras locales, la interacción que el público logra hacer con la historia va más allá. Hay una búsqueda por universalizar sentimientos, emociones y experiencias.

Escénicamente, el montaje cuenta con un inteligente manejo del espacio al utilizar dos biombos, por donde las figuras de los padres aparecerán por primera vez, así como una tina (que será también un refugio y huida) y un taburete, todos de color blanco al estilo lorquiano (La casa de Bernarda Alba), lo que permitirá jugar con la escena a partir de la atinada iluminación.

En cuanto a las actuaciones, cabe destacar el trabajo de Paola Cruz y Edgar Martínez quienes supieron manejar el papel de la madre y el padre de manera adecuada, con una propuesta de movimientos y expresiones acertadas. Por otro lado, aunque la protagonista (interpretada por Gloria Myrna) tiene una buena corporalidad y sobre todo parecido físico con Campbell (gracias a la elección de vestuario y peluca), debe mejorar vocalmente: dicción, altura, tonalidad y fuerza de la voz.

He tenido la oportunidad de ver otros trabajos de la directora Jissel Arroyo (Lights, Jane y Los paisajes invisibles) y ninguno me ha parecido tan bueno como De cuando no sabía reír. La dirección es inteligente porque sabe trabajar en conjunto con distintas disciplinas y con personas que (se nota) saben hacer lo suyo. Pienso en la coreografía de tango, los cortometrajes (en blanco y negro, con un toque de surrealismo), la iluminación, el teatro de sombras o el uso de máscaras con bolsas de papel o con telas que recuerdan a la maravillosa pintura de René Magritte Los amantes. Esta intertextualidad no solo se da con el arte visual sino también con el literario. Una de las escenas más atinadas que sucede entre Ysla y su padre corre a cargo de la declamación del “Romance de la luna” de Federico García Lorca y que propone una reinterpretación a partir de las vivencias entre estos dos personajes.

Fotografía de Ruth E. Arroyo

Hace poco vi A la orilla del río de Telón de arena y analizaba que sus puntos débiles son precisamente el uso desmedido y poco justificado de lo multidisciplinario. Es por eso por lo que el trabajo de Arroyo me ha gustado tanto, porque cada pieza está en su sitio, no sobra. Hay detalles que deben mejorarse (por supuesto): el audio, tanto en el necesario uso de micrófonos (el teatro es muy grande y casi no lograban escucharse las voces de los actores) como en el correcto manejo de la música grabada.

En fin, ojalá que pronto La última butaca presente una temporada más De cuando no sabía reír.

La paleta de Mondrian

Fotografía del IPACULT

La pasividad de una víctima ante el acoso sistemático de sus pares o la ignorancia de sus tutores puede tornarse activa a la menor provocación o bajo el influjo de cualquier estímulo. La revisión de mochilas por parte de policías como requisito para entrar al aula comunica un riesgo inminente, uno que late junto a cuadernos, escuadras y estuches de colores. La desatención invisibiliza a quienes no son trendy ni alcanzan la centena de likes por post, a los genios con problemas de lenguaje, a quienes consumen e irradian versos, los que dudan de la ciencia cierta, a todos los freaks que hacen de un rincón del patio una sigilosa trinchera.

Los introvertidos, puesta en escena escrita y dirigida por Angélica Anahí Pérez, inauguró las actividades de la emisión número 37 del Festival de Teatro de la Ciudad, en la categoría amateur. El montaje, estrenado en septiembre del año pasado, escenifica el contexto que antecede a una tragedia, por lo que el mensaje –una fuerte y urgente llamada de atención– se dirige a la prevención. El joven elenco de Bethlem Teatro, estudiantes del CBETIS 114, da vida a cinco estudiantes de nivel medio superior, etapa de la que salimos vivos convertidos en adultos. Todo ocurre en la escuela –la tuya, la mía, a la que asistirán mis hijas–, sitio de aprendizaje, punto de encuentro y convivencia, lugar para afianzar amistades, pero también (según la perspectiva o un giro de la fortuna) muro de los lamentos, paredón de fusilamiento, nido de rencor… parapeto para la sedición.

Programa de mano del 37 Festival de Teatro de la Ciudad

Las dimensiones del escenario del Auditorio Benito Juárez retan a las compañías independientes, acostumbradas a foros más pequeños, a la cercanía de todos los cuerpos involucrados, a resonancias más próximas. En Los introvertidos, la disposición de los paneles verticales y su prolongación (en ele) hacia el piso delimita el fondo, las salidas y el cuadro para que ocurran las acciones. Además de la escenografía construida bajo una simple, pero funcional geometría, las sillas y las mochilas también se conjugan para que la presencia de las actrices (Ximena Guerrero, Luisa Toral, Mereny Ruvalcaba y Vianey Arellano) y el actor (Javier Corral) se llene de vitalidad y carisma en el tablado. El vestuario escolar también juega en favor de una propuesta visual que resalta los colores primarios (con los que se han leído emociones y temores) para sugerir el resultado de sus combinaciones.

Si el pintor vanguardista Piet Mondrian redujo la paleta cromática (“retícula cósmica”) para explorar las complejidades estructurales del enfoque arriba/abajo y la forma horizontal/vertical, cada uno de los introvertidos, identificados con colores primarios, ahonda sobre sí para llegar a sus adentros y desde ahí reconocerse en los otros. Mondrian, reflexiona la simpática del grupo, “creía que era posible lograr un conocimiento de la naturaleza más profundo que el proporcionado por los medios empíricos. Cada una de sus obras estaban basadas en ese supuesto conocimiento esencial. Una frase suya lo resume todo: «Cuando encontremos lo real absoluto el arte ya no será más necesario»”.

Me detengo, ya para concluir, en un par de cuestiones; una que choca al oído y otra que enturbia el sentido de la escena final. Si bien la repetición de información por medio de los diálogos cumple con alguna función al inicio de la obra (las cantaletas de los profesores o el reforzamiento del conflicto), poco a poco la duplicación de parlamentos sobrecarga una única vía de comunicación: la lingüística, quitando protagonismo a los otros recursos de expresividad: gestos, miradas, desplazamiento y el sonido acompasado que producen con sus cuerpos. Por último, la pirotecnia en escena conlleva sus riesgos y, en consecuencia, cierta cautela (me refiero al plan b) por si algo se sale de control. Ya sabemos lo que le sucede a quien con fuego juega. Supongo que las cuatro bengalas (velas volcán) tenían que haberse prendido, al igual que las bombas de humo de colores. Así, entonces, el manejo de luces y el oscuro total en la sala, con el sonido de las ambulancias de fondo, hubieran lucido, dejando en claro el destino de los introvertidos. ¿Les falló la bomba, solo quedaron encerrados en el laboratorio, o también mueren?

La propuesta de Bethlem Teatro nutre tanto la escena juarense como el teatro juvenil. Si, por un lado, hay que aplaudir el trabajo de formación y dirección de Angélica Anahí Pérez; por otro, espero seguir atento el desarrollo actoral del elenco. La manufactura de Los introvertidos se gesta desde un centro escolar; saben bien de lo que hablan. El tema nos urge a no desatender a nuestros jóvenes, tan llenos siempre de color.

Carlos Urani Montiel

A la orilla del río, Perla de la Rosa (2019)

Las circunstancias sociales y políticas actuales evidenciaron algunos discursos que nuestra comunidad ha “interiorizado” por mucho tiempo: “No somos racistas, pero… sí somos”. En los últimos meses, por ejemplo, se inició una campaña anti-migración desde los medios de comunicación más afines al interés político de los gobiernos actuales. Esto, por supuesto, desembocó en peligrosos lenguajes y discursos de odio que, como un chicle, se pegaron y viralizaron al grado de caer en retóricas neofascistas que permutan en varias formas de violencia, tanto verbal como social y, en ocasiones, hasta física. En El Diario de Juárez, uno de los periódicos más difundidos de la localidad, esta campaña ha creado su propio lenguaje evidentemente xenófobo y, más que responder a la verdad, beneficia al interés del editor (y aquellos políticos que pagan al periódico, claro). Desde este medio, se expone que los migrantes centroamericanos son un problema pues “no quieren trabajar”, “secuestran y asaltan” y “propagan enfermedades de transmisión sexual”. Así funciona el lenguaje de odio. Busca separar, aislar y deshumanizar al otro. Ante tal contexto socio-histórico, cabe preguntarse cómo el arte, desde su lenguaje penetrante, profundizaría en la crisis (que también es una crisis de lenguaje: estamos aprendiendo a nombrar las cosas otra vez), cómo abordar estos temas, cómo combatir al discurso radical neofascista que surge con fuerza en varias partes del mundo. Pienso que una manera interesante, efectiva, pues es humana y compleja, la propone la más reciente obra de Perla de la Rosa, A la orilla del río. Antes, quiero subrayar que no me sorprende que sea el teatro el que ofrezca una lectura casi inmediata de la situación, desde una postura crítica y comprometida, pero también con su mirada en el aspecto emocional y sensible de la crisis. Ofrezco en este texto algunas lecturas que observo sobre la puesta.

Esta propuesta ofrece, desde una perspectiva lingüística, una herramienta para combatir la violencia lingüística fascista. A través de la parodia, estos lenguajes ridiculizados pierden toda eficacia. Dejan de ser convincentes para transformarse en caricaturas. El mensaje que se transmite es crítico para el espectador: son discursos que no quiero reproducir porque me vería estúpido. Pienso que no hay mejor manera de combatir el lenguaje del odio que ridiculizándolo. Aquí las retóricas del humor son utilizadas como un instrumento de crítica notable, aunque la obra en sí nunca logre ofrecer una coherencia tonal aceptable, como ahondaré en seguida.

Ahora bien, es increíble la capacidad de la dirección para crear imágenes potentes y hermosas al contar su historia-collage. Me gusta la forma en que la mirada de la directora busca cierta poesía a la hora de desarrollar o concluir una imagen. Lo último, desde una perspectiva plástica, resulta interesante, pues podemos hablar de una estética visual. Es decir, que más allá del discurso político, de la narrativa migratoria que desarrolla la obra, la dirección, desde el efecto de las luces, el experimento con elementos del espacio y la imagen, está interesada en utilizar todos los elementos disponibles para contar de muchas formas su historia, de descomponer la historia.

Si el espectador se involucra emocionalmente con lo que observa es debido a que A la orilla del río busca hacer catarsis en nuestra identidad. Somos una ciudad de migrantes, y esto queda claro en las tramas personales que narran los mismos actores. Se trata, en efecto, de una historia colectiva, en dos sentidos: armadas por los involucrados en la obra, pero esas historias son también de la comunidad que asiste y piensa que tiene un cuento familiar parecido. Así funcionan, de hecho, las narrativas del tránsito migratorio: es un cuento que se repite; de ahí su trágica dependencia con el fracaso o el éxito. Ejemplifico: la historia de la mujer-niña que aventura el viaje y es abusada sexualmente en el trayecto (véase La jaula de oro). La empatía, a saber, la manera en que nos involucramos en el dolor humano ajeno, es otra manera eficaz de combatir un sistema enraizado en el odio.

Lo último, simbólicamente, se representa en la idea del abrazo. Aquí encuentro uno de los aciertos narrativos de la propuesta textual. La escena inicial y el clímax de la narración armonizan de forma maravillosa: los personajes se funden en los paisajes, son uno con el viaje que emprenderán y al mismo tiempo son los nadie, los que valen menos que la bala que los mata. Quizá para un espectador más crítico, la literatura de Galeano ya sea algo común, pero dentro de este discurso visual funciona muy bien debido al intertexto. Me gusta la forma en que El libro de los abrazos, una propuesta narrativa a la manera del collage lírico, alimenta la poética de A la orilla del río: hay un compromiso poético y político con la historia, pero también con la identidad emocional de una espacialidad concreta. El clímax es emocionante por ello, porque el viaje desemboca en la ausencia o en la unión. Al principio, los cuerpos se funden con un paisaje. En la conclusión, los cuerpos se unen entre sí; son dos personas que aprendieron a vivir la distancia de ellas mismas para luego no saber cómo separarse. Es un momento triste, pero efectivo gracias a la isotopía (el abrazo) desarrollada.

Para cerrar, quisiera abordar ahora los problemas que encuentro en A la orilla del río. En mi opinión, la narrativa que busca encontrar está desconectada con muchas de sus partes. Al final no logra amarrar bien todas sus propuestas de lectura. En su ambición, quiere abarcar tanto en tan poco y de muchas formas tonales que el resultado es una “capirotada” informacional y emocional. Creo que este es mi principal problema con la obra: la distracción. Hay un abuso del intertexto y, salvo el que he descrito ya, los demás me parecen menos afortunados e interesantes. Me parece novedosa y atrevida la forma en que A la orilla de río cuenta sus historias, pero sí creo que, para narrar esta obra de travesías, dolor e identidad, faltó lo siguiente: claridad y dirección (narrativa). Debido al compromiso y mensaje político que la obra maneja, los momentos herméticos del trayecto de los personajes no alimentan esta postura poética. Si el espectador sale dudando, no hay una reflexión política en él, sino una confusión intelectual. La obra es confusa porque hay demasiada información por digerir. Se “olvida” por un momento su trama principal para pasarse al documento y al archivo, algo habitual en el teatro de Perla de la Rosa. Parte de su importancia poética y teatral, de hecho, es cómo la directora rescata historias y las cuenta en sus obras de forma dinámica y original. No las olvidas. Pero, en este caso en particular, pienso que no hay un equilibrio entre el archivo y lo “ficcional”. En la última escena, claro, uno puede llorar, pero es peligroso, desde un sentido crítico, no recordar el por qué: lo que hay detrás de todos estos discursos de odio.

Errónea selección

Fotografía de la página de Facebook de Telón de Arena

Alejandra Serrano, en un taller de crítica durante la MET 2015, sugería que se evitara el ejercicio de escribir si no se tenía, al menos, algo bueno que decir. Su consejo ha acompañado el resto de los textos que redacté desde de su taller hasta el día de hoy. ¿Por qué escribir sobre Intervenciones si no hay nada bueno que decir? Porque considero necesario externar mi inconformidad sobre la selección del texto de Hugo Wirth en un contexto como Ciudad Juárez.

La historia, dividida en tres épocas distintas, se desarrolla en un departamento donde el abuso, la enfermedad y la muerte son una constante entre las inquilinas que lo rentan. Rafael (Jorge Rodallegas), el dueño del inmueble, tiene ciertas condiciones para alquilar: “No puede mover o sustituir ningún mueble o accesorio de los que ve aquí. […] Las ventanas no deben abrirse ni debe intentar hacerlo. Si hace mucho calor, al fondo hay un ventilador. No puede pintar las paredes, puede cambiar todas las chapas que guste, excepto la que está en la parte inferior de la puerta”. Desde el principio, el espectador puede suponer que Rafael no es una persona común y que es necesario sospechar de él, cuestión que considero una falla por atropellar el factor sorpresa. Aquí entra, sobre todo, el mal manejo de la dirección respecto a las actuaciones (Si Rafael engañara al espectador como engaña a sus inquilinas e inquilino entonces sí habría un final sorpresivo).

Pero bueno, no deseo ahondar en aspectos de la escena porque lo que me obliga a escribir es, como lo mencioné al principio, la selección del texto.  Es posible que la obra funcione como una dramaturgia del suspenso y terror (incluso hay quienes lo consideran teatro del absurdo, yo no lo creo), sin embargo, es difícil digerirla cuando vivimos en una constante avalancha de violencia contra las mujeres. En Intervenciones el protagonista no solo abusa sexualmente de sus inquilinas, sino que también las secuestra cuando su constante abuso es descubierto. Me sorprende que Telón de Arena no se cuestione la escenificación de la obra de Hugo Wirth, sobre todo cuando han presentado montajes de carácter social que luchan contra la violencia y los feminicidios en Ciudad Juárez. Pienso en obras como Justicia negada o la adaptación de Fuenteovejuna. ¿Será que solo yo estoy harta de la violencia contra las mujeres? ¿Sólo a mí me perturba ver un espectáculo, de una hora y cuarenta minutos, que visibiliza deseos sexuales misóginos y una excesiva violencia?

Repaso aquella escena donde Viridiana (Estefanía Villa) tiene sangre entre las piernas producto de un aborto. ¿Por qué la escena me violenta como espectador? Porque la violencia solo se nos muestra, pero no es castigada.  Pienso en películas o documentales sobre asesinos seriales (Ted Bundy), donde prevalece una documentación sobre la tortura y el asesinato, pero no se queda en ello, hay un momento donde el atacante es descubierto y enjuiciado. Entonces como receptores nos sentimos aliviados porque ya no se nos puede hacer daño. Me viene a la mente el montaje teatral de Fuenteovejuna (Telón de Arena), cuando el personaje de Laurencia ha sido violentado y regresa a escena con sangre entre las piernas; en ese momento, el espectador solo puede desear tomar las piedras y los palos, que otorga la compañía al inicio de la función, y querer unirse en la riña contra el Comendador. La visibilidad de la sangre y la violencia se justifica por la lucha. En Intervenciones los personajes femeninos son sometidos y por lo tanto el castigo pareciera solo pertenecerles a ellas (¿será por su condición de mujer?). El abusador al final se sale con la suya.

Finalmente, externo mi sentir porque deseo que los directores locales de teatro entiendan a qué tipo de espectadores se dirigen. Que se cuestionen los montajes que están presentando. Que eviten la contradicción de discursos. Que comprendan que vivimos en un entorno de extrema violencia y que ya no necesitamos más.

Obra: Intervenciones

Dramaturgo: Hugo Wirth

Dirección: César Cabrera

Compañía: Telón de arena

Fecha de presentación: 15 de junio de 2019

Se harán obras de teatro con nuestra historia

Fotografía de la página del FICH

Hablar de El Caimán y los Sapos, desde una única función, es tratar con todos los sesgos posibles. Tal vez se pueda compensar que en la Muestra Estatal de Teatro (MET) del 2017, pude ver la propuesta de Teatro Bárbaro, aunque a medias, porque desde mi ubicación no se alcanzaban a percibir muchos detalles importantes, aunado a que fue una función atropellada, con esto me refiero a que había junto con la MET un festival organizado por el Instituto Mexicano de la Juventud (IMJUVE), lo cual abarrotó hasta más no poder el teatro.  ¿Aunque no es eso lo que buscan los teatristas? Entiendo los motivos de por qué la Subsecretaría de Cultura quería que todos los chavos y chavas entraran a la obra, el tema lo amerita y es importante, pero no cabíamos y, bajo esas circunstancias, no todos lograron entender el intenso mensaje del texto dramático (aplaudo de esta versión la dirección de Luis Bizarro y el trabajo actoral de Melissa Baca).

Una ventaja (o desventaja) es que en alguna ocasión tuve la oportunidad de leer el texto y escuchar algunos fragmentos en voz del autor. Tengo grabada en mi memoria a Pilo Galindo narrando la escena de los XV años de Andrea; eso formó una imagen en mi mente que la compara con lo que vi y resulta no ser lo mismo, no obstante, reconozco que eso es problema mío. No significa que la versión de Abraxas esté mal, al contrario, me parece muy bien trabajada.

Ahora, vi la función que se dio durante el ciclo de invitados de Telón de Arena, por ende, vi actuar a Abraxas Trías como “el Caimán” y no a Alan Posada, lo cual me hubiera gustado mucho, no porque sea uno mejor que el otro, sino porque es más fácil entender al director solo desde su posición y, bueno, también porque no recuerdo haber visto a Alan en un personaje de ese estilo.

Con lo anterior, hablaré primero de lo que me parece un desacierto: el análisis del drama. Estoy segura de que el equipo realizó una fuerte investigación sobre la trata en México, podría asegurar (no tengo pruebas pero tampoco tengo dudas) de que pudieron asesorarse con Pilo en cualquier momento, ya que también es director en la misma compañía, sin embargo, la comprensión de los personajes se queda en un nivel medio.

La puesta en escena de 1939 tiene unos grandes actores que dominan el tema, pero no el carácter de sus personajes. El caso más evidente es el de “la mami”, interpretado por Sandra Castañeda (cabe aclarar que esto no deja de ser una opinión distante de la del dramaturgo a quién le comenté mi duda), vemos en ella a la encargada de “instruir” a las niñas, a una mujer mala que disfruta ser mala, aunque Pilo la ve como un “tufo de sarcasmo”. Personalmente, creo que todo eso que ella vive deja huella, tal vez ese mundo fangoso que habita la ha llevado a tener ese carácter, pero no es por azar que utilicen tantas veces la frase “corazón de pollo” para referirse a ella. Me parece que en realidad es una mujer que ha llorado, que ha sufrido y que ahora, desde la más absoluta sinceridad, les dice a las muchachas que esa vida que llevan es mejor que nada, es mejor que conocer a “el Caimán”. Parto desde la base de que ningún personaje miente; creo que el objetivo de “la Mami”, como el de cualquier mujer en este texto, es mantenerse con vida, una de tipo privilegiada, pero que no ha dejado de ser esclava de “el Caimán” y de los sapos. y así como ella están el resto de los personajes en mayor o menor grado, excepto Patricia (Laura Galindo) y El reportero (David Vázquez), quienes parece que tienen una comprensión total del texto.

La disposición del espacio escénico, diseñado para encerrar a todo aquel que se anime a entrar y ver, supone una clara referencia a que el público es parte del problema porque también interpreta un personaje: los sapos. Es decir, desde que se entra a la sala se observa que cada silla tiene un oficio, un personaje. Su función: ser espectador. No tendrá nada más que hacer, pero eso ya es tremendo porque obliga al público a entrar en la convención de la ficción desde una posición incómoda. Una vez que todos hemos ocupado los asientos, se aseguran de encerrar, ya no hay forma de escapar de El Caimán, se quiera o no ser cómplice. Tal es el enclaustramiento, que ni los personajes pueden salir, aunque no tengan diálogos, su encierro es de otro tipo porque ellos están rodeando al público, cuidándolo, creando esta atmosfera de miedo que ocasiona el saberte vigilado. Estas percepciones estéticas y emocionales solo las puede tener un director perspicaz, Abraxas lo ha logrado.

Otro detalle interesante y que agradezco, es haberla visto en el foro de Telón de Arena, porque ahí el público puede entrar con bebidas a la sala, eso le da un toque inverosímil, termina de cerrar la idea estética de Abraxas, ya que mientras la obra ocurre, el público está bebiendo su café, cerveza, o lo que sea. Pase lo que pase en escena, ellos siguen bebiendo, es decir, han adoptado muy bien su papel de sapos.

Considero que esta obra es una de las mejores de Pilo Galindo. Para mí, sus tres mejores textos son Río Ánimas (por su poesía y su dificultad escénica), El Caimán y los sapos (por ser el texto más violento) y Últimas palabras (que desde lo personal me causa un revoltijo emocional). El Caimán y los sapos es un texto que plantea un problema social y político desde la poética teatral pero a diferencia de Lomas de Poleo, que también retrata la realidad, no se detiene, se va a lo más duro, muestra el lado más despreciable de la humanidad:  ¿quién de todos los que giran alrededor de la vida de estas niñas es el más cruel? Yo optaría por los sapos, porque bien decía Desmond Tutu: “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”, aunque cada uno puede tener su postura.

Finalmente, el mensaje es directo, y creo que se puede resumir en uno de los textos de Patricia: “Puedes escribir un reportaje, hacer un libro, una película con todo lo que sabes y la gente lo va a leer o va a ir al cine a ver tu pinche historia, pero no va a cambiar nada”.

En síntesis: un gran texto, grandes actuaciones y una dirección limpia y clara. Abraxas Trías y todo el equipo de 1939 Teatro Norte, dejan claro por qué esta puesta en escena fue la obra ganadora de la MET 2018. Si se vuelve a presentar, volveré a verla, y ojalá todos puedan hacerlo también.

Ficha técnica
Obra: El Caimán y los sapos
Grupo: 1939 Teatro Norte
Dirección: Abraxas Trías
Dramaturgia: Pilo Galindo